Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 5 +18
Adrián, de Japón. Medía casi un metro ochenta, mucho más alto que la mayoría de gente de su tierra, y tenía la espalda ancha y los hombros fuertes. Su piel era de un tono ámbar cálido, y sus ojos oscuros, rasgados y expresivos, siempre se cerraban en dos líneas finas cuando sonreía —que era casi siempre—. Tenía el pelo negro, muy liso y brillante, que se le caía en mechones sobre la frente, y hablaba despacio, con una voz suave y profunda, como si cuidara cada palabra antes de soltarla. Nos conocimos un día que se le cayó un cuchillo muy afilado al suelo, y yo lo atrapé antes de que golpeara el borde de la mesa; desde entonces siempre me guardaba el mejor cuchillo para cortar las cebollas, porque sabía que no me gustaba que me hicieran llorar.
*Enrique, de Brasil. Medía un metro setenta y cinco, y tenía el cuerpo lleno de energía, siempre en movimiento, como si no pudiera quedarse quieto ni un segundo. Su piel era morena, salpicada de pecas doradas en la nariz y las mejillas, y tenía el pelo rizado y muy oscuro, que llevaba recogido en una coleta alta. Sus dientes eran muy blancos y siempre se veían, porque se reía de todo, incluso de sus propios errores. Hablaba muy rápido, mezclando palabras en portugués, alemán y lo poco que sabía de español, y sus manos se movían sin parar cuando explicaba algo. Nos hicimos amigos el día que se le quemó todo el arroz para el almuerzo y yo le ayudé a preparar una versión nueva en menos de quince minutos; desde entonces no paraba de decir que yo tenía "magia en las manos". Era el más abierto, el más bromista y el que siempre decía lo que pensaba sin rodeos.
* Tim, de Alemania. Era el más alto de todos, con casi un metro ochenta y cinco, y delgado como un tallo, aunque tenía los brazos fuertes de tanto levantar ollas pesadas. Tenía el pelo rubio ceniza, muy corto, y los ojos de un azul intenso como el mar en un día soleado. Al principio hablaba muy poco, y siempre con un tono serio, casi severo, pero cuando se soltaba tenía un sentido del humor muy fino y se reía con la boca cerrada, tapándose los labios con la mano. Nos conocimos cuando me costaba entender las instrucciones del jefe; él se detuvo, me explicó todo despacio y con mucha paciencia, y después se quedó a mi lado hasta que estuve segura de lo que tenía que hacer.
*Agustín, de aquí mismo, de la zona de Baviera. Medía un metro setenta, era fornido y tenía las manos más grandes que había visto en mi vida. Tenía el pelo castaño rojizo, algo rebelde, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, de cuando se cayó de una bicicleta de niño. Hablaba con un acento muy marcado de la región, y siempre añadía una broma al final de cada frase para suavizar las cosas. Nos hicimos amigos el día que me resbalé con un charco de aceite y estuve a punto de caer; me agarró del brazo antes de que tocara el suelo, y después me trajo una taza de chocolate caliente para que se me pasara el susto.
Los otros cinco compañeros venían de todas partes: Corea, mi propio México, Francia, Noruega y Austria. Eran muy buena gente, siempre saludaban y ayudaban si faltaba algo, pero nuestra amistad se quedaba en el saludo y el trabajo compartido; no llegábamos a esa confianza especial que tenía con los otros cuatro.
Los días pasaban entre enseñanzas y preparaciones, y cada mañana era algo nuevo. Un lunes nos enseñaron a preparar un schweinshaxe: nos explicaron cómo limpiar bien la pierna de cerdo, cómo marinarla con hierbas silvestres, ajo y mostaza durante toda la noche, y luego cómo hornearla despacio para que la carne quedara tierna y la piel crujiente como el vidrio. Me enseñaron a cortar la grasa sin llegar a la carne, en cuadrados perfectos, para que el calor entrara parejo. El martes pasamos a los postres: strudel de manzana, con la masa tan fina que se podía ver a través de ella, y tuvimos que aprender a estirarla sin romperla, con las manos abiertas y mucho cuidado. El miércoles nos pusimos a hacer panes de centeno, amasando con todas nuestras fuerzas hasta que los brazos nos dolían, y el jueves aprendimos las técnicas de corte más precisas: el corte brunoise, muy pequeño y parejo para las verduras; el juliana, en tiras finas como hilos; el mirepoix, más grueso para los guisos. Cada día era un reto nuevo, y cada cosa que aprendía me hacía sentir que estaba más cerca de lo que quería ser.
Con el tiempo, les mostré a mis amigos las fotos de Rosa, y después los puse en contacto en las llamadas. Se hicieron amigos muy rápido, pero Adrián se quedó prendado de ella desde la primera vez que la vio en pantalla. Casi todos los días se quedaba hablando con ella mientras terminábamos de limpiar, y yo me quedaba en la cocina, acomodando las ollas en su sitio, escuchando de lejos sus risas.
—¡Hola otra vez! —le dijo un día, con esa timidez que solo Rosa lograba quitarle—. ¿Cómo va tu día? Solo pasaba a saludarte, quería ver cómo estabas.
Rosa se rió, y el sonido llegó claro hasta donde yo estaba.
—¿Y tú no te vas a cansar de saludarme todos los días? —le preguntó con broma—. Oye, una duda… ¿por qué te llamas Adrián si eres de Japón? ¿No es un nombre muy español?
—¡Buena pregunta! —Adrián se sonrojó hasta las orejas, y se rascó la nuca—. Mi papá es de Guadalajara, ¿lo conoces?
—¡Claro que sí! He escuchado mucho hablar de él —respondió ella.
—Pues por eso —continuó él—. Mi mamá es japonesa, pero me quisieron ponerle
un nombre que le sirviera en cualquier parte. Oye… y tus papás, ¿cómo están? Me gustaría conocerlos algún día.
—Están en sus cosas, trabajando como siempre —dijo Rosa con suavidad.
—Pues yo quiero conocerlos —insistió él, y se le iluminaron los ojos—. Oye, ¿qué te parece si en las vacaciones del mes que entra voy a verte? Ya llevamos tres meses hablando todos los días, ¿no crees que ya es hora?
Rosa se quedó callada un segundo, y luego soltó una risa larga y alegre.
—Pues para ser japonés eres mucho más decidido de lo que me imaginaba —dijo—. Casi todos son muy introvertidos, ¿no? Pero bueno… si de verdad quieres venir, aquí te espero.
—¡Así será! —exclamó él, radiante—. Bueno, ya te dejo descansar, que seguro tienes cosas que hacer. Adiós, Rosa.
—Adiós, Adrián.
—¡Vaya! —dije yo desde la puerta, cuando él colgó—. Eso sí que fue una sorpresa, no pensé que te animarías tan rápido. Ya te veo haciendo las maletas.
Adrián se rió y me dio un empujón suave en el hombro.
—¡Ya vas a empezar tú también! —dijo—. Nos vemos mañana, Camila.
—Adiós —le respondí, y me quedé un momento mirando cómo se alejaba por el pasillo, con una sonrisa que no se le borraba de la cara.