Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 3: Visiones de un amor prohibido
...🩸🌒 Lazos de Sangre y Luna🌒🩸...
Mansión Cullen – 3:00 a.m.
La noche no era oscura en Forks: era "densa". Como si la humedad tuviera peso y se pegara a los pulmones. Bella Swan lo descubrió cuando Alice la levantó en brazos con una facilidad que la aterrorizó y la excitó a partes iguales y saltó desde el alféizar de su ventana al jardín trasero. Ni un solo crujido. Ni una rama rota. Solo el silbido del aire cortado por un cuerpo que se movía más rápido de lo que sus ojos podían seguir.
—Cierra los ojos —susurró Alice contra su cuello.
—¿Por qué?
—Porque si los abres, te marearás.
Bella no cerró los ojos. Y se mareó. Los árboles se convirtieron en manchas verdes y negras. El viento le arrancó un gemido. Las gotas de lluvia, que deberían haberla golpeado en el rostro, "rebotaban" antes de tocarla, formando un escudo invisible que Alice creaba con su propio cuerpo. La vampira corría ¿volaba? entre los pinos, y en menos de lo que tarda un corazón humano en latir diez veces, ya estaban frente a una casa que Bella solo había visto en sus pesadillas.
La mansión Cullen era blanca, enorme, con ventanales que reflejaban la luna aunque no había luna. El jardín delantero tenía flores que olían a azufre y a miel. Y en el porche, esperándolas, estaban los otros vampiros.
Carlisle con una bata de médico manchada de algo rojo. Esme con las manos entrelazadas como si rezara. Emmett con una hacha de bombero apoyada en el hombro (¿de dónde había sacado un hacha a las tres de la mañana?). Rosalie con los brazos cruzados y una expresión de "ya sabía que esto pasaría". Y Edward, apoyado contra una columna, con los ojos cerrados y los puños tan apretados que de sus palmas brotaba un líquido oscuro.
Sangre. Sangre de vampiro, negra como la tinta.
—La trajiste —dijo Carlisle, y su voz era un suspiro—. Alice, sabes que esto viola…
—El tratado con los lobos, sí. Y con los Volturi, y con la Cofradía, y con mi abuela muerta —lo interrumpió Alice, sin soltar a Bella—. No me importa.
—Debería —gruñó Rosalie—. Huele a "humano". Y no a cualquier humano. Huele a problema.
Bella, aún en brazos de Alice, sintió la necesidad de defenderse. Pero su cuerpo seguía temblando por el orgasmo seco que Alice le había provocado con un solo beso, y sus piernas no la sostendrían.
—Bájame —pidió, con voz más firme de lo que esperaba.
Alice la obedeció. La dejó en el suelo con una lentitud que rozaba lo obsceno, deslizando su cuerpo contra el de Bella. El contacto de la piel fría a través de la tela húmeda del pijama hizo que el núcleo omega de Bella diera otro latido.
—Ya veo —dijo Rosalie, arqueando una ceja—. No es solo el aroma. Es •la conexión•. Mierda.
—¿Qué conexión? —preguntó Bella.
Nadie respondió. Todos miraban a Edward.
El vampiro rubio abrió los ojos. Ya no eran negros por la sed de sangre. Eran dorados otra vez, pero un dorado •roto•, lleno de grietas.
—Eres su pareja destinada —dijo, y su voz sonaba como si escupiera vidrios—. Alice ha tenido visiones de ti durante setenta años. Setenta años viendo cómo te reía, cómo llorabas, cómo te mordías el labio cuando estabas nerviosa. Setenta años "enamorándose" de una sombra. Y ahora la sombra tiene carne.
—Edward… —comenzó Alice.
—No. Déjame terminar. —Se enderezó, y el líquido negro de sus manos goteó sobre el cemento—. Yo también sentí la conexión, ¿sabes? Cuando entraste en la cafetería, mi don de leer mentes… "se apagó". Por primera vez en un siglo, no escuché ningún pensamiento. Solo silencio. Y luego tu olor. Y luego •ella•.
Señaló a Bella con un dedo que temblaba.
—Tu sangre me llamó, Bella Swan. Pero tu "ser" llamó a Alice. Y eso… eso es lo que no entiendo. ¿Por qué tú para ella y no para mí?
—Porque el destino es un chiste de mal gusto —dijo Esme, dando un paso al frente. Su voz era suave, como la de una madre que consuela a un hijo, pero había acero debajo—. Y porque Alice necesita a Bella para algo más grande que una simple unión.
—¿Algo más grande? —Bella se giró hacia la vampira de pelo castaño—. ¿De qué habla?
Esme miró a Carlisle. Él asintió.
—Entremos —dijo Carlisle—. Esto no es conversación de jardín.
La biblioteca de los Cullen olía a libro viejo, a cuero y a "secreto". Había estanterías que llegaban al techo, una chimenea encendida (aunque los vampiros no sentían frío) y un mapa del mundo clavado en la pared con chinchetas rojas. Carlisle señaló un sofá de terciopelo burdeos.
—Siéntate, Bella. Esto te afectará.
—Ya estoy sentada —respondió ella, aunque en realidad seguía de pie, agarrada al respaldo de una silla—. Y no quiero que me traten como a una niña. Soy una omega pura, no idiota.
Alice sonrió. Una sonrisa orgullosa.
—Eso me gusta.
—Cállate tú también —la cortó Bella, y luego se dirigió a Carlisle—. Hable.
El doctor vampiro se sentó frente a ella en un sillón de orejas. Sus manos, pálidas y finas, descansaron sobre sus rodillas.
—Hace más de tres mil años, los vampiros y los cambiaformas no eran enemigos. Éramos *una misma especie*. Algunos nacían con sangre caliente (los que luego llamarían lobos), otros con sangre fría (los que luego llamarían vampiros). Pero un día, un cataclismo llamado la Ruptura nos dividió. Los omegas puros como tú eran los *estabilizadores*. Podían calmar la furia de los alfas de ambas especies y evitar que nos matáramos entre nosotros.
—Pero los omegas puros se extinguieron —interrumpió Edward, que se había quedado junto a la ventana—. El último murió hace quinientos años. Una mujer en las montañas de Transilvania. La mataron a partes iguales vampiros y lobos porque no se pusieron de acuerdo sobre quién debía reclamarla.
—Hasta ahora —dijo Alice, arrodillándose frente a Bella—. Tú eres la primera omega Pura que nace en medio milenio. Y tu sangre no solo estabiliza: •transforma•.
—¿Transforma en qué?
—En algo nuevo. —Alice tomó sus manos. Sus dedos helados se entrelazaron con los de Bella—. En mis visiones, te he visto morder a Jacob Black. He visto cómo su sangre de lobo se mezcla con la tuya, y cómo de esa mezcla nace un ser que no es vampiro ni lobo. Algo que puede caminar bajo el sol y bajo la luna. Algo que no necesita sangre ni carne. Algo libre.
Bella parpadeó.
—¿Yo muerdo a Jacob? ¿El chico de la coleta?
—Sí. Y Edward lo observa.
Edward se estremeció.
—No quiero ver eso.
—No es una elección —dijo Alice, y su voz se volvió grave—. Es una profecía. Y hay más: también te he visto a ti, Edward, marcando a Jacob en medio de un incendio. Y a Rosalie y Leah pariendo crías de ambas especies. Y a Emmett muriendo y resucitando. Y a Carlisle…
—Suficiente —cortó Carlisle, levantando una mano—. Alice, no puedes revelar todas las visiones. Pueden no cumplirse.
—Esta vez se cumplirán. Porque Bella está aquí. Y porque el reloj ya empezó a contar.
Bella sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Miró a su alrededor: los vampiros la observaban como si fuera una bomba a punto de estallar. Todos excepto Rosalie, que miraba a Leah a través de la ventana.
—¿Leah está ahí? —preguntó Bella.
—Espiando —respondió Rosalie con desprecio—. Los lobos siempre espían.
—Tú también la espiarías si ella oliera a jazmín —dijo Emmett con una risotada.
Rosalie le lanzó una mirada asesina, pero no lo negó.
Continuará 🔥
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