Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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"Celos de amigo"
Sophia
Mis pies descalzos apenas hacían ruido contra los escalones. Prácticamente no había pegado un ojo en toda la noche; cada vez que cerraba los párpados, el eco de la bofetada y el calor asfixiante de sus labios regresaban para desvelarme. Bajaba a la cocina armada con una armadura de hielo, lista para la guerra, convencida de que el silencio de la casa sería mi único refugio para planear cómo evitarlo el resto de mi vida.
Pero mis defensas se desmoronaron antes de llegar al último peldaño.
El aroma a café recién hecho y a pan tostado flotaba en el aire, inundando el pasillo. Un olor cálido, doméstico, que chocaba violentamente con la frialdad que yo sentía en el pecho. Me detuve en el umbral de la cocina, conteniendo la respiración.
Ahí estaba él.
Sebastian estaba de espaldas a mí, apoyado contra la meseta. No llevaba la chaqueta gruesa de la noche anterior, sino una camisa de mangas arremangadas que revelaba la tensión de sus brazos. Al escuchar mi respiración, se giró lentamente. No había rastro de su habitual arrogancia o de la mirada autoritaria que solía dominarlo todo. Se veía cansado, con sutiles sombras oscuras bajo sus ojos azules y una postura contenida, casi sumisa, como si supiera que estaba pisando terreno minado.
Sobre la mesa de la cocina ya estaban servidos dos platos con el desayuno listo. Y en el centro, rompiendo toda la lógica de mi realidad, reposaba una sola flor blanca. Una gardenia perfecta, de pétalos inmaculados.
—Buenos días —dijo él. Su voz era un hilo grave, desprovisto de la ruda firmeza de la noche anterior.
No respondí. Me quedé estática, con los brazos cruzados sobre el pecho, clavando la mirada en la flor como si fuera un artefacto peligroso. El escozor en mis labios pareció reactivarse solo con tenerlo cerca.
Sebastian dio un paso al frente con una lentitud casi dolorosa, estiró el brazo y tomó la gardenia entre sus dedos firmes, contrastando con la delicadeza de los pétalos.
—Una tregua —continuó, manteniéndose a una distancia prudencial, respetando mi espacio de una manera casi exagerada—. No dormí un solo segundo, Sophia. Pensando en lo miserable que fui ayer, en cómo rompí tu confianza. Te preparé el desayuno porque... no sabía de qué otra forma demostrarte que lo siento.
—¿Crees que una flor y un café van a borrar lo que hiciste, Sebastian? —mi voz sonó más temblorosa de lo que hubiera querido, y la rabia contenida me apretó la garganta.
—No, sé que no —respondió de inmediato, bajando la mirada hacia la flor antes de volver a clavar en mí la fijeza de sus ojos azules—. Ayer me volví loco, Sophy. Pero necesito que me escuches, por favor. No fue lo que crees. Me confundí.
Dio un sutil paso atrás, como reafirmando su sumisión ante mí.
—Llevamos tanto tiempo siendo solo nosotros dos, compartiendo una cercanía tan grande, que... simplemente me nublé. Escuchar que hay alguien más, ver la posibilidad de que ese nuevo tipo te aleje de mí y cambie lo que tenemos, me hizo perder el norte. Fueron celos, sí, pero celos enfermos de perder a mi mejor amiga. A lo más preciado que tengo en la vida. No quiero que nada nos separe, y me aterrorizó pensar que estaba quedando fuera.
Lo miré fijamente, buscando una grieta en su discurso. Sus palabras sonaban ensayadas, perfectas, como un escudo diseñado a la medida para cubrir el volcán que había estallado en el recibidor. Él quería que volviera a confiar. Quería que tomara el incendio de la noche anterior, esa intensidad salvaje con la que me había devorado y con la que yo le había correspondido, y lo metiera en una caja con la etiqueta de "confusión amistosa".
Ambos sabíamos que era mentira. Un amigo no te sujeta el cabello con esa desesperación; un amigo no te hace flaquear las piernas.
Sin embargo, mientras el silencio volvía a instalarse entre los dos y mis ojos viajaban de la pureza de la flor blanca a la marca apenas perceptible en su mejilla, una fría certeza me golpeó. A mí también me convenía su mentira. Aceptar que todo había sido un error de hermanos o de amigos cercanos era mil veces más fácil y seguro que admitir la verdad: que nos deseábamos de una forma destructiva. Fingir que seguíamos en el mismo bando era la única manera de no destruir nuestro mundo por completo.
Cerré los ojos un segundo, tragándome el orgullo y el latido acelerado de mi corazón. Cuando los abrí, di un paso adelante, acortando la distancia física que nos separaba, y extendí la mano.
—Está bien, Sebastian —susurré, tomando la flor de entre sus dedos sin llegar a tocar su piel—. Una tregua. Volvamos a ser amigos.
Sebastian sonrió de medio lado, una sonrisa ligera que intentaba disipar la tensión, y se dispuso a servir el café. El ambiente parecía estabilizarse artificialmente, sostenido por el hilo delgado de nuestra mentira compartida.
Entonces, mi teléfono vibró sobre la meseta.
El sonido nítido cortó el aire de la cocina. Sebastian detuvo la cafetera a medio camino, con la mirada azul fija en el aparato. Sentí un vuelco en el estómago. Caminé hacia la barra, tomé el celular y deslicé la pantalla de bloqueo. Era un mensaje de WhatsApp de Letty.
Letty:
¡Sophy! Buenos días. Me quedé preocupada después de ayer, ¿cómo siguen las cosas por allá? Espero que el ambiente se haya enfriado un poco... Por cierto, no te imaginas: mi primo Lucas no ha dejado de hablar de ti desde que se vieron. En serio, me tiene loca, no para de pedirme tu número y quiere que concertemos una cita cuanto antes. Dice que se quedó con ganas de conocerte mejor. ¿Qué dices? ¿Le doy luz verde? 😉🔥
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba. Lucas. El mismo "imbécil" por el que Sebastian había perdido el control la noche anterior y cuya sola mención había provocado el desastre en el recibidor.
—¿Pasa algo? —preguntó Sebastian.
Su tono pretendía ser casual, desinteresado, el de un amigo común. Pero cuando levanté la vista, noté que la mandíbula se le había tensado por completo y sus nudillos, alrededor del asa de la cafetera, se habían vuelto blancos por la fuerza del agarre.
Miré la flor blanca sobre la mesa, luego a Sebastian, y finalmente la pantalla de mi teléfono. La tregua de la que tanto hablaba estaba a punto de ser puesta a prueba antes de que el café se enfriara.