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Indomable

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Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / CEO / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.

NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Universidad.

El campus de la Escuela de Derecho de UCLA, en Westwood, se levantaba como un monumento de ladrillo rojo y ventanales oscuros que reflejaban el cielo implacable de Los Ángeles. A sus veintiún años, Isabella Vance cruzó el patio central sintiendo el peso de las miradas sobre ella. No era una sensación nueva, pero en la facultad de derecho, el escrutinio tenía un filo diferente: era una mezcla de deseo masculino y desprecio intelectual.

Llevaba un traje sastre de dos piezas en tono marfil, perfectamente entallado, y unos tacones que sumaban una altura imponente a su andar seguro. Su cabello oscuro caía en ondas impecables sobre sus hombros. Como buena Libra, Isabella entendía el poder de la estética y la simetría; sabía que en un mundo dominado por hombres, la apariencia era la primera línea de ataque o de defensa. Para sus compañeros, sin embargo, su belleza era una provocación, una señal de que se había equivocado de edificio y que su lugar estaba en las colinas de Hollywood o en las páginas de una revista de modas, no en las aulas donde se trituraba el destino legal del estado.

Al entrar al Aula Magna para la primera sesión de Derecho Civil de Bienes y Contratos, el aire acondicionado la recibió con una ráfaga helada. El salón, dispuesto en un semicírculo ascendente, ya estaba casi lleno. En los niveles superiores, los estudiantes murmuraban, acomodando sus computadoras portátiles y carpetas de cuero.

Isabella avanzó con paso firme hacia la tercera fila. Al pasar junto a un grupo de estudiantes de segundo año, escuchó una risa ahogada.

—Vaya, parece que la pasarela de la semana de la moda se desvió hacia Westwood —susurró Brad Garrison, un joven de mandíbula cuadrada y cabello rubio engominado hacia atrás, cuya familia era dueña de uno de los bufetes de litigio más antiguos de la ciudad.

Los dos chicos a su lado sonrieron, escaneando a Isabella con una arrogancia no muy distinta a la que ella había soportado en las cenas de su padre en Pasadena. Isabella no volteó. Registró el apellido grabado en la mochila de cuero de Brad: Garrison. Un dato para el archivo. Se sentó, abrió su libreta y colocó su bolígrafo con una calma que contrastaba con el murmullo del aula.

El silencio cayó como un mazo cuando las puertas traseras se abrieron y el Profesor Harrison entró al salón. Harrison era una eminencia viviente; un hombre de sesenta y tantos años, de traje gris marengo arrugado, con cejas pobladas y una mirada gris que parecía haber visto demasiados fraudes corporativos como para creer en la humanidad. Era famoso por su desprecio hacia los alumnos débiles y por su apego a una metodología casi militar.

Harrison dejó su maletín sobre el estrado, se ajustó los lentes de montura negra y paseó la vista por el anfiteatro. El silencio se volvió denso, casi respirable.

—Bienvenidos a Derecho Civil Avanzado —comenzó Harrison, su voz resonando con un barítono áspero que no necesitaba micrófono—. El cincuenta por ciento de ustedes no terminará este semestre. Y el ochenta por ciento de los que queden jamás pisará un tribunal de la Corte Suprema de California. En este salón no venimos a debatir sobre moral o justicia; venimos a estudiar las reglas del juego que mueven los millones de dólares de este país. Si buscan compasión, la escuela de trabajo social está cruzando la calle.

Un par de alumnos tragaron saliva audiblemente. Harrison comenzó a caminar entre las filas, con las manos entrelazadas a la espalda, aplicando el temido método socrático sin previo aviso.

—Señor Garrison —llamó Harrison de repente, deteniéndose justo detrás del chico rubio. Brad se tensó, enderezando la espalda—. Defíname el concepto de estoppel promisorio en el caso Hughes contra Metropolitana de 1877 y cómo afecta a las corporaciones de responsabilidad limitada hoy en día.

Brad aclaró la garganta, intentando proyectar la seguridad que le infundía el apellido de su padre.

—Bueno, profesor... el caso Hughes establece que una parte no puede retractarse de una promesa si la otra parte ha actuado en función de ella... especialmente en contratos de arrendamiento comercial de larga duración...

—Una respuesta de enciclopedia de bachillerato, Garrison —lo interrumpió Harrison, con una frialdad cortante—. Una pérdida de tiempo para esta corte simulada. Si presenta eso ante un juez de distrito, lo echarán a patadas antes de que pueda pedir su fianza.

Brad se puso rojo, hundiéndose un poco en su asiento mientras sus amigos evitaban mirarlo. Harrison continuó su caminata, descendiendo los escalones del anfiteatro hasta detenerse justo frente a la mesa de Isabella.

El profesor la miró de arriba abajo. Se detuvo en el traje marfil, en el bolígrafo perfectamente alineado y en la tersura de sus manos, que no mostraban el desgaste de las noches de estudio que él consideraba obligatorias. Para Harrison, Isabella representaba todo lo que detestaba de la nueva generación de Los Ángeles: el privilegio superficial, la estética por encima de la sustancia.

—Veo que tenemos visitas del departamento de relaciones públicas —dijo Harrison, alzando la voz para que todo el salón escuchara. Una ola de risitas nerviosas recorrió las filas superiores—. Dígame su nombre, señorita.

1
Rolando Morales
/Casual/ Muy realista para la sociedad que vivíamos
Gus Molina
Buena historia
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