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LA VIUDA MONTENEGRO "Un Amor Mortal"

LA VIUDA MONTENEGRO "Un Amor Mortal"

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Mujer poderosa / Amor prohibido / Completas
Popularitas:337.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Adriánex Avila

Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.

NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21 El amanecer

Charlaron hasta que la noche se volvió gris y luego rosa. Doña Alicia se había ido a dormir a media noche, cansada de verlos "como dos palomitos", como dijo después.

Abel dormía profundamente en su habitación. Sabina, desde el quicio de la puerta de la cocina, los observó en secreto durante un rato, y luego subió a su cuarto con una sonrisa que no supo reconocer.

Mi tía merece ser feliz, pensó mientras se acostaba. Después de todo lo que ha pasado, después de todo lo que ha dado por mí, merece un hombre que la mire como él la mira.

No durmió bien. Los problemas la desvelaban. Pero cuando el sol asomó definitivamente, se levantó sintiéndose más liviana. Como si la presencia de don Eusebio hubiera ahuyentado algunos fantasmas.

Al bajar, encontró a Martina y al magistrado en el mismo lugar, en la misma cocina, con las mismas tazas. Pero ahora estaban más cerca. Él le había tomado la mano, y ella no la había retirado.

—Tía —dijo Sabina, secándose el sueño de los ojos—. ¿No durmieron nada?

—Dormimos lo suficiente —respondió Martina, soltando la mano de don Eusebio con una lentitud que delataba que no quería hacerlo.

—Doña Martina es una conversadora incansable —añadió él, aunque la mirada que le dedicaba decía que no le importaba en absoluto.

*_*

Después del desayuno, don Eusebio pidió volver a revisar los documentos. Quería asegurarse de que no hubiera ningún error, ningún vacío legal por donde Mercedes pudiera colarse.

Sabina llevó la caja fuerte otra vez y extendió los papeles sobre la mesa de la biblioteca.

El magistrado los examinó durante dos horas. Comparó firmas, fechas, sellos. Hizo anotaciones en su libreta.

Preguntó sobre testigos, sobre notarios, sobre el estado mental de Anselmo Roca al momento de firmar.

Sabina respondió con cuidado. No mintió del todo, pero tampoco dijo toda la verdad.

Dijo que su padre estaba enfermo, pero cuerdo. Dijo que los testigos eran empleados del hospital, personas imparciales. Dijo que todo se hizo conforme a la ley.

Cuando terminó, don Eusebio cerró su maletín con un clic satisfecho.

—No hay nada que impugnar aquí —sentenció—. Su hermana puede contratar a los mejores abogados de la capital, pero no podrá con esto. Abel es el heredero legítimo, y usted es su tutora legal. Mientras usted viva y el niño sea menor de edad, nadie puede tocarlo.

Sabina respiró hondo. No era la primera vez que alguien le decía eso, pero oírlo de boca de un magistrado le dio una tranquilidad que no había sentido en semanas.

—Gracias, don Eusebio. No sé cómo pagarle.

—Ya sabe cómo —respondió él, mirando hacia la puerta, donde Martina estaba fingiendo arreglar unas macetas.

Sabina sonrió.

—Entonces hable con mi tía. Pero no la asuste. Es más miedosa de lo que aparenta.

—Lo dudo —dijo don Eusebio—. Esa mujer no le teme a nada. Excepto quizá a ser feliz.

*_*

Don Eusebio empacó sus cosas y salió al patio. Los caballos de su carreta roja ya estaban enganchados, impacientes por emprender el camino de regreso a la capital. El sol estaba alto, y el calor comenzaba a apretar.

Martina lo acompañó hasta la puerta. Sabina se quedó en el corredor, observando, con Abel agarrado a su falda y Ernesto a un lado, con los brazos cruzados.

—Doña Martina —dijo don Eusebio, ya con un pie en el estribo de la carreta—. Ha sido un placer, como siempre. Cualquier cosa que necesite, ya sabe dónde encontrarme.

—Sí, don Eusebio —respondió ella, con las manos en las caderas, como si no le importara—. Que tenga buen viaje.

El hombre asintió, subió al pescante y tomó las riendas. No esperaba nada más. Había aprendido, a lo largo de los años, a no esperar nada de nadie. Pero entonces Martina habló.

—Don Eusebio…

Él se volvió.

Ella bajó la mirada un momento, como si reuniera valor. Luego la levantó, y sus ojos —que tanto habían visto, que tanto habían sufrido— brillaron con una luz nueva.

—Sabe… —comenzó, y su voz tembló apenas—. Yo… quiero hablar de nosotros. Formalmente. Cuando mi niña termine sus asuntos.

Don Eusebio se quedó inmóvil. Las riendas se le resbalaron de los dedos.

—Quiero verla feliz —continuó Martina, cada vez más segura, como si las palabras hubieran estado esperando años para salir—. Y después de eso… sería bonito pasear de la mano con un caballero. ¿No cree?

El silencio se extendió como una manta. Sabina sonrió. Abel, sin entender del todo, también sonrió. Ernesto se quedó con la boca entreabierta.

Don Eusebio Galván, magistrado de justicia, hombre serio y parco, que había visto delitos y crímenes y miserias humanas durante treinta años, se llevó la mano al pecho como si le fuera a estallar el corazón.

—Doña Martina —dijo, y su voz se quebró—. ¿Usted… usted está diciendo…?

—Estoy diciendo que sí, Eusebio —respondió ella, y por primera vez lo llamó por su nombre sin que nadie se lo recordara—. Que sí. Pero no ahora. No con mi sobrina en problemas. Ella es primero. Ella y el niño. Cuando todo esto se resuelva, hablaremos. Como la gente formal.

Don Eusebio bajó de la carreta como si tuviera alas en los pies. Cruzó el patio en tres zancadas y tomó las manos de Martina entre las suyas.

—Yo esperaré —dijo, con los ojos húmedos—. He esperado diez años. Puedo esperar unos meses más.

—No diga esas cosas —respondió ella, sonrojándose como una muchacha—. Que me da vergüenza.

—Usted, vergüenza? —se rió él, con una risa que era casi un sollozo—. Doña Martina, usted es la mujer más valiente que he conocido. La única que me ha hecho sentir vivo después de tantos años.

Se quedaron mirándose un momento. No se besaron —no era el lugar ni el momento—, pero sus frentes se tocaron, apenas un instante, y fue suficiente.

Sabina se llevó a Abel al interior de la casa.

—Ven, mi amor —dijo—. Déjalos solos.

—¿Por qué están así, hermana? —preguntó el niño.

—Porque se quieren. Y a los que se quieren hay que dejarlos ser felices.

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Lorena Angulo
murió muy rápido 🥲
Lorena Angulo
ese es mucho desgraciado 😡
Paula Alegre
Está historia Autora me hizo llorar mucho mis felicitaciones y mi admiración
Paula Alegre
Dios 😭😭😭 increíble y ese final me hizo llorar y mucho mis felicitaciones y mi admiración autora
Viviana Ranieri
Qué belleza de historia!!! Me hiciste derramar muchas lágrimas, debo admitir!!! Me alegré de que Sabina fuera una de las pocas que logran superar un trauma, comenzar de nuevo y ser feliz. Ernesto supo volverse su lugar seguro. Gracias por compartir tus historias
Miriam Fuentes
🥇
Cliente anónimo
Que pasa Adriana que se están repitiendo mucho los capítulos
Nancy Sotelo Medellin
excelente libro, lo recomiendo muchísimo
Cliente anónimo
Hermosa
Laura
sobrinos??
Laura
y usted cuando ha callado?? 😜😜
Laura
es una señorona
Darquiz Bonilla
😭😭😭😭😭
Laura
seré su perrito y hasta la colita le muevo si ella lo pide.. envidiosos
Anastasia Quintero
no entiendo o leí mal, se supone que ella solo duró 3 días casi con el difunto muerto morido😂😂😂 y ahora dice que ella fue quien rescato las tierras, creo que me salte alguna parte de la novela 😭😭🤭🤭
Alcenia Acosta: Tampoco entiendo. Hay inconsistencias
total 1 replies
Sirius233
Léela y vas a ver porqué las 5 estrellas
Sirius233
Ufff! 😭 Maravillosa como siempre ❤️
beba hernandez
Adri, hacia muchas novelas que no me hacían llorar, triste el final de una gran historia, gracias por compartirla 🙏 🙏
beba hernandez
El burro hablando de orejas🤣🤣
beba hernandez
Así se vaas pronto, jajajaja 🤣
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