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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Código: Zar.

Código: Zar.

El reloj digital de la sala marcaba las 23:47 cuando los doce teléfonos vibraron al unísono sobre la mesa de roble, como un enjambre mecánico que anunciaba el veredicto. Cada jefe tomó su dispositivo con la parsimonia de quien ha bailado con la muerte cientos de veces, y en sus pantallas apareció una ruta codificada con puntos de control, tiempos exactos y señales de giro que solo ellos podían descifrar. Nikolai, el jefe del distrito norte, guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se levantó sin una palabra, seguido por sus dos lugartenientes, que ya ajustaban los chalecos antibalas bajo las chaquetas de cuero. Serguéi, el hombre de la zona este, desplegó un mapa físico sobre la mesa y trazó con el dedo la ruta que su celular le había dictado, mientras sus hombres, apostados en la calle, encendían los motores de tres todoterrenos blindados.

En el exterior, el asfalto mojado reflejaba las luces de los faros cuando las camionetas comenzaron a formar una caravana silenciosa, cada una separada por exactos doscientos metros para no levantar sospechas. Alexander y Dimitri salieron los últimos, pero no sin antes intercambiar una mirada que valía más que mil órdenes. Él tomó el volante de un sedán negro sin distintivos, mientras en su mente aparece Valentina, aún con la bata y los tacones, cuabdo se quedó en el umbral de su apartamento, despejo ese pensamiento mientrase alejaban de la fábrica.

Los motores rugieron y los vehículos se dispersaron como serpientes por las arterias de Moscú, tomando desvíos, túneles y carreteras secundarias que los teléfonos marcaban en tiempo real. A las 00:03 exactas, los doce convoyes convergieron en un punto muerto de la autopista de Smolensk, donde la niebla densa se pegaba al suelo como un sudario, y los faros apagados dejaban ver apenas las siluetas de los camiones de Ivan, estacionados en formación de cuña junto a un almacén abandonado que olía a óxido y muerte.

El silencio se rompió cuando el primer disparo rasgó la noche, una detonación seca que incendió el tanque de combustible de una camioneta enemiga y convirtió el almacén en un infierno de llamas y chispas. Los hombres de Ivan, sorprendidos pero entrenados, respondieron desde las ventanas y detrás de los contenedores, pero la Bratva había desplegado un cerco perfecto: tres francotiradores desde el este, dos equipos de asalto desde el oeste y un flanco de ametralladoras que barría el perímetro sin piedad. Alexander se movía entre las sombras con la agilidad de un felino, disparando con precisión quirúrgica mientras Dimitri, desde la retaguardia, dirigía el ataque con gestos firmes y silbidos codificados.

La batalla duró quince minutos de infierno: los cascos de los camiones reventaron, los cristales volaron en esquirlas y los cuerpos caían como muñecos rotos bajo el fuego cruzado. Los jefes de la Bratva, armados con fusiles de asalto y pistolas de alto calibre, redujeron a los hombres de Ivan uno a uno, algunos muriendo al instante con un tiro en la frente, otros arrastrándose entre los escombros hasta recibir el disparo de gracia. Cuando el humo comenzó a disiparse, Alexander contó siete prisioneros arrodillados con las manos en la nuca, mientras el resto de los veintidós escoltas yacían en un reguero de sangre y metal retorcido. Dimitri caminó entre los cadáveres con la parsimonia de un general inspeccionando el campo de batalla, y al llegar al último cuerpo, le dio la vuelta con la punta de su bota para confirmar que no era Ivan. "Carguen la mercancía en nuestros camiones", ordenó con voz de trueno, "y dejen a estos siete vivos para que cuenten la historia, pero despojen sus teléfonos y sus placas. Que el bastardo sepa que su imperio se quiebra esta noche".

Los hombres obedecieron con rapidez, asegurando las cajas de armas y los paquetes de cocaína en los vehículos, mientras otros rociaban gasolina alrededor de los cadáveres para borrar cualquier rastro forense. Antes de partir, Alexander prendió un fósforo y lo arrojó sobre el charco de combustible, y el almacén se convirtió en una pira funeraria que iluminó el cielo de Smolensk, un faro de advertencia para cualquier traidor que osara cruzar a los Volkov.

A las 02:18, los teléfonos de los doce jefes vibraron nuevamente en sus bolsillos, y cada pantalla mostró una ruta de regreso con instrucciones crípticas y códigos de color: verde para el convoy de la droga, azul para el de las armas, y rojo para los cuatro grupos de distracción. Los camiones con la cocaína tomaron la carretera costera hacia un almacén subterráneo en el puerto de Moscú, custodiado por hombres de confianza que los esperaban con puertas blindadas y cámaras de seguridad; mientras, el convoy de las armas se desvió hacia los suburbios del norte, donde un garaje industrial con doble fondo los recibiría para ser desmanteladas y redistribuidas entre los arsenales de la Bratva.

Pero los cuatro grupos de distracción, liderados por los jefes más audaces, se dispersaron como polvo en el viento: uno tomó la autopista hacia San Petersburgo con luces falsas para simular una fuga masiva, otro se adentró en los callejones de la ciudad vieja con camionetas vacías pero con motores rugientes, un tercer grupo se estacionó en la plaza Roja con el motor encendido para confundir a los ojos de cualquier topo, y el cuarto circuló en círculos alrededor del aeropuerto de Sheremétievo, como un señuelo viviente. Alexander, que seguía a Dimitri en el sedán de retaguardia, monitoreaba los movimientos en una tableta encriptada y observaba cómo los puntos verdes, azules y rojos se movían en perfecta sincronía, un baile de engaños diseñado para que Ivan, si acaso había sobrevivido o tenía espías en las cámaras de Moscú, no supiera jamás dónde había ido a parar su preciada mercancía.

Dimitri se recostó en el asiento y cerró los ojos por un instante, con una sonrisa casi imperceptible, mientras Alexander susurraba: "El bastardo morderá el polvo antes de que amanezca, Pakhan". Y en la negrura de la noche, los convoyes se desvanecieron como fantasmas, dejando atrás solo el olor a pólvora y el eco de una advertencia escrita con fuego y plomo.

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