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DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Fantasía épica / Aventura
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Nadie nota que estoy aquí

El jardín de la mansión Hale era un lugar hermoso, caro y profundamente solitario a las dos y media de la madrugada. La luna se escondía detrás de nubes grises, proyectando sombras que parecían moverse solas entre los setos recortados con obsesión geométrica. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, sin prisa. Si alguien me veía, diría que era un esposo aburrido buscando un lugar para vomitar o fumar a escondidas. Una imagen perfectamente creíble. Nadie sospecha del que no importa. Nadie vigila al mueble.

Y eso era lo mejor de todo: nadie me miraba, así que yo podía mirarlo todo.

Pasé junto a la ventana del cuarto de Victoria. Estaba encendida. La vi de pie, de espaldas a mí, mirando hacia el jardín. Esperando. No bajé la mirada ni aceleré el paso. Si ella estaba ahí, sabía que iba a ir. Y si sabía… bueno, que lo supusiera. A veces la incertidumbre duele más que la verdad.

El invernadero apareció al final del sendero, una estructura de cristal que brillaba débilmente bajo la luz de la luna, como un sueño congelado. El aire se volvió húmedo y cálido apenas empujé la puerta. El olor a tierra mojada, flores nocturnas y madera vieja me envolvió de golpe. Estaba lleno de plantas exóticas, algunas tan raras que costaban más que un coche deportivo, otras tan venenosas que un roce bastaba para enviar a alguien al hospital. Qué lugar tan perfecto para una conversación peligrosa.

—Llegaste —dijo una voz entre las hojas.

Alice Gunter estaba de pie junto a un helecho gigante, vestida de negro, casi invisible entre las sombras. No se giró de inmediato. Parecía estar acariciando las hojas de una planta venenosa con una familiaridad inquietante.

—Y aquí pensando que me había equivocado de cita —dije, entrando y dejando la puerta entreabierta detrás de mí—. Normalmente cuando me invitan a salir, me dicen el lugar en persona, no dejan notas escondidas como si estuviéramos planeando robar el banco central. Muy romántico, eso sí. Le doy un diez de diez en misterio.

Ella se giró. Sus ojos brillaban en la penumbra, grandes, oscuros, y terriblemente tristes.

—No estoy aquí para juegos, Adrian. O como debería llamarte… —hizo una pausa, tragando aire como si le doliera decirlo—. No importa. Lo que importa es que estás vivo. Y eso… eso cambia todo.

—Sí, la vida es una sorpresa maravillosa —dije, acercándome despacio, sin darle la espalda—. Especialmente cuando despiertas en un cuerpo que no es el tuyo y te casas con una mujer que te mira como si fueras un error de cálculo. ¿Te suena familiar eso, Alice? ¿O es una coincidencia?

Ella dio un paso hacia mí, y vi que sus manos temblaban.

—No soy como tú —susurró—. Yo no elegí esto. Fui arrastrada. Obligada a fingir. A ser la cara bonita de algo sucio. Pero tú… tú eres diferente. Tú lo hiciste por algo. Por alguien.

—¿Alguien? —repetí, rascándome la cabeza con fingida confusión—. Vaya, qué misterio. ¿Me estás diciendo que tengo una misión? ¿Una identidad secreta? ¿Y yo que pensaba que solo era bueno para gastar dinero y estorbar? Qué decepción saber que tengo propósito. Me gustaba más ser inútil.

Alice apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Deja de fingir conmigo —su voz se quebró—. Sé quién eres. Sé de dónde vienes. Y sé que ellos también lo saben. Por eso te vigilan. Por eso me enviaron a mí.

—¿Te enviaron? —me detuve. El tono de broma se desvaneció un instante, aunque mi sonrisa no cambió—. ¿Quién te envió? ¿Miller? ¿La junta? ¿O alguien que ni siquiera Victoria se atreve a nombrar?

—No puedo decirte —murmuró, bajando la mirada—. Si lo hago… si digo su nombre… lo que pasó antes se volverá a repetir. Y esta vez no habrá vuelta atrás. Solo te diré una cosa: no confíes en nadie. Ni en los que te odian, y mucho menos en los que te empiezan a creer. El peligro no está afuera… está dentro de estas paredes. Y ya está aquí.

—Misterioso —asentí—. Muy cinematográfico. Supongo que ahora me dirás que uno de los empleados es un espía, ¿no? ¿El jardinero? ¿La cocinera? ¿O tal vez… el ama de llaves que me mira como si quisiera envenenarme el té todas las mañanas?

Alice se quedó helada. Levantó la vista despacio, con los ojos muy abiertos.

—Tú… ya lo sabías.

—¿Sabía qué? —dije, encogiéndome de hombros—. Solo estaba adivinando. Martha es muy amable, ¿no? Siempre me sonríe. Cuando no me está mirando con asco. Es una sonrisa muy… dedicada.

—Martha —susurró Alice, como si el nombre le quemara en la lengua—. Es la cabeza de puente. La que vigila cada movimiento. La que reporta cada palabra, cada mirada, cada vez que te levantas de madrugada para ir a un invernadero. Ella trabaja para ellos. Y no es la única.

Me quedé quieto. Martha. El ama de llaves que me odiaba con tanta devoción. Que me trataba como basura. Que entraba sin llamar y salía sin despedirse. Todo el tiempo pensé que era desprecio personal. Nunca pensé que era trabajo.

—Vaya —murmuré—. Y yo que creía que solo le caía mal. Qué profesionalidad. Alguien le paga para odiarme. Qué halagador.

—No te burles —suplicó ella—. Tu vida corre peligro. La de Victoria también. Si descubren lo que eres… lo que puedes hacer… te destruirán antes de que salga el sol. Ya lo intentaron una vez. No dejes que lo logren esta vez.

—¿Una vez? —me acerqué un paso, la voz baja y firme—. ¿Qué pasó una vez, Alice? ¿Con el verdadero Adrian? ¿Qué le hicieron?

Ella abrió la boca para responder, pero de pronto se congeló. Su mirada se fue hacia la puerta del invernadero, entreabierta. El viento se movió. Una hoja seca raspó el suelo de piedra. Y entonces lo escuché: unos pasos. Lentos. Pesados. Detrás de nosotros.

Me giré de golpe. No había nadie. Pero la puerta estaba más abierta que antes. Y en el suelo, justo donde había estado apoyada, había una huella de barro fresco. Alguien había escuchado. Alguien se había ido justo antes de que lo viéramos.

—Se fue —dije, caminando hacia la puerta sin salir—. Pero escuchó. Todo.

—Ahora saben que hablé contigo —Alice se llevó las manos a la cara, temblando—. Me matarán. Me matarán por hablar.

—No te matarán —dije con calma—. Te vigilarán. Para ver qué les cuento yo. Para ver si revelo algo que no deben saber. Ahora eres cebo, Alice. Y yo soy el pez. Qué conveniente.

Me giré hacia ella, serio por primera vez.

—Escúchame bien. Si quieres sobrevivir, no te escondas. No te alejes. Sigue actuando como si nada hubiera pasado. Si te preguntan, diles que me reconociste de una película, que me confundiste con alguien, que te equivocaste. Lo que sea. Pero no menciones la nota. No menciones la mariposa. Y no vuelvas a buscarme hasta que yo te busque a ti. ¿Entendido?

Ella asintió, con lágrimas en los ojos.

—¿Y tú? ¿Qué harás?

—Yo —dije, mirando hacia la mansión, donde la luz del cuarto de Victoria seguía encendida— voy a seguir siendo el esposo inútil que tropieza con todo y no entiende nada. Porque mientras todos crean que soy un idiota… nadie se dará cuenta de que estoy desmantelando su casa ladrillo a ladrillo.

Di media vuelta y salí del invernadero. El frío de la madrugada me recibió de golpe. Miré hacia la ventana de Victoria. La luz se apagó justo en ese instante.

—Perfecto —murmuré, caminando de regreso a la casa—. Ahora tengo una espía en la cocina, otra en el salón, una actriz misteriosa que me busca, una esposa que no sabe si confiar en mí… y un enemigo que escucha detrás de las puertas. Qué familia tan encantadora.

Entré por la puerta trasera con el sigilo de un fantasma. Subí las escaleras. Pasé por el cuarto de Victoria. La puerta estaba cerrada. Al llegar a mi habitación, me detuve un instante antes de entrar. En el suelo, justo debajo de la puerta, había algo que no estaba ahí cuando salí.

Una nota, doblada en cuatro. Sin firma. Solo una frase, escrita con elegancia fría:

"Sé que saliste. Sé a dónde fuiste. Y no te preocupes… no diré nada. Todavía."

Sonreí. Casi con ternura.

—Bien, Victoria —susurré para mí mismo—. Finalmente empiezas a mirar.

Entré, cerré la puerta y me quité la chaqueta como si nada hubiera pasado. Me acosté, apagué la luz y cerré los ojos. No dormí. No lo necesitaba. Estaba calculando. Martha es espía. Alice es aliada o peón. Victoria sospecha. Y alguien más… alguien que mueve los hilos desde muy lejos… se está acercando.

—Que vengan —murmuré en la oscuridad—. Cuantos más sean, más fácil es tropezar con ellos por accidente. Y yo soy muy bueno tropezando.

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