Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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LA PÉRDIDA
La madrugada cayó pesada, como si la luna misma contuviera el aliento. Me desperté de golpe, sin saber por qué, con el corazón acelerado. Antes de que pudiera calmarme, escuché el grito.
Fue un sonido desgarrador, animal, que rasgó el silencio de la Ciudadela y heló la sangre en mis venas. Venía del ala oeste. De los aposentos de Wynne.
Corrí hacia la puerta. Elara entró pálida, temblando:
—Señorita… es ella. El bebé… se ha despertado gritando de dolor. La sangre… dicen que hay mucha sangre.
Salí al pasillo. Ya había gente: sirvientas que corrían, guardias que hablaban en voz baja, la sanadora jefe entrando de prisa con su caja de hierbas. Las puertas de los aposentos de Wynne estaban abiertas de par en par, y de allí salía el llanto roto de Kaelen, un sonido que nunca creí escuchar de un Alfa.
Me acerqué, despacio, sin llamar la atención. Nadie me detuvo. Al cruzar el umbral, vi la escena: Wynne estaba en la cama, pálida como la muerte, empapada en sudor y lágrimas. Sus manos apretaban las sábanas con desesperación. Kaelen estaba arrodillado junto a ella, abrazándola, intentando calmarla, con el rostro desencajado por el terror.
—¡Mi bebé! ¡Me lo han quitado! —gritaba ella, con la voz quebrada—. ¡Lyanne! ¡Fue Lyanne! ¡Ella lo hizo! ¡La esposa celosa nos ha envenenado!
Kaelen levantó la cabeza de golpe. Sus ojos dorados, antes cálidos, ahora estaban oscurecidos por el dolor y la furia. Cuando me vio, se puso de pie de un salto, con los puños cerrados, como si fuera a lanzarse sobre mí.
—¡Tú! —bramó, y su voz retumbó en la habitación—. ¡Dime que no es verdad!
Me quedé inmóvil en el umbral, sin retroceder, sin bajar la mirada. Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo: de la certeza fría de que la tragedia había llegado, y con ella, mi oportunidad.
—No fui yo —dije, con voz firme, lo suficientemente clara para que todos oyeran—. Jamás le haría daño a un inocente. Ni a ella.
—¡Mentira! —chilló Wynne, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Me enviasteis una infusión! ¡Dijisteis que era para el mareo! ¡Después de beberla empezó todo! ¡Eres una asesina! ¡Una loba cruel desde la cuna!
La frase me golpeó como un latigazo, pero no me quebré. Miré a Kaelen a los ojos, directo al alma:
—Alteza, llevo esa misma infusión todas las noches. No tiene veneno. Si quería hacerle daño, ¿creéis que lo haría con algo que lleva mi sello? ¿Tan estúpida soy en vuestros ojos?
Él dudó. La rabia seguía ahí, pero la duda empezó a filtrarse, lenta y pesada. En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Entró la anciana Alfa Mara. No corría. No gritaba. Caminó con paso lento y pesado, como quien lleva el peso de todo el linaje sobre los hombros. Miró la cama, vio la sangre, vio a Wynne llorando, y su expresión no cambió.
—Basta —dijo, y una sola palabra acalló todo el llanto y los gritos—. La sanadora ya lo ha dicho. El feto no sobrevivió. No había veneno en la sangre. Fue… debilidad natural. El cuerpo lo rechazó.
—¡Mentira! —aulló Wynne—. ¡Ella lo hizo! ¡Lo sé! ¡Quería destruirme!
—No hay rastro de veneno —repitió Mara con frialdad, acercándose a la cama—. Y si hubiera veneno, lo habría encontrado. No culpes a la luna por tu debilidad. El linaje exige fuerza. Si no la tienes… no es culpa de nadie.
Kaelen se quedó sin palabras. Miró a su madre, luego a mí, y finalmente a Wynne. La confusión y el dolor lo destrozaban. Quería culparme, necesitaba culparme… pero no tenía pruebas. No tenía nada.
—Retírense todos —ordenó Mara—. Kaelen, quédate con ella. Pero recuerda: el dolor no te da derecho a acusar a tu esposa sin motivo. Y la justicia del clan no se rige por lágrimas.
Salí de la habitación. Elara me esperaba fuera, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar. Caminamos en silencio hasta llegar a mis aposentos. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la madera y solté el aire que había estado conteniendo durante todo el rato.
—Señorita… —susurró Elara—. ¿Vos…?
—No —la interrumpí, y mi voz sonó cansada, extraña—. No fui yo. Pero sabía que podía pasar. Mara lo sabía. Y lo permitió.
—¿La Alfa…?
—Ella lo dijo claro: un hijo de sangre humilde no puede sentarse en el trono. —Me pasé una mano por el rostro, sintiendo el frío de la verdad—. No sé si fue ella quien lo hizo, o si fue el destino, o si Wynne lo perdió por su propia debilidad. Pero lo que sí sé es esto: el niño… murió porque no era bienvenido en este mundo. Ni por mí, ni por la ley, ni por la luna.
Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos, limpias, pero que pronto se mancharían de otras cosas.
—Kaelen me odia ahora —dije suavemente—. Cree que soy capaz de matar a su hijo. Y en cierto modo… tiene razón. No lo hice, pero no lloré por él tampoco. Soy mala, Elara. Mala desde la cuna, como ella dijo. Y no puedo cambiarlo.
—No sois mala —dijo la sirvienta, arrodillándose ante mí—. Sois fuerte. Y esto… esto no es vuestra culpa.
—La culpa es de quien sobrevive —respondí, levantándome y yendo hacia la ventana—. Y yo sobreviviré a esto. Sobreviviré a su dolor, a su odio, a todo. Porque ahora… ya no hay nada que me ate a su misericordia. A partir de hoy, la guerra es abierta. Y cuando la guerra es abierta… no hay reglas.
Miré hacia el ala oeste, donde las luces seguían encendidas, donde el llanto de Kaelen aún se escuchaba de vez en cuando, ahogado y desgarrador.
—Llora ahora —susurré a la oscuridad—. Llora todo lo que quieras. Pero cuando dejes de llorar… no encontrarás consuelo en mí. Porque yo no soy la consuelo. Soy la espada. Y esta espada… empieza a desenvainarse hoy.
Esa noche no escribí en mi cuaderno. No necesitaba. Lo que había pasado quedaría grabado en mi memoria, en mi piel, en cada latido de mi corazón. La inocencia que aún me quedaba… murió junto con ese niño. Y lo que quedaba en su lugar era algo más duro, más frío, más peligroso.
Cuando saliera el sol, la Ciudadela seguiría en pie. Pero nada volvería a ser igual. Yo no sería la dulce esposa, ni la amable mujer. Sería lo que ellos hicieron de mí: la loba que no perdona, que no olvida, que toma lo que le pertenece sin pedir permiso.
Y la primera víctima de todo esto… no sería yo. Sería el mundo que los hizo a todos tan crueles.