¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Proyecto De Futuro
Liberada del último secreto que me unía al pasado, sentí que mi relación con Gonzalo despegaba hacia una etapa de plenitud absoluta. Los meses siguientes fueron un torbellino de proyectos, risas y una convivencia que se sentía cada vez más natural. Ya no hablábamos solo del presente; el futuro había comenzado a colarse en nuestras conversaciones de manera constante.
Una tarde de sábado, decidimos ir a visitar el nuevo local de Gonzalo. Su negocio de electrónica estaba prosperando tanto que necesitaba reorganizar el espacio para dar cabida a un área de exhibición de equipos de audio antiguos restaurados, un proyecto que lo tenía sumamente entusiasmado.
—Quiero que esta zona tenga una iluminación cálida, algo que haga que la gente se sienta como en casa cuando venga a escuchar un vinilo —decía Gonzalo, gesticulando con las manos mientras recorríamos el local vacío—. Y he pensado que tal vez tú podrías ayudarme con la decoración. Tienes un ojo increíble para la estética.
—Me encantaría, mi amor —respondí, abrazándolo por la espalda y apoyando mi barbilla en su hombro—. Podemos poner unas plantas cerca de la ventana y unos sillones de cuero retro. Quedaría perfecto.
—Sabía que eras la socia ideal —sonrió él, girándose entre mis brazos para darme un beso en la frente—. En todos los sentidos de la palabra.
Nos sentamos en el suelo del local vacío, apoyados contra una de las paredes de ladrillo visto. El olor a pintura fresca y madera limpia llenaba el aire, dándole al espacio una atmósfera de nuevos comienzos.
—¿Sabes qué estaba pensando? —comentó Gonzalo, jugando con un anillo de plata que yo llevaba en el dedo—. Mi contrato de alquiler del apartamento vence en tres meses. Y el tuyo también está por terminar.
El corazón me dio un vuelco de emoción. Sabía exactamente hacia dónde iba esta conversación, pero dejé que él lo dijera con sus propias palabras.
—¿Ah, sí? ¿Y qué propone el señor de los circuitos? —pregunté con un tono divertido.
—Propongo que unamos nuestras frecuencias de manera definitiva —respondió él, mirándome con una seriedad cargada de amor—. Busquemos un lugar juntos, Yadira. Un apartamento más grande, donde tú tengas espacio para tus sesiones de fotos y tu ropa de modelo, y yo un pequeño rincón para mis herramientas. No quiero seguir despidiéndome de ti cada noche en la acera. Quiero despertar contigo todos los días.
La timidez que alguna vez me habría hecho dudar o sobrepensar la decisión no apareció por ningún lado. Mirar a Gonzalo era ver mi hogar. No necesitaba analizar pros y contras; estar con él era la decisión más fácil y correcta que había tomado en mis treinta años de vida.
—Sí —respondí de inmediato, sintiendo que una sonrisa enorme se dibujaba en mi rostro—. Busquemos ese lugar. Hagamos nuestro propio refugio.
Gonzalo me tomó en sus brazos, dándome vueltas en el aire del local vacío mientras nuestras risas resonaban en las paredes desnudas. En ese momento, entendí que el futuro ya no me causaba miedo. Con Gonzalo a mi lado, cada paso hacia lo desconocido se sentía como una aventura que estaba ansiosa por vivir.
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