Él fue su primer amor. Ella fue quien arruinó su sueño. Años después, se reencuentran en la universidad y la guerra entre ellos está lejos de haber terminado. Lo que ninguno esperaba era que detrás del odio siguieran existiendo sentimientos imposibles de olvidar.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Pequeñas victorias
Bella no era una persona que necesitara grandes cosas para ser feliz.
No necesitaba fiestas.
Ni regalos costosos.
Ni que el mundo entero la alabara.
A veces las pequeñas victorias eran suficientes.
Y aquella mañana acababa de conseguir una.
Un diez.
Un hermoso y perfecto diez.
Bella salió del aula sosteniendo el examen como si fuera un tesoro nacional.
—¿Estás sonriendo? —preguntó Nora.
—No.
—Estás sonriendo.
—Tal vez.
—Dios mío, está sonriendo.
Bella le mostró la hoja.
Nora abrió los ojos.
—¿Un diez?
—Un diez.
—¿Uno real?
—Sí.
—¿No sobornaste al profesor?
—¡Nora!
—Era una posibilidad.
Bella intentó mantener una expresión seria.
No lo logró.
Terminó riéndose.
Porque estaba feliz.
Ridículamente feliz.
Horas después estacionó su auto cerca de una cafetería que quedaba camino a la universidad.
Su lugar favorito desde que era niña.
Cada vez que algo bueno ocurría iba allí.
Era una tradición.
Una pequeña recompensa.
Una que jamás había abandonado.
Apagó el motor y tomó su mochila.
El examen seguía guardado dentro.
Y eso la hizo sonreír otra vez.
—Un diez…
Era una tontería.
Había obtenido buenas notas antes.
Pero aquella era su primera calificación perfecta en la universidad.
Su primer logro en aquella nueva etapa de su vida.
Y estaba orgullosa.
Muy orgullosa.
Salió del auto prácticamente saltando.
Pensando únicamente en lo que la esperaba.
Un café de vainilla.
Y una dona glaseada.
Su combinación favorita desde que tenía ocho años.
Claramente que de pequeña era una malteada de vainilla antes que un cafe hasta los catorce
Su madre siempre decía que era una mezcla demasiado dulce.
Bella nunca había estado de acuerdo.
La campanilla de la puerta sonó cuando entró.
El aroma a café recién hecho la envolvió inmediatamente.
Y por un instante todo pareció perfecto.
La música suave.
El olor a pan recién horneado.
La sensación de haber tenido un buen día.
—Hoy es un buen día —se dijo.
Y fue entonces cuando escuchó una voz.
—Nunca pensé verte tan feliz.
Bella se congeló.
No.
No.
No.
Giró lentamente.
Y allí estaba.
Scott Carter.
Sentado junto a una ventana.
Con un café en una mano.
Y una expresión divertida en el rostro.
Como si hubiera descubierto algo fascinante.
Bella sintió que el destino tenía una obsesión enfermiza con arruinarle los momentos felices.
—¿Me estás siguiendo?
—No eres tan interesante.
—Gracias.
—De nada.
Bella rodó los ojos.
Por supuesto.
Por supuesto que tenía que aparecer.
Justo hoy.
Justo allí.
Justo cuando ella estaba de buen humor.
Se dirigió al mostrador ignorándolo.
Pidió su café.
Pidió su dona.
Y decidió que actuaría como una adulta madura.
Lo ignoraría.
Tomaría su merienda.
Y se iría.
Fin del problema.
Un plan excelente.
Un plan que duró exactamente treinta segundos.
—¿Todavía comes eso?
Bella apretó la mandíbula.
Scott estaba detrás de ella.
—¿Qué te importa?
—Nada.
—Entonces deja de hablarme.
—Solo me sorprendió.
—¿Qué cosa?
Scott señaló la dona.
—Sigues pidiendo exactamente lo mismo.
Bella parpadeó.
Porque aquello la tomó desprevenida.
—¿Lo recuerdas?
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Y durante un segundo ambos parecieron sorprendidos.
Scott fue el primero en apartar la mirada.
—Lo olvidé.
Mentiroso.
Lo había recordado.
Ella lo sabía.
Y él también sabía que ella lo sabía.
El silencio se volvió extraño.
Demasiado extraño.
Demasiado parecido a algo que ninguno quería recordar.
La empleada les entregó el pedido.
Bella tomó su bandeja rápidamente.
—Adiós, Carter.
—Felicidades.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Scott señaló la carpeta que sobresalía de su mochila.
El examen.
Su examen.
—Vi la nota.
Bella bajó la vista.
Y por primera vez no encontró burla en sus ojos.
Solo sinceridad.
—Gracias.
Scott asintió.
—Siempre fuiste inteligente.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
Y eso la enfureció.
Porque aquellas palabras habían significado mucho para la Bella de quince años.
Y una parte de ella todavía recordaba cómo se sentía escucharlas de él.
Así que tomó aire.
Se dio la vuelta.
Y caminó hacia una mesa alejada.
Sin responder.
Sin mirar atrás.
Pero mientras mordía su dona favorita, no pudo evitar pensar en algo.
Scott recordaba qué café le gustaba.
Qué dona pedía.
Y probablemente muchas otras cosas.
Lo que significaba que, a pesar de los años…
Ella no era la única que no había olvidado.