Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 4
A la mañana siguiente, el sonido de la alarma del celular de Arturo despertó a Kayla. Ella se incorporó lentamente y, cuando abrió los ojos, vio que Arturo ya estaba arreglado.
—¿A dónde va? —preguntó Kayla con la voz ronca, típica de alguien que acaba de despertar.
Arturo, que estaba abotonándose las mangas de la camisa, se volvió hacia Kayla.
—Tengo que regresar esta mañana, hay una cirugía de emergencia que no puede esperar y asuntos urgentes del hospital —dijo Arturo.
Kayla se sentó en la cama, un poco aturdida porque aún no despertaba del todo.
—¿Ahora? Pero si apenas ayer nosotros... —sus palabras se cortaron porque Arturo la interrumpió.
—Sabes que la agenda de un cirujano es impredecible. Ya dejé el dinero del mes en la mesa del comedor. Úsalo con prudencia, resuelve tus trámites administrativos aquí lo antes posible y luego alcánzame allá. ¿Entendido? —dijo Arturo en un tono que sonaba más a orden que a petición.
Sin darse cuenta, Kayla asintió despacio. Sentía cierto alivio al saber que no tendría que enfrentar esa incomodidad todos los días, al menos por un tiempo; pero también una opresión en el pecho por sentirse abandonada así, sin más.
Arturo se quedó en silencio un instante, observando el rostro pálido de Kayla. De forma sorpresiva, extendió la mano y le acarició la cabeza brevemente, un gesto tan rápido que casi pareció no haber ocurrido.
—Cuídate mucho aquí. No olvides llamarme si pasa algo —dijo Arturo.
Antes de que Kayla pudiera responder, Arturo ya había tomado su maleta —que quién sabe desde cuándo estaba lista— y salió de la habitación, dejándola sola.
El sonido de la puerta del departamento al cerrarse confirmó que Kayla estaba verdaderamente sola otra vez, igual que antes.
Kayla exhaló un largo suspiro y contempló el lado de la cama que ahora estaba vacío. Su estado civil había cambiado al de esposa, pero sentía que seguía siendo la misma Kayla solitaria de siempre, ahora con el peso añadido de un secreto y el miedo hacia su propio esposo.
—Ánimo, Kayla. Deberías estar contenta porque no vas a ver a tu esposo tieso por un buen rato —murmuró para sí misma.
Kayla se preparó para encargarse de todo lo que necesitaba para inscribirse en el internado médico en su universidad. Cuando fue a la cocina, sus ojos captaron algo sobre la mesa de madera minimalista: un sobre grueso de color marrón y una tarjeta de crédito adicional de color negro. Junto a ellos, había una nota escrita a mano con una caligrafía impecable, propia de un médico, pero aun así legible.
El PIN de la tarjeta es tu fecha de nacimiento. Úsala para los gastos de la universidad y tu viaje. ¡No te vayas a enfermar!
-Arturo
Kayla contempló el papel durante un buen rato.
—Qué frío. Hasta su letra se siente rígida —murmuró.
Sin embargo, no podía negar que sintió una pequeña calidez al darse cuenta de que Arturo había preparado la tarjeta a su nombre incluso antes de que se casaran oficialmente.
—Ay, ¿por qué estoy pensando en él? —dijo Kayla.
Justo cuando iba a prepararse un café, su celular vibró. El nombre de Ana apareció en la pantalla.
[Hola, cariño. ¿Ya despertaste?]
^^^[Sí, mamá. Acabo de levantarme, pero ya me estoy preparando para ir a la universidad]^^^
[¿Arturo ya se fue?]
^^^[Sí, mamá. ¿Cómo supiste?]^^^
[Se despidió de tu papá por teléfono hace un rato. Me siento mal, apenas llevan un día de casados y ya te dejó por el trabajo]
^^^[No te preocupes, mamá. Kayla entiende, la profesión de médico es así]^^^
[Qué bueno que no estés enojada. Ah, por cierto, Kayla, tu suegra Emma llamó hace rato. Dice que si necesitas ayuda con los trámites o los boletos, la contactes directamente, que no te dé pena]
^^^[Sí, mamá. Luego le aviso a Emma]^^^
[Bueno, descansa. Aprovecha este mes para relajarte antes de que empieces las prácticas clínicas allá]
^^^[Sí, mamá. Por cierto, ¿papá y tú ya se fueron?]^^^
[Sí, tu papá y yo ya vamos de camino a casa. No sabíamos que Arturo iba a regresar tan pronto, perdón, cariño]
^^^[No hay problema, mamá. Kayla entiende, además solo voy a estar aquí un poco más, porque después también me voy a mudar allá]^^^
[Te esperamos en casa]
^^^[Sí, mamá]^^^
Después de eso, la llamada terminó.
—Parece que a papá y mamá les encanta Arturo. Eh, pero ¿cómo le digo? No le puedo decir solo Arturo. Se siente raro. Si le digo "cariño", me da cosa. ¿Le digo "mi amor"? Ay, no sé. Tengo que platicarlo con él, a ver cómo quiere que le diga —murmuró Kayla.
Las semanas siguientes las pasó Kayla ocupada con los trámites de inscripción para su internado médico. Lo extraño era que Arturo nunca la llamaba; su comunicación se limitaba a mensajes breves que no reflejaban en absoluto una relación de esposos: Arturo solo preguntaba por la inscripción de Kayla o si ya se le había acabado el dinero.
No había preguntas sobre cómo estaba, no había palabras de cariño. Kayla sentía que eran más bien socios de negocios que marido y mujer. Sin embargo, eso justamente le permitía sentirse segura en su propia zona de confort.
Hoy era el último día de Kayla aquí. Mañana regresaría para comenzar su internado médico. Solo necesitaba preparar sus cosas, ya que Arturo se había encargado de todo lo relacionado con su viaje de regreso.
En lugar de sentirse feliz por volver a su ciudad natal y reencontrarse con su esposo, Kayla estaba triste porque su libertad estaba a punto de terminar y un nuevo capítulo de su vida junto al esposo al que le temía estaba por comenzar.
Esta última noche se sentía muy silenciosa para Kayla. Estaba sentada en medio de la habitación, rodeada de maletas enormes, contemplando cada rincón del departamento que le había brindado tanta paz durante todo ese tiempo.
Mañana, Kayla no solo regresaría como estudiante de medicina que iniciaría sus prácticas clínicas, sino también como la esposa de un hombre rígido llamado Arturo, de quien hasta ahora Kayla no sabía prácticamente nada.
La presentación tan breve y la boda tan repentina, sumadas a la actitud tan fría de Arturo, hacían que Kayla no se atreviera a preguntar más sobre él. También le daba vergüenza preguntarles a sus padres o a sus suegros.
—Lo único que sé es que Arturo es médico, pero ni siquiera sé en qué hospital trabaja. Si resulta que trabaja en el mismo hospital donde voy a hacer mis prácticas, sería genial, podría pedirle ayuda. Si no entiendo algo, le puedo pedir que me explique o que me cubra. Ojalá Arturo esté en el mismo hospital que yo. Si fuera así, significaría que de verdad estamos destinados, jeje —murmuró Kayla.
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Continuará…