Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 9
El sol de la mañana entraba suave por la ventana de la cocina, iluminando la mesa de madera donde Ottavia estaba preparando el desayuno. Nereo había salido temprano, sin despedirse siquiera como era su costumbre, y ella lo había dejado ir sin decir una palabra, sabiendo que cada distancia entre ellos era definitiva. Se sirvió una taza de café y se sentó, mirando el jardín sin verlo, con la mente llena de pensamientos que giraban sin descanso.
El teléfono sobre la mesa vibró con un sonido breve y desconocido. Frunció el ceño: no reconoció el número. Lo tomó con cautela y leyó el mensaje:
«Sé lo que está pasando. Sé la verdad. No está sola. Puedo ayudarla. Pero la decisión de dar el primer paso es solo suya.»
El corazón le dio un vuelco. Se quedó mirando la pantalla con los labios entreabiertos, el café enfriándose entre sus manos. ¿Quién sabía? ¿Quién podía haberlo averiguado? ¿Sería una trampa? ¿Alguien que quería aprovecharse de su dolor? Con dedos temblorosos respondió:
«¿Quién eres? ¿Cómo sabes algo que nadie debería saber?»
La respuesta llegó casi al instante:
«Alguien que la vio cuando nadie más lo hacía. Alguien que respeta lo que usted vale. No tema. No le haré daño.»
Ottavia respiró hondo, apretando el teléfono contra el pecho. Y entonces lo supo. Solo había una persona que la había mirado así, que había visto más allá de la máscara que ella llevaba puesta durante años. Sus dedos se movieron despacio sobre la pantalla:
—¿Es usted? —susurró mientras escribía—. ¿Señor Salvetti?
«Soy Lorenzo. Y prefiero que me llame así.»
Cerró los ojos un instante, sintiendo una mezcla de temblor y alivio que la recorrió entera. Él sabía. No sabía los detalles, pero sentía lo que ella vivía. Y se le acercaba no para juzgarla, sino para tenderle una mano. Escribió con cuidado:
—¿Cómo se enteró? Nadie lo sabe. Ni siquiera mis hijos.
«No necesito pruebas para ver lo evidente. Lo vi en sus ojos aquella noche en el evento. Vi el dolor que intentaba ocultar. Y vi la clase de hombre que tiene a su lado. No soy un adivino, Ottavia. Solo sé leer a las personas.»
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia la calle con la sensación de que él podía verla a ella también. —¿Por qué lo hace? —preguntó en voz alta antes de escribirlo—. ¿Qué gana usted con esto? Somos rivales por todo lo que su esposo representa. Podría destruirme.
«No destruiría algo que apenas empieza a florecer. No busco dañarla. Busco darle lo que merece: ser escuchada, ser respetada, ser usted misma. Y sí, hay también algo de justicia en esto. Pero no la involucraría si no creyera que es fuerte suficiente para caminar por sí sola.»
Las palabras le llegaron al alma como un abrazo que no esperaba. Se sentó de nuevo, con lágrimas que esta vez no eran de tristeza, sino de algo parecido a la esperanza:
—Tengo miedo. Si Nereo se entera… si alguien se entera… dirán que soy la culpable, que me aprovecho, que rompo la familia. Nadie me entenderá.
«El miedo no debe ser quien decida su camino. La sociedad juzga siempre a la mujer y perdona al hombre. Pero usted ya no necesita la aprobación de nadie. Solo necesita la suya. ¿Va a dejar que decidan por usted el resto de su vida?»
Se quedó mirando esas líneas largo rato. Tenía razón. Durante diez años había vivido para complacer a todos: esposo, hijos, familia, conocidos. Y nadie se había detenido a pensar en ella. Nadie excepto él.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si confío y me rompo el corazón? —escribió con el pecho apretado.
La respuesta fue rápida y firme:
«Si se rompe, aquí estaré para ayudarla a reconstruirse. Pero no se equivoca al querer ser libre. Eso nunca es un error. Solo depende de usted dar el paso. Yo no la obligaré a nada. Solo estaré esperando si decide venir.»
Ottavia dejó el teléfono sobre la mesa y se llevó las manos al rostro. Duda y miedo luchaban contra algo más fuerte: la certeza de que esta era la oportunidad que había estado esperando sin saberlo. No era solo venganza contra Nereo. Era recuperar su vida. Era dejar de ser la esposa callada y convertirse en la mujer que siempre debió ser.
Miró a su alrededor, a la casa donde había pasado la mayor parte de su vida, y comprendió que allí ya no le quedaba nada que la retuviera excepto el hábito y el miedo. Respiró hondo, tomó el teléfono con determinación y escribió:
—¿Dónde? ¿Dónde podemos hablar sin que nadie nos vea?
«Le enviaré la dirección. Un lugar tranquilo, privado. Nadie nos molestará. Tómese su tiempo. No tiene que responder ahora.»
—No necesito tiempo —respondió ella con el corazón latiéndole con fuerza—. Ya esperé demasiado. Y no voy a esperar más. Dígame dónde y cuándo. Estaré ahí.
Envió el mensaje y soltó el aire que había estado conteniendo. Una sonrisa tímida pero verdadera le apareció en los labios. No sabía qué pasaría después. No sabía si saldría herida o si triunfaría. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que no estaba sola. Y que al otro lado del camino había alguien dispuesto a verla, a escucharla y a respetarla tal como era.
—Voy a ir —se prometió a sí misma—. Y sea lo que sea lo que venga, lo enfrentaré con la cabeza alta. Porque merezco más que ser solo la esposa de alguien. Merezco ser yo. Ottavia.
El teléfono vibró una vez más. Lo leyó y sintió que el pecho se le llenaba de calma:
«La estaré esperando, Ottavia. Y no se arrepentirá.»
—¿Y si todo sale mal? —murmuró Ottavia, mirando la pantalla una última vez antes de guardar el teléfono—. ¿Y si me juzgan? ¿Y si pierdo todo?
Pero entonces recordó la mirada de Lorenzo y la firmeza de sus palabras, y respondió en voz alta, con la cabeza erguida:
—Ya perdí lo más importante: mi tiempo, mi confianza y mi paz. Lo demás… solo es lo que me queda por recuperar. Y no voy a dejar que el miedo me detenga ahora. No cuando por fin tengo una oportunidad de ser yo misma.
Se levantó, se miró al espejo y sonrió con una mezcla de temor y valentía:
—Voy. Y sea lo que sea lo que me espera… ya no vuelvo atrás.