Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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El amanecer entre cadenas
La luz grisácea del amanecer se filtraba entre las cortinas pesadas, dibujando franjas pálidas sobre las sábanas revueltas. Johan despertó con el cuerpo entero dolorido, como si le hubieran golpeado hueso por hueso. No necesitó abrir los ojos del todo para saber que no estaba solo. El calor denso y la presencia inmensa lo llenaban todo.
Se giró despacio, con cautela. Adrián dormía de espaldas a él, el pecho ancho subiendo y bajando con calma absoluta. Parecía otro hombre: sin la dureza del día anterior, sin la frialdad en la mirada. Casi… vulnerable. Casi.
Johan se incorporó de golpe. Un dolor agudo le recorrió la espalda y las caderas, recordándole cada instante de la noche anterior. Se miró el cuerpo: la piel marcada por dedos, por mordiscos, por la posesión que no pidió ni quiso. Y en su cuello, justo donde la marca del alfa latía con un calor constante, algo había cambiado.
[⚠️ ALERTA — VÍNCULO PARCIALMENTE ESTABLECIDO.]
[Lazo de unión: 38% completado.]
[No se puede romper por voluntad propia.]
Johan sintió que el aire se le escapaba.
—¿Qué… qué significa eso? —susurró, llevándose una mano temblorosa al cuello.
[El alfa te ha marcado durante la unión nocturna. El vínculo avanza sin detenerse. Al 100%, serás suyo para siempre.]
—No… —murmuró, la voz quebrada—. No pedí esto. No quiero esto.
—¿Con quién hablas?
La voz profunda lo tomó por sorpresa. Adrián se había girado, apoyado en un codo, mirándolo con esos ojos oscuros que parecían verlo todo. No había culpa en su mirada. Ni siquiera duda. Solo… propiedad.
Johan se cubrió con la sábana, retrocediendo hasta chocar contra el cabecero.
—Conmigo mismo. Algo que te importa muy poco.
Adrián se acercó, despacio, con esa calma de depredador que sabe que la presa no tiene adónde ir. Pasó un dedo por la marca del cuello, haciendo que Johan temblara de rabia y no de placer.
—Te sientes así porque eres mío ahora —dijo el alfa, con una seguridad absoluta—. Tu cuerpo lo sabe. Tu olor ha cambiado. Eres mi amante. Mi omega. Nadie más puede tocarte. Nadie más puede mirarte.
—¿Y eso te hace feliz? —escupió Johan, con los ojos ardiendo—. ¿Poseerme cuando yo no quería nada de esto? ¿Sentirte poderoso porque tienes el control de mi cuerpo?
Adrián frunció el ceño. No esperaba resistencia. No esperaba fuego en lugar de sumisión.
—Te di todo lo que un omega podría desear. Un lugar. Protección. Mi marca.
—Me diste una jaula —replicó Johan, sin bajarle la mirada—. Y llamaste regalo a lo que es prisión.
El alfa se tensó. La mano que reposaba en su cuello se cerró con suavidad, pero con advertencia clara.
—Cuidado, Johan. La obediencia te ahorra dolores. Ya lo aprendiste anoche.
Johan tragó saliva, pero no apartó la vista.
—Anoche me enseñaste lo que eres capaz de hacer. No lo que soy capaz de soportar. Hay una diferencia enorme.
Adrián lo soltó de golpe, como si le quemara. Se levantó de la cama, desnudo, sin rastro de vergüenza, mientras se dirigía al vestidor.
—Esta noche es la cena de compromiso —dijo, sin mirarlo—. Te quedarás aquí. No hagas ruido. No intentes salir. Si te descubren, no solo te castigaré a ti. Habrá consecuencias.
—¿Consecuencias para quién? —preguntó Johan, alerta.
Adrián se detuvo en el umbral, medio girado hacia él.
—Para cualquiera que vea lo que no debe. Y para ti, sobre todo.
La puerta se cerró. Johan quedó solo de nuevo, con el cuerpo herido, el vínculo creciendo dentro de él y una certeza fría clavada en el pecho: si no hace algo pronto, la trama lo consumirá antes de que logre cambiarla.
Se levantó, ignorando el dolor. Se acercó al espejo. La marca en su cuello brillaba levemente, roja viva, imposible de ocultar del todo.
[Vínculo: 41% — En aumento…]
—Veremos —susurró a su reflejo, con una sonrisa amarga pero decidida—. Veremos quién termina siendo la prisión.