Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cómo si nada
Damien
Nueva York amanecía gris.
Fría.
Ruidosa.
Exactamente como me gustaba.
Estaba sentado en la cabecera de la enorme mesa del comedor revisando documentos en la tableta mientras desayunaba café negro y tostadas que no había tocado realmente.
Pierce estaba frente a mí revisando unas carpetas.
-Las rutas de Chicago ya están limpias -dijo pasando una página-. Pero seguimos teniendo problemas en el puerto de Baltimore.
Tomé la taza lentamente.
-¿Los rusos?
-Probablemente.
-Quiero vigilancia las veinticuatro horas.
Pierce asintió.
-También llegó nueva información del viejo Takahashi.
Mi mirada subió lentamente hacia él.
-Después.
Él entendió inmediatamente.
Porque justo en ese momento escuchamos pasos bajando las escaleras.
Rachell.
Mi atención se movió automáticamente hacia ella.
Cabello oscuro cayendo sobre sus hombros todavía ligeramente despeinado.
Pantalón negro ajustado.
Camisa blanca amplia.
Sin demasiado maquillaje.
Y aun así...
Peligrosamente hermosa.
Pierce me miró apenas de reojo.
Maldito idiota.
Rachell llegó hasta la mesa como si nada hubiera pasado anoche.
Como si horas antes hubiera estado entre mis brazos.
Como si todavía pudiera sentir su piel sobre la mía.
-Buenos días -dijo con total tranquilidad.
-Milagro -murmuré tomando café.
Ella me miró apenas.
-¿Qué cosa?
-Que hayas despertado de buen humor.
-No lo arruines entonces.
Pierce sonrió escondiendo la boca detrás de la taza.
Cobarde.
Rachell tomó asiento frente a nosotros mientras una empleada servía desayuno.
Silencio.
Tenso.
Peligroso.
Porque los tres sabíamos perfectamente lo que estaba pasando entre nosotros últimamente.
Y nadie hablaba de eso.
-¿Cómo sigue tu herida? -preguntó ella de repente.
Hace unos días habíamos estado entrenando juntos y la bestia me corto el brazo con un rasguño, ya esta mucho mejor, solo la cicatriz.
La observé unos segundos.
-Supongo que bien.
-Qué decepción.
Pierce soltó una carcajada.
-Definitivamente ustedes tienen problemas mentales.
Rachell ignoró el comentario mientras tomaba café.
Yo seguía observándola.
Demasiado.
Porque ella también estaba fingiendo normalidad.
Pero notaba las pequeñas cosas.
Cómo evitaba mirarme demasiado tiempo.
Cómo cruzaba las piernas lentamente solo para provocarme.
Cómo sabía perfectamente lo que hacía cuando sonreía así.
Maldita mujer.
-Esta noche necesito que vengas conmigo a una cena -dije finalmente.
Ella ni siquiera levantó la vista.
-No.
-No era una pregunta.
-Entonces mi respuesta sigue siendo no.
Pierce empezó a comer más rápido.
Inteligente.
-Es importante -dije.
-También es importante mi paciencia y tú la destruyes diariamente.
Sonreí apenas.
-Te recuperarás.
Rachell levantó finalmente la mirada hacia mí.
Oscura.
Desafiante.
-Busca otra esposa decorativa para tus cenas empresariales.
-Solo tengo una.
-Trágicamente para mí.
Pierce literalmente estaba disfrutando demasiado esto.
-Rachell-
-No quiero ir.
-Tienes que hacerlo.
Ella se recostó lentamente contra la silla.
Provocadora.
Peligrosa.
-¿Y si no quiero obedecer?
-Nunca obedeces.
-Exacto.
Silencio.
Sus ojos siguieron fijos en los míos mientras jugaba lentamente con la taza entre sus dedos.
Y ahí estaba otra vez esa tensión.
Pesada.
Caliente.
Absurdamente peligrosa.
-Oblígame -murmuró finalmente.
Pierce dejó caer el tenedor.
Yo me quedé mirándola fijo.
Porque ella sabía exactamente lo que implicaban esas palabras después de las últimas semanas.
Maldita provocadora.
Mi mandíbula se tensó apenas.
Y Rachell sonrió.
Satisfecha.
Orgullosa.
Entonces simplemente se levantó de la mesa.
-Tengo cosas que hacer.
-A las ocho estaremos saliendo.
Ella siguió caminando hacia las escaleras.
-Ya veremos, Bloodworth.
Desapareció arriba.
Y el silencio cayó nuevamente en el comedor.
Pierce me observó unos segundos.
Luego negó lentamente con la cabeza.
-Están completamente jodidos.
Tomé otro sorbo de café.
-Cállate, Pierce.
Él soltó una risa.
-¿Van a seguir actuando como enemigos después de acostarse juntos o eventualmente piensan madurar?
-Te dije que te calles.
-No puedes ni mirarla normal.
Eso hizo que lo mirara peligrosamente.
Pierce levantó ambas manos.
-Solo digo la verdad.
Volví la atención hacia los documentos.
-No significa nada.
-Claro.
-Es conveniente.
-Ajá.
-Y mantiene las cosas simples.
Pierce sonrió lentamente.
-Tú jamás haces nada simple.
Ignoré el comentario.
Porque no quería pensar demasiado en eso.
En cómo empezaba a buscarla automáticamente cuando despertaba.
En cómo la mansión se sentía demasiado silenciosa cuando ella no estaba.
En cómo anoche casi le dije algo que jamás debería decirle.
Pierce dejó la carpeta negra sobre la mesa.
-La información del padre de Rachell ya casi está completa.
Eso cambió el ambiente inmediatamente.
Frío.
Oscuro.
Real.
Tomé la carpeta lentamente.
Fotografías.
Nombres.
Transferencias.
Sangre disfrazada de negocios.
El pasado.
Mi pasado.
Pierce me observó serio.
-Damien...
-¿Qué?
-Ella quizás no tenga nada que ver con eso.
Solté una risa seca.
-Siempre tendrá algo que ver.
-No eligió a su familia.
-Yo tampoco elegí ver morir a la mía.
Silencio.
Pesado.
Pierce apoyó los brazos sobre la mesa.
-Y aun así la estás mirando diferente.
Levanté lentamente la vista hacia él.
-No confundas deseo con debilidad.
-¿Y tú no los estás confundiendo?
Eso me hizo quedarme quieto un segundo.
Solo uno.
Porque odiaba cuando Pierce tenía razón.
-El plan sigue igual -dije finalmente cerrando la carpeta-. Nada cambia.
-¿Seguro?
Pensé en Rachell sonriendo hace unos minutos.
En su voz.
En sus manos sobre mí anoche.
En cómo empezaba a sentirse demasiado natural tenerla cerca.
Y por primera vez en mucho tiempo...
No respondí inmediatamente.
Pierce soltó una pequeña risa.
-Sí. Estás completamente perdido.