Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 5: Reclamada por la Sangre
El lodo helado se tragaba sus pies descalzos mientras Astra retrocedía, con la espalda golpeando la corteza rugosa y podrida de un árbol ancestral. La lluvia torrencial la cegaba, pero no necesitaba ver con claridad para saber que estaba acorralada.
Frente a ella, tres siluetas descomunales recortaban la penumbra del Bosque de las Cenizas. Eran Lobos de la Sombra; monstruosidades corrompidas de pelaje negro como el carbón mojado y ojos amarillos que brillaban con un hambre desbocada. El vaho pestilente y caliente de sus fauces abiertas se mezclaba con la neblina del bosque.
Astra intentó canalizar su energía para defenderse, pero fue en vano. Sus garras estaban astilladas y rotas tras haber sido arrastrada sin piedad por los guardias de Logan. Lo peor de todo era el silencio en su propia mente: su loba interna yacía dormida, aplastada y herida de muerte por el brutal ritual de ruptura del Alpha. No tenía fuerzas. No tenía magia. Era una simple humana indefensa en medio del territorio más peligroso del continente.
El lobo que lideraba la manada soltó un gruñido gutural que hizo vibrar el fango. Flexionó sus poderosas patas traseras y, con un impulso violento, saltó directamente hacia el cuello de Astra, listo para arrancarle la vida de un solo bocado.
Astra cerró los ojos, esperando el impacto final del destino que Logan había elegido para ella.
El golpe mortal nunca llegó.
Antes de que los colmillos de la bestia rozaran su piel, una ráfaga de viento negro y asfixiante cruzó el aire con el estruendo de un trueno. La sombra era tan densa que parecía sólida. En un pestañeo, la criatura que saltaba hacia Astra fue literalmente despedazada en el aire. Una lluvia de sangre caliente y oscura salpicó el rostro de Astra mientras el cuerpo del monstruo caía inerte a sus pies, reducido a jirones.
De la neblina negra emergió un titán.
Valerius.
Los otros dos Lobos de la Sombra erizaron el lomo, soltando un gemido de puro terror biológico, pero el Rey Hereje no les dio tiempo de huir. Con una velocidad que desafiaba las leyes de la física, Valerius se desplazó como un relámpago. Su mano pálida, provista de garras afiladas como navajas de obsidiana, se enterró en el cuello del segundo lobo. Con una brutalidad implacable pero extrañamente elegante, le arrancó la cabeza de cuajo con un solo movimiento de sus manos desnudas.
El último monstruo intentó saltar hacia su espalda, pero Valerius se giró con la gracia de un depredador perfecto. Esquivó las fauces de la bestia por milímetros, la tomó del lomo y la estrelló contra el suelo con tanta fuerza que el cráneo de la criatura se fracturó al instante.
En menos de cinco segundos, el peligro había desaparecido. El suelo del Bosque de las Cenizas se había convertido en un foso de sangre y lodo.
Astra, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, se deslizó por el tronco del árbol hasta quedar sentada en el suelo húmedo. Tenía los ojos desorbitados por el miedo. El hombre que acababa de masacrar a las bestias se giró lentamente hacia ella.
Era colosal. Su pecho cubierto de cicatrices subía y bajaba con fuerza, y sus ojos carmesí brillaban con un destello carnívoro que congelaba la sangre. Astra encogió las piernas contra su pecho, temblando incontrolablemente. Estaba segura de que este nuevo monstruo, este demonio de las leyendas, se había deshecho de la competencia solo para devorarla ella misma.
Sin embargo, el titán se detuvo en seco a dos pasos de ella.
Al clavar la mirada en la figura herida y empapada de Astra, la furia asesina que emanaba de Valerius colapsó. El rojo salvaje de sus ojos comenzó a disolverse, transformándose instantáneamente en un dorado profundo, hipnótico y abrasador. La marca del eclipse en su pecho latió con tanta fuerza que fue visible a través de la penumbra.
Ante la mirada atónita de Astra, el temido Rey Hereje, el monstruo que hacía temblar a reinos enteros, cayó de rodillas en el fango justo frente a ella. No había orgullo en su postura, solo una reverencia casi sagrada, una sumisión absoluta ante la mujer que el universo le había entregado.
Valerius estendió sus largos brazos y, con una delicadeza infinita, como si temiera romper una pieza de cristal precioso, la envolvió contra su cuerpo. Sus brazos estaban increíblemente calientes, un contraste abrasador contra el frío de la tormenta y el vacío helado que Logan había dejado en el pecho de Astra.
En el instante exacto en que la piel pálida de Valerius rozó los brazos descubiertos de Astra, el mundo pareció detenerse.
Una descarga eléctrica de energía oscura y dorada estalló entre ambos. La onda expansiva espiritual fue tan potente que un arco de fuerza invisible se expandió en un círculo perfecto, disipando la lluvia torrencial y evaporando la niebla a cinco metros a su alrededor en un parpadeo. Astra ahogó un grito cuando sintió que el vacío en su pecho se llenaba de golpe con un fuego reconfortante y posesivo. Su alma, que creía rota, comenzó a sanar bajo el calor de ese nuevo e incomprensible vínculo.
Astra alzó la vista con debilidad, perdiéndose en las facciones perfectas y talladas en piedra de Valerius. El agotamiento físico y el shock místico finalmente le pasaron factura; sus párpados comenzaron a pesarle y el mundo alrededor comenzó a teñirse de negro.
Justo antes de perder el conocimiento y dejarse caer por completo en los brazos del híbrido, Astra escuchó una voz profunda, posesiva y aterradoramente dulce que resonó directamente en su mente:
—Te encontré, mi Luna. Nadie volverá a lastimarte.