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Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.

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Capítulo 10: La trampa de Victoria

Capítulo 10: La trampa de Victoria

La neblina londinense se aferraba a los muros de la prestigiosa universidad de Mei, envolviendo los edificios neogóticos en un manto gris y húmedo. Para Mei, la vida académica se había convertido en su único refugio tras la caótica y emocionalmente devastadora noche en la biblioteca de Adrian. La distancia entre ellos se había vuelto tan gélida y formal que el aire en la mansión Vance se sentía casi irrespirable. Adrian la evitaba con una disciplina militar, y ella, fiel a su orgullo y a su filosofía del agua, no pensaba dar un solo paso para derribar un muro que él mismo había decidido reconstruir.

Mei volcó toda su energía en lo que mejor sabía hacer: su intelecto. Llevaba semanas trabajando en un ambicioso proyecto de traducción y análisis comparativo de manuscritos comerciales del siglo XIX entre el dialecto cantonés mercantil y el inglés de la era victoriana. Era un trabajo sumamente complejo, coordinado por el Departamento de Estudios de Asia y Medio Oriente, que no solo definiría su calificación final del semestre, sino que además la perfilaba como la candidata indiscutible para una prestigiosa beca de investigación financiada por el British Council.

Su tableta de trabajo y su ordenador portátil albergaban meses de digitalizaciones exclusivas, notas marginales manuscritas y un glosario de términos comerciales que nadie más en Europa poseía. Era su obra maestra académica.

Lo que Mei no sabía era que, mientras ella se refugiaba en los textos antiguos, una serpiente acechaba en las sombras, lista para inyectar su veneno más letal.

En un elegante reservado de un restaurante de carnes en el distrito financiero, Victoria Sterling examinaba la pantalla de su teléfono con una sonrisa fría e implacable. Frente a ella, un joven de aspecto nervioso y gafas de montura gruesa jugaba con su servilleta de lino. Se trataba de un asistente de investigación del mismo departamento de Mei, un estudiante de posgrado con una enorme deuda estudiantil y una alarmante falta de ética.

—¿Está todo en su lugar? —preguntó Victoria, su voz destilando la gélida autoridad de quien está acostumbrado a comprar voluntades.

—Sí, señorita Sterling —respondió el joven con voz temblorosa, mirando de reojo hacia la puerta—. He cargado el archivo completo con las notas de traducción originales de la señorita Zhang en el servidor del decanato de ética académica. Pero lo registré bajo una fecha modificada de hace tres meses, a nombre del profesor asociado Lawrence, quien casualmente está de año sabático en Japón y no revisa sus correos institucionales. Para el sistema algorítmico de la universidad, el documento de Mei Zhang aparecerá como un plagio exacto, una copia casi literal de un trabajo previamente registrado por un docente superior.

Victoria sonrió, complacida. El plan era de una sencillez maquiavélica. No solo destruiría la reputación académica de Mei, sino que la expondría ante Adrian como una impostora, una tramposa que utilizaba el trabajo de otros para brillar. Sabiendo lo mucho que Adrian valoraba la integridad y el honor, esto sería el golpe de gracia para cualquier rastro de afecto que él pudiera sentir por la joven china.

—Excelente —dijo Victoria, deslizando un sobre grueso de papel kraft por debajo de la mesa—. Aquí tienes la primera mitad de lo acordado. El resto se transferirá a tu cuenta en cuanto el comité de ética cite a la señorita Zhang para su expulsión. Y recuerda: si una sola palabra de esto sale de tu boca, me aseguraré de que no encuentres trabajo ni como archivador de biblioteca en este continente.

El joven asintió repetidamente, tomó el sobre con manos temblorosas y se retiró del reservado a toda prisa.

Victoria se reclinó en su asiento de cuero, dando un sorbo a su copa de vino tinto. Sus ojos azules brillaron con una luz de triunfo anticipado.

—Veamos cómo te defiendes de esto, dulce guerrera —susurró para sí misma—. En mi mundo, la reputación lo es todo. Y la tuya está a punto de convertirse en cenizas.

A la mañana siguiente, la tormenta estalló con una violencia silenciosa.

Mei se encontraba en la biblioteca del campus, rodeada de libros de referencia y con su taza de té de jazmín a medio terminar, cuando su teléfono celular vibró. Era un correo oficial de la Oficina de Asuntos Académicos y Ética de la universidad. El asunto era conciso pero devastador: Convocatoria urgente para audiencia de revisión de integridad académica por sospecha de plagio y apropiación de propiedad intelectual.

Mei leyó el correo dos veces. Su rostro no mostró pánico, pero sus ojos oscuros se entrecerraron con una fijeza analítica. Sabía perfectamente que su trabajo era cien por ciento original; cada traducción, cada nota al pie y cada deducción eran fruto de sus noches en vela. Que el sistema de la universidad la acusara de plagio formal solo podía significar una cosa: alguien había manipulado los registros de manera deliberada.

Al cabo de media hora, Mei se encontraba de pie en el imponente despacho del Decano de Estudios de Asia, el profesor Harrington. El ambiente en la oficina, decorada con estanterías de madera de caoba repletas de tomos antiguos, era de una solemnidad asfixiante. Junto al decano se encontraba la doctora Avery, jefa del comité de ética, una mujer de expresión severa y mirada inquisitiva.

—Señorita Zhang —comenzó el decano Harrington, entrelazando las manos sobre su escritorio con un suspiro de genuino pesar—. Su trayectoria en esta institución ha sido ejemplar hasta el día de hoy. Sin embargo, el sistema de control de calidad y derechos de autor ha arrojado una coincidencia del noventa y cuatro por ciento entre su proyecto de tesis de fin de semestre y un documento de investigación registrado hace tres meses por el profesor Lawrence.

La doctora Avery deslizó una carpeta de cartón grueso sobre el escritorio.

—La similitud no es solo conceptual, señorita Zhang. Es textual. Las notas metodológicas, los errores de transcripción específicos e incluso la disposición de las tablas comparativas de dialectos son idénticas. Para el comité, esto no es una coincidencia académica. Es una copia directa. Como estudiante extranjera bajo una visa académica, sabe que las consecuencias de la apropiación ilícita de propiedad intelectual de un docente titular conllevan la expulsión inmediata y la revocación de su estatus de visado.

Mei observó el documento impreso. Efectivamente, las páginas que contenían su propio trabajo figuraban registradas bajo el nombre del profesor Lawrence con una marca de tiempo digital que databa de tres meses atrás. Era un hackeo burdo pero efectivo ante los ojos de un comité burocrático que confiaba ciegamente en los sistemas automatizados.

—Este trabajo es mío —dijo Mei, con una voz que, aunque suave, poseía la firmeza de una roca—. He dedicado meses a estas traducciones. El profesor Lawrence se especializa en literatura clásica de la dinastía Tang, no en los dialectos comerciales del siglo XIX de las provincias del sur. Él no posee los conocimientos lingüísticos específicos para realizar estas traducciones mercantiles.

—Lamentablemente, los registros digitales dicen lo contrario, señorita Zhang —replicó la doctora Avery con frialdad—. La marca de tiempo en el servidor central es inalterable para nuestros protocolos estándar. A menos de que pueda demostrar de manera irrefutable que el profesor Lawrence copió su trabajo hace tres meses —lo cual es lógicamente imposible dado que usted no había subido sus borradores finales al sistema en ese entonces—, el comité procederá con la sanción correspondiente este viernes por la tarde.

Mei guardó silencio por unos segundos. Su mente, fría y calculadora, comenzó a encajar las piezas del rompecabezas. ¿Quién tenía el poder, la influencia y el motivo para realizar un sabotaje digital de esta magnitud? Solo había una persona que la odiaba lo suficiente como para querer destruirla académicamente y forzar su salida del país: Victoria Sterling.

—Entiendo —dijo Mei, levantándose de la silla con una elegancia intacta—. Solicito el plazo reglamentario de cuarenta y ocho horas para presentar mi defensa formal ante el consejo de ética.

—Se le concede el plazo, señorita Zhang —asintió el decano Harrington—. Pero le advierto que, sin pruebas forenses digitales sustanciales, el comité no tendrá otra opción que proceder con la expulsión.

Mientras Mei salía del edificio de la universidad, el viento frío de la tarde golpeó su rostro. No tenía miedo, pero sentía una profunda indignación. Victoria había cruzado una línea sagrada al meterse con su esfuerzo y su intelecto.

Para su sorpresa, al llegar a la entrada principal del campus, el imponente todoterreno negro de Adrian estaba estacionado junto a la acera. Marcus, el chofer y guardaespaldas, le abrió la puerta trasera de inmediato con una expresión de profunda preocupación.

Al entrar al vehículo, Mei se encontró con Adrian.

Adrian no vestía su ropa de oficina habitual. Llevaba un jersey de lana oscura y un abrigo largo. Su rostro estaba pálido, y sus ojos grises reflejaban una mezcla de furia desatada y una angustia que no intentaba ocultar.

—Mei —dijo Adrian, y su voz profunda sonó más ronca de lo habitual—. Thomas me informó de lo que pasó en la oficina del decano. ¿Por qué no me llamaste de inmediato?

Mei se acomodó en el asiento de cuero, manteniendo la mirada al frente.

—Porque es un asunto académico, Adrian. Es mi problema y yo misma lo resolveré. No necesito que tu equipo de seguridad intervenga en los asuntos de mi universidad.

—¡No es un simple asunto académico! —bramó Adrian, perdiendo la paciencia por la terquedad de la joven. Se inclinó hacia ella, rompiendo la distancia física—. He hecho que mi departamento de ciberseguridad revise los servidores de la universidad en la última hora. El hackeo fue interno, utilizando credenciales de alto nivel que solo se pueden conseguir con una enorme cantidad de dinero o influencia política. Esto tiene la firma de los Sterling por todas partes, Mei. Victoria está detrás de esto. Lo hizo para destruirte, para obligarte a dejar Londres.

Mei giró el rostro despacio, encontrándose con la mirada gris y atormentada de Adrian. A pesar de la distancia que habían mantenido en los últimos días, ver la desesperación de él por protegerla hizo que una pequeña grieta de calidez se abriera en su propio corazón.

—Lo sé —respondió Mei con suavidad—. Sé que fue Victoria. Pero si tú intervienes con tu firma de seguridad, solo confirmarás sus acusaciones de que soy una protegida que necesita de tu influencia para salvarse de sus propios errores. El comité de ética académica es formal, rígido y desconfiado. Si utilizas la fuerza o la intimidación corporativa, ellos se cerrarán aún más. Debemos vencerlos en su propio terreno: la verdad y la evidencia irrefutable.

Adrian apretó los puños sobre sus rodillas, sintiendo que la impotencia lo consumía. Quería destrozar el mundo de los Sterling por haber tocado a Mei, quería usar todo su poder financiero para aplastarlos. Pero ver la calma de la joven, esa serenidad de agua que parecía imperturbable ante la peor de las tormentas, lo obligó a respirar hondo y calmar sus propios demonios.

—¿Qué tienes pensado hacer? —preguntó Adrian, con una voz que denotaba un respeto absoluto por la autonomía de la guerrera que tenía a su lado.

Mei esbozó una pequeña y enigmática sonrisa, una chispa de brillantez letal reflejándose en sus ojos oscuros.

—Victoria cree que los registros digitales son absolutos porque puede comprarlos con dinero. Pero olvida que la lingüística y los textos antiguos tienen su propia huella dactilar, una que ninguna marca de tiempo digital modificada puede alterar. Necesito acceso a los servidores originales de la universidad de hace tres meses, y necesito que tu analista de ciberseguridad, ese joven brillante que tienes en la oficina central, me ayude a extraer los metadatos de los archivos del profesor Lawrence. El resto... el resto lo haré yo misma en la audiencia del viernes.

Adrian la miró, maravillado una vez más por la agudeza mental y la valentía de la joven. El orgullo que sentía por ella en ese momento era tan inmenso que amenazaba con desbordar los límites de su pecho.

—Tendrás todo lo que necesites, Mei —prometió Adrian, extendiendo su mano despacio y colocándola sobre la de ella en el asiento. Esta vez, Mei no retiró la mano. Permitió que los dedos de Adrian se entrelazaran sutilmente con los suyos, transmitiéndole un calor y un apoyo silencioso que valían más que mil palabras—. Mi equipo de tecnología trabajará bajo tus órdenes directas a partir de este instante. Nos encargaremos de que esa serpiente se ahogue con su propio veneno.

El viernes por la tarde, la gran sala del consejo de ética de la universidad estaba cargada de una atmósfera de juicio final. El panel estaba compuesto por cinco distinguidos académicos, encabezados por el decano Harrington y la doctora Avery. En un lateral de la sala, sentada como una observadora de la alta sociedad que simplemente se preocupaba por el "buen nombre de la institución", se encontraba Victoria Sterling, vistiendo un impecable traje sastre gris claro y luciendo una expresión de fingida pesadumbre.

Adrian Vance también estaba presente, de pie en el fondo de la sala junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre su imponente pecho y una mirada gris tan gélida y afilada que hacía que los miembros del comité evitaran mirarlo directamente. Su presencia era una declaración silenciosa de que no permitiría que se cometiera una injusticia en esa habitación.

Mei se sentó en la mesa central, frente al panel de jueces. Frente a ella, solo tenía su tableta de trabajo y una pequeña carpeta de cuero negro.

—Señorita Zhang —comenzó el decano Harrington, golpeando suavemente el mazo de madera sobre la mesa—. Ha expirado el plazo de cuarenta y ocho horas. El comité está listo para escuchar su defensa formal antes de proceder con la votación de su expulsión por plagio académico.

Mei se levantó despacio. Su qipao de color azul marino con bordados plateados la hacía lucir como una figura de una elegancia de otra época. Su postura era perfectamente recta y sus modales transmitían una dignidad que contrastaba con la nerviosa altivez de Victoria, quien la observaba desde su rincón.

—Estimados miembros del comité —comenzó Mei, su voz resonando con una claridad musical que llenó la sala gótica—. Agradezco la oportunidad de presentar mi defensa. Sé que el sistema informático de la universidad indica que mi traducción y análisis comparativo de los textos mercantiles del siglo XIX coincide casi en su totalidad con un documento registrado por el profesor Lawrence hace tres meses.

Mei activó la pantalla de proyección de la sala con un toque en su tableta. En la pared de piedra aparecieron dos columnas de texto: a la izquierda, su propio borrador; a la derecha, el archivo supuestamente registrado por el profesor Lawrence.

—A primera vista —prosiguió Mei—, los documentos son idénticos. Sin embargo, un análisis filológico elemental demuestra que el archivo de la derecha no pudo haber sido escrito por el profesor Lawrence hace tres meses, ni por nadie que posea una formación académica real en traducción clásica.

Victoria Sterling se acomodó en su silla, manteniendo su sonrisa de suficiencia, creyendo que Mei solo estaba intentando desviar la atención con tecnicismos académicos.

—En la página cuarenta y siete de la traducción —explicó Mei, señalando una línea de caracteres chinos antiguos—, hay una frase mercantil que hace referencia al comercio de seda cruda en los muelles de Cantón en 1842. La traducción que yo realicé utiliza el término victoriano 'Drawback', un tecnicismo aduanero de la época que implicaba la devolución de aranceles tras la reexportación. Esta fue una deducción original que realicé tras consultar los archivos históricos de la Compañía de las Indias Orientales aquí en Londres hace apenas dos semanas.

Mei hizo una pausa, barriendo la sala con su mirada de acero.

—El documento del profesor Lawrence, registrado supuestamente hace tres meses, contiene exactamente la misma traducción utilizando el término 'Drawback'. Sin embargo, el profesor Lawrence ha estado residiendo en un templo budista de Kioto, Japón, desde hace seis meses, sin acceso a los archivos físicos de Londres. ¿Cómo es posible que él dedujera el mismo término ultraespecífico de un archivo que solo fue digitalizado por la Biblioteca Británica hace diez días?

Un murmullo de asombro recorrió a los miembros del consejo de ética. La doctora Avery comenzó a hojear los documentos con nerviosismo.

—Pero hay algo aún más revelador —continuó Mei, y su sonrisa se volvió de una agudeza letal—. En mi borrador de la semana pasada, cometí un error de transcripción deliberado en la página ochenta y dos. Traduje el carácter cantonés para 'estaño' (sek) utilizando la antigua grafía del siglo XVII, un error metodológico que corregí en mi versión final del lunes. El archivo del profesor Lawrence, supuestamente registrado hace tres meses, contiene exactamente ese mismo error de transcripción metodológico. ¿Es el profesor Lawrence un viajero del tiempo que copió mis propios errores del futuro, o es que alguien copió mi borrador del lunes por la noche e intentó falsificar la marca de tiempo del servidor?

El decano Harrington se enderezó en su silla, con el rostro serio.

—Señorita Zhang, estas son acusaciones de manipulación de datos sumamente graves. El servidor central de la universidad es seguro.

—No lo es cuando se cuenta con la complicidad de un asistente de investigación con acceso a las credenciales del decanato —replicó Mei con total parsimonia. Hizo un gesto en su tableta, y en la pantalla se proyectó un análisis de metadatos forenses digitales—. Este informe, elaborado por un analista de seguridad certificado externamente, demuestra que el archivo del profesor Lawrence no fue cargado hace tres meses. La base de datos del servidor fue alterada manualmente el miércoles por la noche a las 23:42 horas, utilizando una dirección IP asignada a una conexión VPN vinculada directamente al terminal del asistente de investigación del departamento, el señor Arthur Collins.

En el rincón de la sala, Victoria Sterling sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus manos se aferraron al bolso de diseñador con tal fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. La mirada que Adrian Vance le dirigió desde el fondo de la sala fue de una promesa de destrucción tan fría y absoluta que un escalofrío de puro terror le recorrió la columna vertebral.

—Y aquí —concluyó Mei, proyectando una serie de capturas de transacciones bancarias encriptadas—, se detalla una transferencia de fondos de cincuenta mil libras esterlinas realizada esa misma noche desde una cuenta de inversión de la firma Sterling Capital hacia la cuenta personal del señor Collins. Supongo que los miembros del comité estarán familiarizados con el nombre de la firma de la señorita Victoria Sterling.

La sala de juntas estalló en un caos de murmullos indignados. La doctora Avery miraba a Victoria con una expresión de absoluto desprecio, mientras el decano Harrington golpeaba su mazo repetidamente con una furia evidente.

—¡Silencio! ¡Silencio en la sala! —exclamó el decano—. Esto no es solo una falta de ética académica; es un delito informático y un caso de difamación grave. Señorita Sterling, le sugiero que abandone este recinto de inmediato. El comité de ética no solo declara a la señorita Mei Zhang completamente absuelta de todos los cargos con nuestras más sinceras disculpas, sino que remitiremos todos estos antecedentes a la policía metropolitana de Londres para que se inicien las acciones penales correspondientes de inmediato.

Victoria se levantó de la silla con movimientos rígidos y el rostro completamente descompuesto por la humillación. Al caminar hacia la salida, intentó mantener su postura de superioridad, pero las miradas de desprecio de los distinguidos académicos la hacían lucir pequeña, patética y derrotada.

Al pasar junto a Adrian, este dio un paso al frente, bloqueando sutilmente su camino por un segundo.

—Te advertí que no la tocaras, Victoria —le susurró Adrian, con una voz gélida que prometía una ruina financiera total para su firma—. Prepárate. A partir de mañana, Sterling Capital no tendrá un solo inversor en este país que se atreva a estrecharles la mano. He terminado con ustedes.

Victoria bajó la cabeza y salió de la sala a toda prisa, devorada por la vergüenza y el fracaso de su propia trampa.

El silencio que se instaló en la sala del consejo tras la retirada de los académicos fue de una paz absoluta.

Mei comenzó a guardar su tableta y su carpeta de cuero en su bolso con la misma parsimonia y tranquilidad de siempre. Adrian se acercó despacio, deteniéndose frente a su mesa. Sus ojos grises, antes tormentosos, ahora brillaban con una devoción, un respeto y una ternura tan inmensas que llenaban todo el espacio.

—Lo hiciste de nuevo, guerrera —dijo Adrian, con una sonrisa suave que transformó por completo sus facciones severas—. Las desarmaste por completo. No solo salvaste tu carrera, sino que destruiste a Victoria utilizando únicamente tu brillantez. Nunca he estado tan orgulloso de nadie en toda mi vida.

Mei levantó la mirada y le sonrió. Una sonrisa dulce, limpia y cargada de una complicidad real.

—Te lo dije, Adrian —respondió ella en un susurro—. La mente y la verdad son las armas más letas que existen. El veneno de la serpiente solo funciona si la víctima se deja debilitar por el miedo. Y yo no tengo miedo. No mientras sepa quién soy... y con quién cuento.

Adrian extendió su mano y acunó su mejilla con una delicadeza infinita, ignorando las miradas de los pocos asistentes que quedaban en la sala. Mei cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por el calor de su tacto. Esta vez, la diferencia de edad y los muros de la desconfianza parecieron no tener ninguna importancia ante la inmensidad de la victoria que acababan de conquistar juntos.

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