Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 4: El Orgullo Tiene Consecuencias
Maximiliano, con el ceño fruncido, lanzó una mirada fulminante a sus amigos, quienes rápidamente comprendieron que se habían pasado de la raya. Sin mediar palabra más, se levantó de la mesa con una furia contenida, recogió su chaqueta y salió del Gran Baile de la Sociedad con pasos firmes, casi atropellando a los invitados que se cruzaban en su camino.
Al llegar a su auto, abrió la puerta de un golpe, encendió el motor y partió a toda velocidad, dejando atrás las luces brillantes y las risas del salón. Su respiración era pesada, y su mente no podía quitarse la imagen de Pamela: su arrogancia, su desafío, incluso aquel pisotón intencional.
Poco después, llegó a su mansión, estacionó y entró con paso firme, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor. Su temperamento aún estaba alterado cuando, al girar hacia la sala, notó algo que lo hizo detenerse: Teresa estaba allí, de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en él, como si lo hubiera estado esperando toda la noche.
—No creí que llegarías tan pronto —dijo Teresa, caminando hacia él sin apartar la mirada.
Maximiliano la miró de manera gélida, su paciencia al límite.
—Ni Se te ocurra seguirme, Teresa
—advirtió, subiendo las escaleras con gesto serio.
Ella dio un paso hacia él, ignorando su advertencia, con un dejo de frustración y preocupación en su rostro.
—¿Qué te pasó, Maximiliano? —preguntó Teresa, al notar lo molesto que estaba.
Maximiliano no respondió. Continuó subiendo las escaleras hasta llegar a su despacho. Una vez dentro, cerró la puerta y tomó asiento detrás de su escritorio, todavía molesto por lo ocurrido en el baile.
Por su parte, Teresa se quedó en la sala observando cómo Maximiliano terminaba de subir las escaleras hasta desaparecer de su vista. No entendía qué había pasado. Conocía su carácter fuerte y reservado, pero nunca lo había visto tan molesto por algo.
Al darse cuenta de que no obtendría ninguna respuesta esa noche, soltó un suspiro y regresó a su habitación. Sin embargo, la curiosidad seguía rondando su mente, preguntándose qué había ocurrido para que Maximiliano regresara en ese estado.
Pamela llegó a la mansión Mendoza riéndose por lo ocurrido en el Gran Baile de la Sociedad. Antes de despedirse, Nancy no pudo evitar expresar lo que pensaba.
—Pamela, no debiste hacer eso —dijo, negando con la cabeza—. Ese hombre no te había hecho nada para que lo humillaras de esa manera.
Pamela soltó una carcajada divertida.
—Por favor, Nancy. ¿Viste su cara? Valió completamente la pena.
—No sé... algo me dice que no se quedará de brazos cruzados.
—Que haga lo que quiera —respondió con indiferencia—. No me preocupa en lo más mínimo.
Nancy suspiró al darse cuenta de que era inútil discutir con ella y finalmente se despidió.
Pamela entró en la mansión todavía sonriendo. Subió a su habitación, se quitó los zapatos y se dejó caer sobre la cama con expresión triunfante.
—Jajaja... ese viejo se creyó más listo que yo y terminó siendo un completo ridículo —murmuró mientras se acomodaba entre las sábanas.
Con la satisfacción de quien creía haber ganado una batalla, cerró los ojos y se quedó dormida tranquilamente, convencida de que una vez más se había salido con la suya.
A la mañana siguiente, Pamela despertó de excelente humor. Después de desayunar, siguió recordando lo ocurrido en el Gran Baile de la Sociedad y la expresión de Maximiliano cuando lo dejó en ridículo frente a todos.
Cada vez que pensaba en ello, una sonrisa aparecía en sus labios.
Como era sábado y no tenía ninguna obligación importante, decidió invitar a varios de sus amigos a pasar la mañana en la piscina de la mansión Mendoza.
El ambiente era relajado. Algunos conversaban, otros tomaban bebidas refrescantes y algunos disfrutaban del sol. Pamela estaba cómodamente recostada en una tumbona cerca de la piscina, usando un elegante traje de baño, mientras hablaba con Nancy y el resto de sus amigos.
De pronto, una de sus amigas soltó una exclamación.
—¡No puede ser!
—¿Qué ocurre? —preguntó Pamela con curiosidad.
La joven levantó su teléfono móvil y comenzó a reír.
—Tienes que ver esto.
Pamela tomó el teléfono y observó una publicación que estaba circulando rápidamente en redes sociales.
El titular decía:
"¿El poderoso empresario Maximiliano Santorini no sabe bailar? Testigos aseguran que una joven logró derrotarlo durante el Gran Baile de la Sociedad."
Debajo aparecían varias fotografías tomadas durante la noche anterior, incluyendo algunas imágenes del momento en que ambos compartían la pista de baile.
—¡JAJAJAJA! —estalló Pamela sin poder contenerse.
Sus amigos también comenzaron a reír.
—Esto se está volviendo viral —comentó uno de ellos.
—Pobre hombre —dijo otra chica entre risas.
—Pobre nada —replicó Pamela divertida—. Se lo buscó por creerse tan importante.
Nancy, en cambio, no parecía tan divertida como los demás.
—No sé si deberías alegrarte tanto —comentó con cautela.
—¿Y por qué no? —preguntó Pamela.
—Porque estás hablando de Maximiliano Santorini. Ese hombre no parece alguien que acepte quedar en ridículo delante de toda la ciudad.
Pamela soltó una sonrisa confiada.
—¿Y qué va a hacer? ¿Llorar porque perdió un baile?
Las risas volvieron a escucharse alrededor de la piscina.
Por su parte, Maximiliano se encontraba en su despacho revisando documentos cuando una de las sirvientas llamó a la puerta.
—Señor Santorini, el señor Antonio lo busca.
Maximiliano levantó la vista, serio.
—Hazlo pasar.
—Sí, señor.
Pocos segundos después, Antonio entró al despacho. No era un simple amigo; era una de las personas de su máxima confianza, encargado de manejar información y movimientos discretos cuando Maximiliano lo requería.
Sin decir mucho, Antonio se acercó y le mostró su teléfono.
—Tienes que ver esto —dijo con tono serio.
Maximiliano tomó el dispositivo y observó la publicación que ya estaba circulando por la ciudad. Las imágenes del baile eran claras: él en la pista junto a Pamela Mendoza, y varios comentarios burlándose de la situación.
Su expresión se endureció al instante.
—Esto se ha filtrado rápido —comentó Antonio.
Maximiliano dejó el teléfono sobre el escritorio con calma tensa.
—Quiero saber quién tomó esas fotos —dijo con frialdad—. Y quién las está difundiendo.
—Me encargaré —respondió Antonio sin dudar.
Maximiliano se recostó en la silla, con la mirada fija en un punto del escritorio.
—No quiero especulaciones. Quiero nombres.
Antonio asintió, acostumbrado a ese tono.
—Lo averiguaré.
Maximiliano entrecerró los ojos, recordando la pista de baile, el pisotón intencional y la sonrisa desafiante de Pamela Mendoza.
—Y quiero toda la información sobre ella, pamela Mendoza —ordenó maximiliano.
Antonio lo observó unos segundos.
—Entendido —respondió Antonio y salió del despacho.
Maximiliano se levantó del asiento y, molesto, comenzó a caminar de un lado a otro dentro del despacho, con las manos a la espalda y la mandíbula tensa.
—Ya veré cómo te hago caer de esa altura en la que te crees…—murmuró entre dientes, con la mirada endurecida, refiriéndose a Pamela Mendoza.