dónde estés siempre serás tu
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10
—Ok, trato hecho. Yo busco al ruso, pero tú buscas a Taras —le espeté, apuntándola con el dedo índice en un gesto retador, tratando de desviar un poco de la inmensa presión que sentía en el pecho hacia ella.
—¿Y para qué carajos querría yo buscar a ese tipo? —respondió Roberta de inmediato, cruzándose de brazos y arrugando la nariz como si le hubiera ofrecido un bocado de comida echada a perder.
—Porque me imagino que está con él. Siempre andaban juntos, eran uña y mugre. Si encontramos a uno, es casi seguro que daremos con el paradero del otro —argumenté, abriendo la tapa de la computadora portátil con una lentitud deliberada.
—A lo mejor y se lo comió un pingüino en el polo norte o yo qué sé —bufó ella, desviando la mirada hacia la encimera de la cocina, aunque una sutil chispa de curiosidad empezó a brillar en sus ojos.
—Rob, en Rusia no hay pingüinos, no seas ignorante —le corregí, soltando una ligera risa nerviosa que sirvió para romper el hielo.
—Pues deberían, para que se lo coman de una buena vez y nos hagan un favor a todas. Además, ya no hablemos de porquerías del pasado y busca lo que realmente interesa al osito —sentenció, dándome un golpecito en el hombro para apurarme.
—Jaja… «osito». Hace muchísimo tiempo que no oía ese apodo —murmuré, sintiendo un vuelco extraño en el estómago.
Ese era el nombre cariñoso con el que solía referirme a Dmitriy en aquellos meses de cuento de hadas, antes de la caída libre, antes de que el mundo se tiñera de gris y de que la depresión me obligara a reconstruirme desde los cimientos. Traer ese pseudónimo de vuelta a nuestra cocina se sentía casi como una profanación, un eco del pasado que se negaba a morir.
Con las manos visiblemente temblorosas y el corazón repicando a toda velocidad contra mis costillas, acerqué mis dedos al teclado. Cada pulsación parecía pesar una tonelada. Tecleé el nombre de aquel oso ruso que alguna vez fue el dueño absoluto de mi cuerpo y de mi alma: Dmitriy Ivanov. Dije una pequeña oración mental antes de presionar la tecla de inicio, esperando no encontrarme con un muro de silencio o, peor aún, con una noticia trágica.
La pantalla parpadeó durante un segundo que se sintió eterno, cargando una ráfaga de resultados, perfiles de redes profesionales y artículos de prensa digital. En la parte superior de la página de búsqueda, apareció una fotografía reciente en alta resolución.
—Mira nada más… Se puso guapo el condenado —soltó Roberta de golpe, inclinándose tanto sobre mi hombro que casi me aplasta contra la barra de la cocina.
—Se ve bien… —comenté de manera neutral, intentando con todas mis fuerzas mantener la compostura , aunque por dentro sentía que me faltaba el aire.
—No mames, azul, no mientas por convivir. No se ve «bien», ¡se ve muyyyy bien! —exclamó Roberta, abriendo los ojos de par en par—. Ve nada más esa foto. Se nota perfectamente que el saco de ese traje de diseñador está a dos de romperse con esos brazos de acero. El gimnasio le ha sentado de maravilla.
Y vaya que tenía razón. No podía engañarme a mí misma. El ruso se había puesto verdaderamente delicioso; era una realidad innegable. Se notaba a leguas que los cinco años transcurridos le habían sentado de maravilla a su fisionomía. Ya no era ese chico de dieciocho años que conocí, aquel joven de facciones suaves y promesas idílicas que me endulzaba el oído. Ahora se veía muchísimo más varonil, maduro, imponente y en perfecta salud física, por decirlo de una manera bastante decente y educada para no sonar tan desesperada frente a mi amiga.
—Mmmm… pues mira, aquí dice la nota que es un importante empresario metalúrgico —leyó Roberta en voz alta, deslizando el dedo por el panel táctil de la computadora—. Dice que ahora es el presidente ejecutivo de la compañía familiar junto con…
La voz de Roberta se cortó de golpe, congelándose en seco. La animación y el tono burlón que tenía hace un segundo desaparecieron por completo de su rostro, dejando una expresión de absoluta incredulidad.
—¿Con quién, Rob? ¿Qué dice ahí? Habla —le exigí, sintiendo que la intriga me carcomía.
Al ver que no respondía y que se había quedado con la boca abierta mirando la pantalla, le quité la laptop de las manos de un solo tirón y fijé la vista en el párrafo que la había descolocado por completo. Justo debajo de la reseña de Dmitriy, aparecía el organigrama de la mesa directiva de la corporación. Al lado de la foto de mi ex, sonreía un hombre alto, de cabello perfectamente peinado y hombros anchos.
—Es Taras… —susurré, sintiendo cómo el destino volvía a entrelazar nuestros caminos de la forma más retorcida posible—. Se ve guapo.
—Ajá… —masculló Roberta, apretando los puños sobre la barra de la cocina, tratando de asimilar el impacto de volver a ver al hombre que consideraba su caballero andante y que resultó ser el lobo con piel de oveja.
—Rob, siendo totalmente sinceras… la verdad es que se ve muy bien —añadí, dándole un suave codazo para sacarla de su trance melancólico.
—Sí, lo sé… Se ve jodidamente como me lo recetó el doctor y nunca me lo pude comer —soltó Roberta de repente, rompiendo su propia tensión con una grosería y una honestidad brutal que me hizo reír—. Ve nada más esa mandíbula, azul. Todo eso me lo pude haber comido durante estos cinco años si el imbécil no se hubiera ido de la noche a la mañana sin decir absolutamente nada, dejándome con el corazón roto y un luto eterno entre los fogones de la cocina.
Las dos nos quedamos mirando la pantalla en un silencio compartido que ya no era de dolor crudo, sino de una extraña y electrizante estupefacción. Los dos rusos que nos habían elevado al cielo para luego soltarnos en caída libre ya no eran unos fantasmas abstractos en nuestras mentes; estaban allí, a unos cuantos clics de distancia, convertidos en hombres de negocios poderosos y más atractivos que nunca. El caos que dormía en la habitación de arriba tenía un padre real, tangible, que compartía sus mismos ojos azules y que estaba liderando un imperio al otro lado del mundo. El pasado acababa de encender las luces y nosotras estábamos listas para mirar de frente.