"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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Encuentro inesperado
La luz del sol que se colaba por las rendijas de la ventana despertó a Thalia. La comisura de sus labios se elevó al descubrir que el brazo grande de Rodrigo la rodeaba por la cintura. Con cuidado intentó apartarlo, pero él apretó el abrazo.
—¿A dónde vas, eh? —preguntó Rodrigo con la voz ronca de quien acaba de despertar.
—Al baño, ya no aguanto —contestó Thalia, y Rodrigo no tuvo más remedio que soltarla.
Minutos después, Thalia volvió del baño.
—Mi amor, hoy llegan a la ciudad mi mamá, Adrián y su familia —le informó Rodrigo, que ya se había sentado recargado contra la cabecera.
—¿Hoy? —exclamó Thalia—. ¿Por qué no me dijiste anoche? Así hubiera podido cocinar algo para recibirlos —respondió acercándose a él.
—Perdón, es que yo también me acordé apenas. Pero llegarán hasta la tarde, así que todavía tienes tiempo de cocinar si no te resulta mucha molestia, mi amor —contestó Rodrigo mientras bajaba de la cama para ir al baño. Eran ya las seis y media de la mañana y tenía que prepararse para ir a trabajar.
—Amor...
Rodrigo se giró.
—¿Qué pasa? ¿Quieres que nos bañemos juntos? —preguntó con una sonrisa provocadora.
Thalia se sonrojó al instante.
—¿Qué cosas dices?
A Rodrigo le dieron ganas de comérsela al ver su rostro encendido. Si aquella mañana no tuviera asuntos pendientes, habría seguido haciéndola sonrojar con sus comentarios picaros.
—Quiero pedirte permiso para ir al supermercado esta mañana —le dijo Thalia, que planeaba preparar una cena especial para recibir a la familia de su esposo.
—¿Por qué no le pides a doña Aurora o a doña Inés que vayan a comprar? Es que hoy no voy a poder acompañarte, mi amor —respondió Rodrigo, pues hasta entonces él siempre la acompañaba cada vez que Thalia salía de casa.
—No puedo, amor, porque también necesito comprar algunas cosas para Santi. Que me lleve don Julián.
Rodrigo no accedió de inmediato; en cambio, caminó hacia la mesita de noche junto a la cama y tomó su celular.
—Buenos días, señor —se escuchó una voz al otro lado de la línea al conectarse la llamada.
—Buenos días. Hoy no necesitas ir a la oficina. ¡Acompaña a mi esposa al supermercado!
—Sí, señor —respondió la persona, que no era otra que Mariana, antes de que Rodrigo cortara la llamada.
—Gracias, amor —dijo Thalia con el rostro iluminado. Entre las ocupaciones de cada una, llevaba casi un mes sin ver a su mejor amiga, así que su alegría al saber que Rodrigo le daba el día libre a Mariana para acompañarla era comprensible.
—¿Nada más un "gracias"? —bromeó Rodrigo con una mirada insinuante.
—Ya es tarde, amor, se te va a hacer para ir a la oficina —con el rostro encendido de pena, Thalia lo empujó hacia el baño.
Rodrigo sonrió al ver la timidez de su esposa.
—Thalia... Thalia... Ya me diste un hijo y todavía te da pena cuando te coqueteo, mi amor —murmuró mientras se desvestía.
Después de bañarse, arreglarse con su ropa de oficina y desayunar juntos, Rodrigo partió al trabajo. Poco después, Mariana llegó a la casa.
Como Thalia ya estaba lista desde hacía rato, en cuanto llegó Mariana salieron rumbo al supermercado con don Julián al volante.
—¿Por qué no trajiste a Santi? —preguntó Mariana cuando el auto de don Julián dejó atrás la reja de la casa.
—¿Cómo crees, Mari? Santi todavía es muy chiquito para sacarlo de paseo —respondió Thalia—. Además, si Santi se cansa porque lo saqué, su papá se pone furioso —añadió. Conocía de sobra cuánto adoraba Rodrigo a su hijo, así que no era de extrañar que pensara así.
—Tienes razón. Aparte, tu marido cuando se enoja da miedo de verdad —Mariana recordó un incidente en la oficina la semana anterior, cuando Rodrigo se puso hecho una furia al sorprender a Sara hablando a espaldas de Thalia y de su hijo. Lo peor fue que Sara se atrevió a llamar al bebé hijo ilegítimo; era lógico que Rodrigo montara en cólera.
Treinta minutos más tarde, el auto de don Julián entró en el estacionamiento del supermercado.
—¡Don Julián, espérenos aquí en el carro! —pidió Thalia antes de bajar.
—Sí, señora.
Para ahorrar tiempo, entraron directamente al supermercado. Thalia tomó un carrito y se dirigió a la sección de carnes, pollo y demás ingredientes.
—¿Vas a cocinar para todo un barrio o qué? Llevas un montón de cosas —comentó Mariana al ver la cantidad de productos que Thalia iba echando al carrito.
Thalia se limitó a sonreír.
—Hoy llega la familia de Rodrigo desde la capital, por eso estoy comprando bastante, para preparar una cena especial de bienvenida —explicó con franqueza.
—¿La familia del señor Rodrigo? —musitó Mariana—. ¿Incluyendo a Adrián, tu ex novio? —añadió.
—Cuñado, Mari. Ahora Adrián es mi cuñado —la corrigió Thalia.
—Sí, sí, ya sé...
—Oye, Thalia, ¿no se les hace incómodo verse? Porque ustedes tuvieron una relación —preguntó Mariana con curiosidad mientras seguía los pasos de su amiga.
—Claro que no. Además, ¿por qué habría de ser incómodo? Él ya tiene su familia, igual que yo —respondió Thalia.
Mariana asintió, dando a entender que comprendía.
—Si se parece a Rodrigo, estoy segura de que su hermano también debe ser guapísimo —comentó Mariana. Thalia sonrió sin decir nada—. Si todavía fuera soltero, yo sería la primera en anotarme para ser su novia —bromeó.
—Ay, Mari, qué cosas dices —y las dos se echaron a reír.
—¡Thalia, querida! ¡Mariana! —la voz de una mujer de mediana edad desvió la atención de ambas.
—Señora... —fue Mariana quien respondió al saludo, mientras Thalia, al no conocer a aquella mujer, se limitó a esbozar una sonrisa cortés.
Al notar la confusión de Thalia, Mariana se apresuró a presentarla.
—Ah, mira, Thalia, ella es la esposa del doctor Arellano. Fue ella quien donó sangre para ti en aquel momento —le explicó.
—Muchísimas gracias por haberme salvado, señora. No sé qué habría sido de mí si usted no hubiera donado su sangre —dijo Thalia.
Había escuchado aquella historia de boca de Rodrigo una semana después de despertar del coma, pero nunca había conocido en persona a la esposa del doctor Arellano, así que era natural que no reconociera su rostro.
La mujer amplió su sonrisa al mirar a Thalia; su estado de ánimo cambió por completo tras encontrársela.
—¡Dime tía Elena, así es más bonito! —pidió la mujer.
—Me da mucha alegría verte sana y bien, Thalia —su sonrisa parecía no querer abandonar sus labios.