Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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¡Nunca más!
—¡Nunca más... nunca más vuelvas a intentar ponerle solo un dedo encima a mi hijo! —grito, con la voz rota por la rabia, mientras mi cuerpo tiembla de ira.
—Ja! Si su patética madre no lo puede educar, claro que lo golpearé hasta que aprenda modales y a respetar a la gente que está por encima de él —responde Roxana, con desprecio — Director, exijo que expulse de inmediato a ese bastardo. Ya no quiero que esté en la misma escuela que mi Rodo.
—Señora, por todos los cielos, usted acaba de cometer un delito muy grave. Acaba de agredir a un menor y a una madre en las instalaciones del colegio —dice el director, horrorizado, mientras toma su teléfono como si pensara llamar a la policía.
—¡Estoy defendiendo a mi hijo! Eso no es un delito. Permitir que un bastardo entre a esta escuela sí lo es. Pensé que había estándares en este instituto, no que dejaran entrar a cualquiera —insiste, con la misma arrogancia de siempre.
—¿Cómo llamaste a mi hijo? —pregunto, sintiendo cómo la sangre hierve en mis venas, cómo mi mandíbula se apretó tanto que me duele.
—Como lo que es, un bastardo. ¿Qué más esperas de una mujer que se deja abandonar por su marido?
—¿Qué te hace pensar que mi hijo es eso...? —digo, acercándome a ella lentamente, mientras Nahuel intenta sujetarme por el brazo.
—Solo basta con ver como está vestido. De seguro ha sido él quien le robó las cosas a Rodo. Ya me contó que le faltaron algunas cosas en su mochila —dice, inventando a la ligera.
Corro de un jalón el brazo de Nahuel para quedar cara a cara con esa maldita y desagradable mujer. No dije nada, solo cerré mi puño con fuerza y le rompí la nariz de un solo puñetazo preciso, que hace eco en la habitación. El golpe es satisfactorio, justo por todos los insultos que le ha dicho a mi hijo. Aunque me gustaría bajarle todos los dientes para que jamás vuelva a mencionar el nombre de mi hijo con su sucia boca.
—Nunca más pongas el nombre de mi hijo en tu asquerosa boca o te la romperé cada vez que lo intentes —digo, con la voz fría como el hielo, mientras la veo agarrarse la nariz con las manos, con sangre manchando sus dedos y su blusa.
Sus gritos se escuchan por todo el pasillo, desgarradores y estridentes. Nahuel vuelve a separarme de ella con fuerza, mientras Octavio y el director corren a ayudarla a parar el sangrado, sangre que mana por su boca y su nariz rota, cayendo sobre el suelo de la oficina.
—Nahuel, vámonos de aquí porque te juro que si me quedo un minuto más le romperé los dientes a la maldita —digo, luchando contra su agarre, con las manos aún temblando de ira.
—Sí... sí... vámonos, Briella. Ya basta por hoy —responde Nahuel, tirándome suavemente hacia la puerta mientras el director llama desesperadamente a la policía.
Al abrirla, ya se encontraba la policía del otro lado, con las manos en la cintura, observando la escena con seriedad. Claro, Roxana ya había gritado su versión de los hechos, haciéndose la inocente víctima, mientras yo me mantenía en calma observando todo desde la puerta. Fue Rafael quien los había llamado cuando salió con Leo, y me mandó un mensaje diciendo que había comenzado a grabar desde que entramos en la dirección. También teníamos a disposición las cámaras de seguridad del colegio, así que la dejaría saborear su falsa victoria hasta el momento de destruirla por completo.
Ella me miraba altanera desde el sofá cuando fue mi turno de explicar la situación, a lo cual dije todo con suma tranquilidad, entregándoles los papeles médicos de Leo y la grabación de audio que Rafa había hecho. Exigí que vieran los vídeos de las cámaras, donde se veía claramente cómo ella agarró a Leo y me dio la cachetada primero. Así terminamos todos en la estación de policía, lo que pasó era demasiado grave y estaba satisfecha de acabar aquí, porque no pararía hasta verla pagar por sus actos crueles.
Su estúpida sonrisa se borró por completo al verse acorralada cuando el oficial le mostró la grabación y los vídeos que nos daban la razón a mí y a Leo. Pero ya era demasiado tarde. Se levantaron cargos por agresión hacia un menor de edad, por difamación y por ataque físico contra mí. Esa noche la tendría que pasar en la celda para luego ir al juzgado a arreglar un acuerdo, y nadie podría impedirlo, ni siquiera su esposo, que la amaba tanto, la libraría de las rejas esta vez.
Al salir de la estación, Octavio estaba esperándome en la entrada, apoyado en su auto con la cabeza baja. Pasé junto a él sin siquiera darle una mirada, con las manos en los bolsillos.
—Briella... —llama, con la voz baja y cansada.
—Guarda tus patéticas escusas para el tribunal —respondo, sin voltearme, caminando hacia donde esperaba Rafa con el auto.
—No, Briella, necesitamos hablar. Es importante. _ insiste con firmeza intentando alcanzar mi mano.
—Te lo vuelvo a repetir, guarda tus palabras para el tribunal. No tengo nada que decirte después de lo que acabo de ver —replico, y me acerco al auto de Rafa, quien me abre la puerta con una mirada de preocupación.
Rafael me ayuda a subir y nos vamos a casa en silencio. Mi pequeño estaba agotado física y mentalmente por todo lo ocurrido, y me dolía tanto en el alma que tuviera que vivir esta experiencia tan desagradable. Lo veo dormido en el asiento trasero, con la cara pálida y sus manos cruzadas sobre su pecho, y mi corazón se rompe un poco más.
—Creo que lo mejor será marcharnos, Rafa —digo, con la voz apretada por las lágrimas que no puedo contener más.
—Nena, es la primera vez en años que estás bien en un trabajo digno... Tienes futuro aquí —intenta convencerme, mirándome por el espejo retrovisor.
—No me importa si eso le cuesta la tranquilidad a mi hijo. Ya viste lo que fue capaz de hacer esa mujer, no lo pondré en peligro solo por algo de dinero. Leo es lo único que importa — respondo mirando a mi hijo dormido.
—Tienes razón —acepta Rafa, con un suspiro— Pero ¿qué le pasaba a ese idiota? Fue incapaz de decir una sola palabra mientras todo pasaba. ¡Qué patético pelele! No te defendió ni a ti, ni a tu hijo, ni siquiera intentó calmar a su mujer.
—El amor te vuelve idiota y ciego, parece —digo, mirando por la ventana mientras pasan las calles oscuras de la ciudad— Pero les haré pagar toda esta vez, porque se metieron con lo que más amo en la vida... y nadie va a lastimar a mi hijo y quedarse impune.
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En otra parte, Octavio llegaba a su casa junto a Rodo, que no paraba de llorar y se agarraba a su mano con fuerza.
—Es increíble que seas esa clase de persona — lo regañe con firmeza, cerrando la puerta de entrada con fuerza— ¿Cómo se te ocurre volverte un acosador? ¿Cómo puedes golpear a otro niño por algo tan tonto como no entrar a un grupo escolar?
—¡Todo es mentira, papá! Yo no le hice nada, es culpa de ese niño salvaje. Él me provocó primero —grita Rodo, secándose las lágrimas con la manga de su uniforme.
—¡Ya basta, Rodo! —grité perdiendo la compostura, cansado de sus mentiras, golpeando la mesa del comedor con el puño— ¿Crees que te voy a creer después de ver estas notas, después de ver el informe médico y la declaración del profesor y los alumnos que te han visto agredirlo? ¿Te consideras superior para andar intimidando sin consecuencias? Deberías de usar ese tiempo y energía para estudiar, no para esta clase de comportamiento. Yo no te crié así.
—Mamá... —murmura Rodo, con lágrimas nuevas en los ojos, bajando la cabeza.
—¿Qué dices? ¿Dónde está tu madre? Aún está en la estación —digo confundido.
—Fue mamá quien me dijo que todos me deben de respetar porque soy mejor que ellos... y si no lo querían hacer por las buenas, les enseñara por las malas —confiesa, con la voz temblorosa— Me dijo que ese niño era un bastardo y que no valía nada, que podía hacerle lo que quisiera que nadie haría nada.
Me quede helado en seco, con la boca entreabierta. No puedo creer lo que acabo de escuchar.
—Ya viste adónde acabó tu madre por esas absurdas ideas — le respondo por fin, con voz triste y cansada, sentándome en el sofá— Si continúas así, también terminarás como ella. En la cárcel, solo y con nadie que te defienda. Porque no eres mejor que nadie, ninguno de nosotros lo somos solo por tener algo de dinero.
—Pero tienes dinero, puedes solucionar todo con dinero —grita Rodo, con los ojos llenos de ira— ¡Siempre lo haces! Quiero que ese niño desaparezca y que jamás vuelva.
No lo podía creer, el niño que críe está diciendo todo esto sin culpa en sus ojos, sin vergüenza en sus palabras, sin consideración en su corazón. Pero parece que se le olvida algo clave.
—Es mi dinero y yo no tengo por qué usarlo para limpiar tu desastre —respondo con firmeza, mirándolo a los ojos— Ya te lo advertí antes, Rodo, esfuérzate en la escuela, comportate bien y sé un niño bueno. Porque de otra forma nunca serás nadie en la vida... y verás como te quedas solo por tu forma de ser. Nadie quiere estar con alguien que solo sabe hacer daño a los demás.
—Tú no me quieres más por eso dices estas cosas... ¡te odio! —grita Rodo mientras lo veo correr por las escaleras a toda velocidad, cerrando con fuerza la puerta de su cuarto con un estruendo que hace temblar las paredes.
Me dejó caer en el sofá, con la cabeza entre las manos, y no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que hice mal. Siempre me esforce en que Rodo fuera un niño bueno, en enseñarle valores y respeto por los demás, pero lo que hizo hoy me demuestra que eso tal vez nunca ocurrirá. Maldita sea, Roxana... ¿en qué estás convirtiendo a tu propio hijo? ¿En quién me estás convirtiendo a mí?