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SOMBRAS QUE NO SEVAN

SOMBRAS QUE NO SEVAN

Status: En proceso
Genre:Escuela / Fantasía LGBT / Traiciones y engaños
Popularitas:287
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.

Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.

Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…

Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7: EL PESO QUE SOSTIENE LA VERGÜENZA

El micrófono diminuto brillaba con su luz roja intermitente en la palma temblorosa de Izack, y antes de que pudiera hacer cualquier movimiento, el olor a tabaco viejo y alcohol barato lo envolvió por completo. Esos pasos pesados, esa forma de respirar lenta y cargada de amenaza… solo podía ser una persona.

—Ves lo fácil que es encontrarte? —susurró Héctor justo al oído, tan cerca que Izack sintió el aliento helado rozarle la piel del cuello—. Todo lo que pasa aquí, todo lo que sufren esos chicos que te quieren ayudar, todo lo que te hacen en la escuela… es **tu culpa**. Si te hubieras quedado callado como te dije desde el principio, si hubieras aceptado que no tienes derecho a nada, nadie estaría en peligro. Solo tú traes la desgracia a donde vas. Eres un estorbo. Una carga que nadie quiere llevar.

Le apretó el hombro con tanta fuerza que los dedos se le clavaron en la carne a través de la camisa, y soltó una risa baja y asquerosa antes de alejarse despacio, dejándolo solo en la oscuridad del pasillo. Izack se quedó inmóvil, el aire se le quedó atrapado en la garganta, y una vergüenza tan grande y dolorosa le subió por el pecho que casi le dio ganas de desaparecer entre las baldosas frías.

Héctor tenía razón. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Todo empezó cuando él llegó al orfanato. Antes, Damián molestaba de vez en cuando, pero nunca los había perseguido con tanta saña. Benjamín estaba herido y con miedo. Axel se arriesgaba a perder su reputación, su posición y hasta su propia seguridad por defenderlo. Incluso la directora, que antes los trataba con indiferencia tranquila, ahora los vigilaba como si fueran delincuentes peligrosos. Todo, absolutamente todo, había empeorado desde que él llegó.

La vergüenza le quemaba las mejillas, le apretaba el pecho como si le pusieran una losa encima, le cerraba la garganta hasta que le costaba respirar. ¿Cómo podía pedirles que siguieran ayudándolo? ¿Cómo podía mirarlos a la cara después de arrastrarlos a su propio infierno? No diría nada más. No contaría lo que había visto ni escuchado. No pediría protección. Mejor alejarlos, que se enfadaran con él, que lo odiaran… al menos así, cuando Héctor terminara su trabajo, ellos estarían a salvo.

Al día siguiente, cuando se reunieron en la sala para hablar del micrófono y de las sospechas sobre la directora, todos esperaban que Izack contara lo que había pasado la noche anterior. Pero él se quedó sentado en el borde del sofá, mirando fijamente sus propias manos, apretando los labios hasta que se pusieron blancos y dolorosos.

—¿Qué viste, Izack? —le preguntó Tomás con suavidad, acercando una hoja con los dibujos del aparato—. ¿Fue ella? ¿Héctor entró al orfanato? Necesitamos saberlo para planear bien.

Izack negó con la cabeza muy despacio, sin levantar la vista del suelo:

—Nada. No vi a nadie. Fue mi imaginación. Seguro se cayó de algún aparato viejo que nadie usa. No le den importancia.

—¿Imaginación? —exclamó Lucas, sorprendido y un poco molesto—. ¿Cómo va a ser imaginación si era un micrófono de verdad, moderno, para espiar?

—Pues sí —cortó él bruscamente, levantándose de golpe y apartándose un paso de todos—. No sé qué quieren que les diga. No pasó nada. Dejen de buscar problemas donde no los hay. Ya estoy cansado de todo esto.

Cuando Axel se acercó a él, con los ojos llenos de ternura y preocupación, e intentó ponerle una mano en el hombro para calmarlo, Izack dio un paso atrás como si le hubiera quemado el fuego mismo. La vergüenza le golpeó más fuerte al ver la cara de dolor que puso el chico.

—No te acerques —le dijo con voz seca, temblando por dentro pero intentando parecer firme—. No necesito que me cuides. No necesito que me defiendas. Deja de perder el tiempo conmigo. Tienes dinero, tienes apellido, tienes todo lo que yo no tengo… no te ensucies la vida con mis problemas.

—¿Qué dices? —preguntó Axel desconcertado, dando un paso hacia él—. ¿Por qué me hablas así? Sabes que no me importa nada de eso, sabes que…

—No sé nada —lo interrumpió Izack, y esta vez lo miró a los ojos, aunque se le llenaron de lágrimas que se negó a soltar—. Ustedes no son mi familia. No tienen por qué cargar con mis cosas. Yo no soy nada suyo. Basta ya. Déjenme en paz de una vez por todas.

Salió corriendo de la sala antes de que pudieran decir nada más, y se encerró en el baño durante un buen rato, apoyando la frente contra el cristal frío del espejo. Se lavó la cara con agua helada, pero no pudo quitarse la sensación de suciedad y culpa que le recorría todo el cuerpo. *Soy un estorbo. Soy la desgracia que les cae a los buenos*.

En la escuela la situación no mejoró. Damián y los suyos lo esperaron en la puerta del salón, lo empujaron contra la pared, le tiraron los cuadernos al suelo y le gritaron que era un mentiroso que arrastraba a todos a la ruina. Pero Izack no se defendió. Ni siquiera los miró. Se quedó quieto, agachado recogiendo sus cosas, aguantando cada empujón y cada palabra sin decir una sola queja. ¿Para qué pelear? Si al final todo era verdad.

Valentina y Camila quisieron ir a ayudarlo, pero él las apartó con brusquedad:

—Déjenme. No se metan. No quiero que nadie se acerque a mí. Si se quedan conmigo, solo les pasará algo malo.

Cuando Axel llegó corriendo y lo agarró suavemente del brazo para levantarlo, Izack se soltó con fuerza, haciendo que el chico retrocediera un paso sorprendido.

—¿No me entiendes? —le gritó, con la voz rota por la rabia y la tristeza—. ¡No te quiero cerca! ¡Todos estarían mucho mejor si yo no existiera! ¡Déjame solo de una vez por todas!

Salió corriendo hacia el patio trasero, el lugar más solitario y oscuro del colegio, se sentó detrás de los grandes arbustos y se abrazó las rodillas contra el pecho. Allí sí lloró, mordiéndose la manga de la camisa para no hacer ruido, con el corazón destrozado por la vergüenza y el miedo. ¿Por qué le pasaba todo esto a él? ¿Por qué tenía que ser él quien trajera el dolor a la gente buena?

Pensó que estaría solo mucho tiempo. Pero minutos después escuchó pasos suaves, que no intentaban asustarlo, que no venían para reclamarle nada. No lo tocaron. Solo se sentaron en el suelo a su lado, dejando un espacio pequeño entre los dos.

Era Axel.

—No te voy a dejar solo —dijo muy bajito, mirando también hacia el suelo—, aunque tú me pidas que me vaya. No lo hago por obligación, ni por lástima. Lo hago porque quiero estar contigo. Porque me importas tú, no solo tus problemas.

Izack apretó los puños contra sus rodillas, las lágrimas seguían cayendo sin que pudiera detenerlas:

—Todo lo que pasa… es mi culpa. Si no estuviera aquí, Héctor no vendría, no nos vigilarían, Damián no los molestaría. Me da tanta pena… me da vergüenza ser yo. Me da vergüenza que tengan que ver lo roto que estoy por dentro.

Hubo un silencio corto, y luego sintió el roce suave de una mano que buscaba la suya. Esta vez no se apartó. Dejó que Axel entrelazara sus dedos con los suyos, cálidos y fuertes.

—La culpa no es tuya —le dijo Axel con mucha calma y mucha firmeza—. Es de los que mienten, de los que traicionan, de los que lastiman a quienes no pueden defenderse. Tú no eres una vergüenza, Izack. Eres la persona más valiente que conozco. Y lo que estás roto… lo vamos a arreglar juntos. No tienes que ocultarte de mí. No tienes que cargar todo tú solo.

Izack levantó la mirada por fin, y vio en los ojos grises de Axel solo sinceridad, solo cariño, solo él. Y por primera vez en mucho tiempo, la vergüenza empezó a irse, dejando paso a una pequeña chispa de esperanza.

Pero en ese instante, al levantar la vista hacia la verja del colegio, vio la silueta alta y oscura de Héctor entre los árboles, mirándolo fijamente. Y movió la cabeza muy despacio, como si le dijera: *no te confíes, que yo sigo aquí*.

Izack apretó más fuerte la mano de Axel, y supo que aunque ya no estaba solo, las sombras no iban a dejar de perseguirlo tan fácilmente.

**FIN DEL CAPÍTULO 7**

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