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Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Status: En proceso
Genre:Hijo/a genio / Fantasía épica / Amor prohibido
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.

Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.

Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.

Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.

Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.

Pero ya es demasiado tarde.

Seraf ha decidido llevársela a casa.

La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El recuerdo de la llama

La habitación era amplia, de techos altos y paredes de piedra oscura, con cortinas de terciopelo pesado que filtraban una luz tenue y dorada, como si el sol se atreviera a entrar allí con respeto. Estrella estaba sentada al borde de la cama, abrazándose a sí misma, con la ropa limpia y suave que le habían dado, pero sin dejar de temblar. No podía dejar de mirar la puerta, ni de cerrar los ojos y verlo a él: su sonrisa, sus ojos dorados que la miraban como si ella fuera lo único que importaba, la forma en que su voz la envolvía como una manta cálida… y luego el fuego, las alas, la verdad que le había partido el alma en dos.

Y entonces, sin querer, empezó a recordar.

Lo conoció en los senderos que rodeaban el Templo de la Luz, un atardecer de sol suave y aire perfumado de flores silvestres. Ella caminaba rezando, con la cabeza baja, cuando chocó contra él. Era un joven desconocido, de cabello dorado como el sol de la mañana y unos ojos que brillaban como oro líquido, tan hermoso que por un instante pensó que era un ángel enviado por los dioses. Se disculpó con prisa, bajando la mirada, las mejillas ardiendo, pero él le sonrió —una sonrisa suave, amable— y le dijo que no tenía por qué apenarse.

—¿Puedo saber el nombre de la muchacha que se ha llevado mi aliento de un choque? —le preguntó, con una voz que le hizo cosquillas en el estómago y le subió el rubor hasta las orejas.

—Estrella —susurró ella—. Me llamo Estrella.

Desde ese día, él aparecía siempre donde ella estaba. No era insistente, no era grosero. Le hablaba de cosas que nadie le hablaba nunca: de mundos más allá de las montañas, de estrellas que no eran las de sus libros sagrados, de sentimientos que no tenían nombre en las escrituras. La escuchaba. La miraba como si ella fuera la única cosa brillante en un mundo de sombras. Y ella, que había vivido toda su vida entre oraciones y reglas estrictas, se sintió vista por primera vez. Se sintió especial.

Sabía que estaba prohibido. Sabía que como futura sacerdotisa debía guardar pureza de cuerpo y corazón, que no debía entregarse a nadie, que su vida pertenecía al culto y a la profecía. Pero cada día que pasaba, él se abría paso en su alma como el sol entre la niebla. Le decía que la luz no era solo lo que rezaba en el altar, que también era el calor de una mano, el latido acelerado del corazón cuando se está cerca de la persona amada, el deseo de estar junto a alguien por encima de todo.

—¿Acaso los dioses nos dieron el corazón para no sentirlo? —le susurró una noche, bajo un cielo lleno de estrellas que parecían reflejarse en sus ojos dorados, cuando por fin se besaron—. ¿Acaso nos hicieron capaces de amar para condenarnos por ello?

Ella quiso resistirse. Lo intentó con todas sus fuerzas. Le dijo que no podían, que era pecado, que estaba rompiendo todo lo que le habían enseñado desde niña. Pero él la abrazó y le dijo que no era pecado, sino verdad. Su verdad. Y ella, que nunca había tenido nada propio, que toda su vida le habían dicho qué ser, qué pensar, qué sentir… quiso elegir. Quiso ser suya.

Se entregó a él sin dudarlo, pese a todo, pese a la prohibición, pese al miedo que intentaba advertirla. Lo hizo con el alma desnuda, con la confianza absoluta de quien cree que ha encontrado su hogar. Le dio todo: su cuerpo, su corazón, su fe, su futuro. Pensó que él la amaba tanto como ella a él. Pensó que lo que tenían era sagrado, más sagrado que cualquier oración.

Cuando terminó, cuando ya no había vuelta atrás, él se levantó de la cama sin decirle quién era, sin revelar nada. Solo se giró hacia ella y le dijo con voz firme, sin dejar lugar a dudas:

—Vístete. Vendrás conmigo.

Estrella se quedó sentada, confundida, el corazón todavía desbocado. Negó con la cabeza, abrazándose a sí misma.

—No… no puedo. Tengo que volver al templo, tengo mis deberes…

Él se acercó entonces, la miró con esos ojos dorados que la atrapaban sin cadenas, y le dijo con una calma que heló su sangre:

—Ya eres mi mujer. ¿Vas a desobedecer a tu hombre?

Ella se quedó sin palabras. No le reveló su nombre, ni su linaje, ni su destino. Solo le recordó lo que ya era suyo. Y ella, que se había entregado con el corazón desnudo, no supo cómo negarse. Se vistió con lo que alcanzó, temblando, y lo siguió al exterior. Allí, bajo el cielo abierto, su cuerpo empezó a brillar con luz dorada, las alas le crecieron, la forma se le alargó y transformó… y Estrella cayó sentada sobre el pasto, boquiabierta, sin poder creer lo que veía ante sus ojos. Él se había convertido en un dragón inmenso y espléndido de escamas de oro. La miró, y con una de sus garras la tomó con cuidado entre sus dedos, y alzó el vuelo, llevándola consigo hacia su reino, hacia su castillo, hacia un destino que ella no había elegido.

La puerta se abrió de golpe.

Estrella levantó la cabeza de un salto, los ojos llenos de lágrimas que se le escapaban sin poder evitarlo, el corazón disparado contra las costillas. Serafín entró, ya bañado, con el cabello dorado aún húmedo que le caía sobre la frente, vestido con ropas oscuras y finas bordadas en oro, caminando con esa calma arrogante que parecía llevar siempre consigo. La miró, y por un instante no pudo distinguir si en sus ojos había triunfo, satisfacción… o algo más que no se atrevía a nombrar.

—Pensé que estarías despierta —dijo él, cerrando la puerta tras de sí y echando el cerrojo con un clic suave y definitivo—. Me alegra que me estuvieras esperando.

Estrella se encogió hacia atrás, hasta que su espalda tocó la cabecera de la cama.

—¿Por qué? —susurró ella, con la voz quebrada—. ¿Por qué me hiciste esto?

Serafín se detuvo a unos pasos de ella y ladeó la cabeza, como si la pregunta le resultara extraña.

—Porque eres mía, Estrella —dijo, con una calma que heló la sangre de ella—. Y lo que es mío, lo cuido. Lo protejo. Y lo tengo cerca.

Se acercó un paso más, y ella, pese a todo, pese al dolor y la rabia y el miedo, sintió que su corazón se aceleraba no de terror… sino de anhelo. Lo amaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser, y lo amaba con la misma fuerza. Y eso, pensó con desesperación, era lo peor de todo.

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