A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 19: Después de la Tormenta.
Pov Raquel
Bailar con Ricardo Méndez fue una de las cosas más incómodas que había hecho en mi vida. Y eso ya era decir mucho considerando las últimas semanas.
Había aceptado cuando él se acercó porque necesitaba algo, cualquier cosa, que me distrajera del hecho de que Julian Harrington era el hermano de Isabella. El hermano de la novia de mi hijo.
Mi amante era el cuñado de Ángel.
El pensamiento me revolvía el estómago.
—Señora Vivez —dijo Mendez, acercándose demasiado mientras bailábamos—. Me alegra que haya aceptado este baile. Quería disculparme por mi comportamiento en el restaurante.
—Ya lo hiciste —respondí, intentando mantener distancia entre nosotros—. Por correo electrónico. Tres veces.
—Lo sé, pero quería hacerlo en persona —insistió, y su mano en mi cintura se apretó ligeramente—. Y tal vez podríamos empezar de nuevo. Discutir ese contrato en un ambiente más... privado.
Retrocedí bruscamente.
—No estoy interesada, señor Mendez.
—Vamos, señora Vivez. Ambos somos adultos. Y ahora que tiene el respaldo de Harrington, estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo mutuamente beneficioso.
Estaba a punto de dejarlo plantado en medio de la pista cuando mis ojos encontraron a Julian al otro lado del salón.
Bailando con Victoria.
Ella tenía sus brazos alrededor de su cuello, demasiado cerca, demasiado íntima. Le susurraba algo al oído que lo hacía tensar la mandíbula.
Y él... él no la apartaba.
Los celos me atravesaron con una fuerza que me tomó por sorpresa. Celos irracionales, injustos, pero completamente reales.
—¿Señora Vivez? —la voz de Mendez me sacó de mi trance.
—Discúlpeme —dije, soltándome de su agarre—. Necesito aire.
Lo dejé ahí, en medio de la pista de baile, y caminé lo más rápido que pude sin llamar la atención hacia las puertas francesas que llevaban a la terraza.
El aire nocturno me golpeó la cara, frío y refrescante. La terraza estaba vacía, iluminada solo por luces suaves y la ciudad brillante más allá.
Me apoyé contra la barandilla, respirando profundamente, intentando calmar el torbellino de emociones que me consumía.
Julian era el hermano de Isabella.
¿Cómo no lo había visto venir? ¿Cómo no había preguntado más sobre la familia de la novia de mi hijo?
Pero sabía por qué. Porque estaba tan consumida en mi propia relación secreta, tan perdida en Julian, que había dejado de prestar atención a todo lo demás.
Y ahora...
—¿Estás bien?
Me giré bruscamente. Julian estaba ahí, con el saco desabrochado, la corbata ligeramente aflojada, mirándome con una intensidad que me quitó el aliento.
—No deberías estar aquí —dije, mirando hacia las puertas francesas—. Alguien podría vernos.
—No me importa.
—A mí sí —respondí, girándome para mirarlo directamente—. Necesito saber algo, Julian. ¿Sabías que tu hermana era la novia de mi hijo?
Él no respondió inmediatamente. Solo me miró, y en sus ojos vi la respuesta antes de que la dijera.
—Lo descubrí después de nuestra primera noche —admitió finalmente—. Isabella mencionó casualmente al hijo de alguien llamado Vivez. No hice la conexión de inmediato, pero cuando investigué...
—¿Y no me dijiste nada? —la rabia comenzó a hervir en mi pecho—. ¿Cuánto tiempo lo has sabido?
—Semanas —respondió sin apartar la mirada—. Pero no cambió nada para mí.
—¿Que no cambió nada? —solté una risa amarga—. Julian, esto es aún más enfermo de lo que ya era. Mi hijo está saliendo con tu hermana. Eso nos hace... nos hace...
—No nos hace nada —me interrumpió, acercándose—. No estamos relacionados por sangre. No hay nada legal o moralmente incorrecto en esto.
—Moralmente —repetí, mirándolo incrédula—. ¿En serio? Julian, si Ángel se entera de que me estoy acostando con el hermano de su novia, me odiará. Si Isabella se entera, probablemente romperá con Ángel. Y si el mundo se entera...
—El mundo no se va a enterar.
—Ya lo están haciendo —dije, señalando hacia el salón—. Victoria nos observa. Tu madre nos observa. Alguien va a darse cuenta.
—No me importa.
—¡A mí sí! —grité, y luego bajé la voz rápidamente, consciente de dónde estábamos—. A mí sí me importa, Julian. Porque si nos descubren, a ti no te pasará nada. Serás solo un joven millonario que tuvo otra conquista. Pero yo... yo seré la mujer desesperada que se acostó con un hombre veinte años menor. La viuda sin moral que sedujo al hermano de la novia de su hijo. La prensa me destruirá por completo.
—No voy a dejar que eso pase.
—No puedes controlarlo todo —dije, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir—. Y no puedo... no puedo arriesgarme a perder a mis hijos. Ya perdí demasiado.
Julian se acercó más, tomando mis manos entre las suyas.
—Raquel, escúchame...
—No —lo interrumpí, apartando mis manos—. Lo siento, Julian, pero no podemos seguir juntos. Esto tiene que terminar. Ahora.
—No —dijo él, y había algo feroz en su voz—. No voy a dejarte ir.
—No tienes opción —respondí, y las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas—. Porque yo ya decidí. Se acabó.
—Raquel...
—Por favor —susurré—. No lo hagas más difícil de lo que ya es.
Me di la vuelta y caminé hacia las puertas francesas, cada paso sintiéndose como arrancarme el corazón del pecho.
—Esto no ha terminado —escuché su voz detrás de mí—. No para mí.
Pero no me detuve. No podía.
Entré al salón, busqué mi bolso en la mesa donde lo había dejado, e ignoré las miradas curiosas mientras caminaba hacia la salida.
—¿Mamá? —la voz de Ángel me detuvo—. ¿A dónde vas?
—No me siento bien —mentí, sin mirarlo a los ojos—. Voy a casa.
—¿Quieres que te lleve?
—No, estaré bien. Quédate con Isabella. Diviértete.
No esperé su respuesta. Salí del hotel, pedí un taxi, y me hundí en el asiento trasero mientras las lágrimas caían sin control.
Había hecho lo correcto.
Lo sabía.
Entonces, ¿por qué se sentía como si acabara de cometer el peor error de mi vida?
Cuando llegué a casa, la casa estaba oscura y silenciosa. Marcela había llevado a los trillizos a dormir a casa de mi Ana para que yo pudiera asistir al evento sin preocupaciones.
Subí las escaleras, me quité el vestido hermoso que Julián me había enviado, y me metí a la ducha.
Dejé que el agua caliente mezclara con mis lágrimas, lavara el maquillaje, limpiara cualquier rastro de esta noche horrible. Pero no podía lavar el dolor. No podía lavar el recuerdo de la expresión de Julián cuando le dije que se había terminado. Me puse el pijama más cómodo que tenía y me metí en la cama, abrazando una almohada contra mi pecho.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Julián.
"Esto no ha terminado. Te lo prometo."
Borré el mensaje sin responder.
Luego otro.
"Te quiero, Raquel. Y voy a demostrártelo."
Apagué el teléfono.
Y lloré hasta quedarme dormida, sabiendo que había hecho lo correcto, pero sintiéndome más vacía de lo que me había sentido en meses. Porque Julian Harrington se había convertido en algo más que mi amante.
Se había convertido en mi escape. Mi alegría. Mi razón para sonreír.
Y acababa de renunciar a él. Por mis hijos. Por mi reputación. Por hacer lo correcto.
Pero Dios... dolía. Dolía tanto que pensé que no podría respirar.
Y lo peor de todo era saber que Julián tenía razón.
Esto no había terminado.
No realmente.
Porque una parte de mí, esa parte egoísta y hambrienta que él había despertado, sabía que eventualmente volvería a él.
No importaba cuánto me resistiera.
No importaba cuánto intentara hacer lo correcto, Julián Harrington se había metido bajo mi piel.
Y no había forma de sacarlo.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏