Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
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Capítulo 16: El Precio del Escudo.
Al otro día, entrar a ese café gris y verla intentando esconderse detrás de una taza fue la confirmación de que mi audio de anoche la había dejado sin defensas.
Me senté frente a ella con la calma del cazador que ya tiene a su presa acorralada. Cuando intentó echarme con ese hilo de voz tembloroso, solo me dieron ganas de arrastrarla conmigo en ese mismo instante.
Le atrapé el mentón, obligándola a mirarme, saboreando cómo su pulso se disparaba en su garganta bajo mis dedos. Estaba furiosa, pero su cuerpo la estaba traicionando por completo. Cuando la insolente se atrevió a pronunciar el nombre de Benjamín para provocarme, la poca cordura que me quedaba se hizo pedazos.
Solté un gruñido y metí la mano por debajo de la mesa, desgarrando su resistencia al enterrar mis dedos en la carne firme de su muslo. Subí por su falda, buscando su piel desnuda y abrasadora.
—Él no te toca así —le sentencié al oído, mientras la obligaba a inclinar la nuca—. Él te trata como si fueras a romperte.
Sentir cómo empezaba a humedecerse bajo mi tacto me puso el sexo tan duro que me costaba respirar. Deslicé mi pulgar hacia arriba, directo a su centro, torturándola con la lentitud del trazo. Estaba hirviendo para mí en medio de un maldito lugar público, deshecha por la adrenalina del peligro y mi posesión.
Cuando rozó mis labios buscando un beso, me detuve a un suspiro de distancia. Metí un solo dedo bajo el encaje de su ropa interior, hundiéndome en su humedad, reclamando mi territorio de la forma más sucia y directa. Su gemido ahogado contra mi boca fue mi mayor victoria.
—Eres mía, Laura —le siseé, sintiéndola pulsar alrededor de mi dedo—. Y hoy vas a venir conmigo, para que te recuerde exactamente por qué ningún otro hombre podrá volver a saciarte.
Un solo gesto de mi cabeza bastó para que dejara su taza y me siguiera a la calle como una sumisa.
Verla caminar a mi costado, con sus tacones repiqueteando con urgencia sobre el pavimento, me encendió la sangre; no necesitaba tocarla para saber que su voluntad ya estaba arrodillada.
Al subir al coche, el silencio se volvió pornográfico, saturado del aroma de su miedo y del calor de su traidora piel, que aún latía por el dedo que le había metido en el café. Conducía rápido, devorando el asfalto, mientras la devoraba a ella con la mirada, saboreando la mandíbula tensa de una presa que sabe que va directo al matadero.
En el ascensor, la observé a través del espejo. Tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados de pura ansiedad. Le sonreí con una suficiencia cruel en el reflejo, recordándole con la mirada que su cuerpo me pertenecía, sin importar cuánto intentara resistirse su mente.
Apenas la puerta de mi departamento se cerró con un golpe definitivo, el mundo exterior desapareció. No hubo preámbulos ni delicadezas. La acorralé contra la pared del pasillo y, con una impaciencia salvaje, le arranqué la falda de un solo tirón, disfrutando del sonido de la tela rota. Laura me respondió con una rabia negra, enterrando sus uñas en mis hombros, transformando su culpa en un hambre feroz.
La levanté en vilo, aplastándola contra el muro frío, y me hundí en ella de una sola estocada, brutal y profunda. Follamos como animales, un choque de carne y sudor desprovisto de cualquier rastro de ternura. Con cada embestida desconsiderada, le clavaba mis dedos en las caderas, grabándole mi nombre en los huesos y reclamando su voluntad hasta dejarla vacía. Ella se arqueaba, buscando más, entregada a una oscuridad suicida mientras sus gemidos inundaban la penumbra del pasillo.
Cuando terminamos, nos quedamos tendidos con el sudor secándose sobre la piel. La abracé contra mi pecho, sintiendo sus dedos enredados en mi pelo, y sonreí en la oscuridad. Cree en su delirio que esta entrega va a derretir mi hielo, que ha ganado una tregua, sin entender que esto no es amor. Es mi derecho de conquista, y acabo de recordarle que está completamente atrapada en mi red.
Desperté con el cuerpo relajado y el sexo aún tibio por la paliza erótica que le había dado. A mi lado, Laura me miraba con esos ojos de cordero degollado, creyendo en su delirio que mi carne caliente significaba amor.
Me causaba gracia su ingenuidad, pero antes de que pudiera arrastrarla de nuevo a las sábanas para otra ronda, el maldito sonido de la llave en la cerradura me puso en guardia.
Era Isabela...
Mi esposa entró a la habitación con su maldito traje crema y su olor a flores muertas, impecable y gélida. Laura se tapó, temblando de pánico, buscando en mí una mirada de culpa que jamás encontraría.
Me senté desnudo en la cama con total indiferencia, mostrándome ante Isabela como si fuera un mueble. Intercambiamos palabras sobre su pasaporte, mientras ella barría con la mirada la falda rota de Laura y le soltaba su veneno habitual, llamándola ordinaria y recordándole que solo era una más en mi lista de repuestos.
Mantuve mi máscara de piedra...
No me inmuté. Dejé que Isabela creyera que Laura era solo carne de alquiler, otra de las tantas mujeres que uso para desquitarme de mi propia jaula.
Para que Isabela no sospechara, saqué un fajo grueso de billetes y se lo tiré a Laura a las piernas. Ella me miró con un asco que casi me hace sonreír.
—Págate un taxi y compra algo bonito, Laura. Algo que no se rompa tan fácil —le solté, obligando a mi voz a sonar fría, vacía, puramente administrativa.
Laura se levantó hecha un manojo de lágrimas, ignorando el dinero, y empezó a vestirse con una dignidad rota que me encendía las entrañas. Quise estamparla contra el colchón, lamerle las lágrimas y meterome en ella hasta que entendiera la verdad, pero me quedé quieto, mirándola con desprecio fingido mientras salía del penthouse.
Tenía que ser un bastardo...
Tenía que tasarla como una transacción frente a los ojos de mi esposa. Si Isabela llegaba a oler por un solo segundo que Laura no era un desahogo pasajero, que su boca me devolvía la vida y que su humedad era lo único que me salvaba de la muerte, la destruiría sin piedad utilizando todo el peso de nuestro imperio.
Ese dinero que tiré no era un pago; era el escudo que mantendría a Laura a salvo de la crueldad de mi contrato matrimonial.
La vi cerrar la puerta, dejándome solo en la cama con el olor de su rendición aún flotando en las sábanas.
Que me odie, que me escupa, que crea que le puse precio a sus gemidos. Prefiero que me desprecie viva y a salvo, antes de que Isabela descubra que Laura es la única mujer que posee mi corazón
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo