A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 29
Capítulo 29: Las rosas no eran suyas
Los días que siguieron a la separación fueron, contra todo pronóstico, los más dulces que había tenido en años.
Con los Bracamonte fuera de mi vida y don Ignacio haciéndome compañía en la casa, por fin pude respirar. Y aproveché para terminar mi proyecto secreto. En el pequeño taller que Max me había mandado montar en un cuarto de Villa del Roble —sin que yo se lo pidiera, claro, como todo lo que hacía—, pulí, engasté y rematé los anillos de enredadera. Dos aros de oro que parecían tallos trenzados, uno con el diamante de color, otro con el rubí. Por dentro, con una lupa y un buril y muchísima paciencia, grabé nuestras iniciales entrelazadas y la fecha en que firmamos en el Registro Civil. El día que, sin saberlo, había empezado todo.
Los guardé en su estuche, esperando que Max volviera de su viaje para ponérselos. Me imaginaba su cara. Bueno, me imaginaba la quietud con que disimularía su cara, que en él era casi lo mismo. A lo mejor no decía nada, como casi nunca decía nada. Pero yo ya había aprendido a leerlo: se le tensaría un músculo de la mandíbula, le brillarían los ojos un segundo, y se quedaría mirando el anillo más tiempo del necesario. Ese era su modo de emocionarse. Yo había aprendido su idioma, el de los silencios, igual que de niña aprendí a leer labios. Resultaba que toda la vida me había estado entrenando, sin saberlo, para entender a un hombre que no sabía hablar de lo que sentía.
Cada noche sacaba los anillos del estuche, los pulía con un paño aunque ya no hiciera falta, y ensayaba en voz baja lo que le iba a decir cuando se los pusiera. Nunca me salía. Las palabras grandes nunca me salían en voz alta. Por eso las grababa en el metal, donde no podían temblarme.
Y luego estaban las rosas.
Desde hacía días, cada mañana, llegaba a Villa del Roble un ramo de rosas rojas, sin tarjeta. Don Tomás me las subía con una sonrisa pícara, y yo, tonta de mí, me había convencido de que eran de Max. Que mi marido callado, incapaz de decir "te extraño" por teléfono, me mandaba rosas desde el otro lado del mundo para decírmelo con flores. Me dormía mirándolas. Les inventaba mensajes. "Vuelve pronto", "pienso en ti". Qué ridícula puede ponerse una cuando empieza a querer.
Hasta que una tarde bajé al portón a recibir un encargo de joyería, y vi la escena completa.
Un niño de la calle, de unos diez años, recibía un billete de manos de un hombre estacionado unos metros más allá, en un coche que conocía demasiado bien. Patricio. Le entregaba al niño un ramo de rosas rojas y le señalaba el portón, dándole instrucciones.
Las rosas no eran de Max.
Eran de Patricio. Llevaban días siendo de Patricio. Y yo, soñando como una quinceañera, les había puesto la voz de mi marido. Me ardió la cara de vergüenza. Cómo se reiría Daniela si lo supiera: la gran señora Lazcano, suspirándole a las flores que le mandaba el hombre que la dejó plantada. Pero, debajo de la vergüenza, había algo más, algo que me sorprendió: rabia. Rabia de que Patricio se atreviera a meterse, otra vez, en mi vida nueva; de que manchara con su nombre un gesto que yo había querido creer de Max. No tenía derecho. Había perdido todo derecho sobre mí el día de aquella transmisión.
Sentí una vergüenza ardiente, y enseguida, una rabia fría. Caminé directo hacia el coche. Patricio bajó la ventanilla, con esa sonrisa de galán que un día me pareció encantadora y que ahora me revolvía el estómago.
—Renata. Veo que recibiste mis flores. Sabía que tarde o temprano…
—Pásame tu número de cuenta —lo corté.
—¿Qué?
—Tu cuenta. Te voy a devolver lo que llevas gastado en rosas. Hasta el último peso. No quiero deberte ni una flor. —Saqué el teléfono—. Y ya que estamos: deja de mandarlas. Deja de seguirme. Deja de aparecerte. Estoy casada, Patricio. Felizmente. Con tu tío.
—Es un matrimonio arreglado —insistió, agarrándose a lo único que le quedaba—. Tú no lo quieres. No puedes quererlo, a él, al témpano…
—Lo quiero más de lo que nunca te quise a ti —dije, y fue verdad, y dolió decirlo solo por lo tarde que me había costado entenderlo. Era extraño: durante dos años creí que Patricio era el amor de mi vida, y bastaron unas semanas con Max para entender que lo de antes ni siquiera había sido amor, sino costumbre, miedo a quedarme sola, ganas de pertenecer a alguien. Lo de ahora era otra cosa. Algo que no necesitaba rosas anónimas ni promesas grandilocuentes. Algo hecho de "come", de guardaespaldas silenciosos, de un beso en el oído malo—. Y una cosa más. La próxima vez que te dirijas a mí, hazlo como corresponde. Soy la esposa de tu tío. Eso me hace, te guste o no, tu tía política. Así que dime "tía", Patricio. A ver si así se te mete en la cabeza dónde estamos parados.
—No me digas "tía" —masculló él, con la mandíbula apretada—. No te atrevas.
—Es lo que soy. —Me encogí de hombros—. Tú lo armaste así, Patricio. Tú elegiste a Daniela, tú dejaste que me casaran con tu tío. Si te duele llamarme tía, piensa en eso la próxima vez que mandes a un niño a entregarme flores.
Le hice la transferencia ahí mismo, delante de él, hasta el último peso de lo que calculé que llevaba gastado en rosas, y le mandé el comprobante al teléfono, para que no le quedara duda de que no le debía nada, ni una flor, ni un gesto, ni un recuerdo. Cerró la ventanilla con la cara descompuesta y arrancó haciendo rechinar las llantas, dejando en el aire una nube de humo y la última astilla de lo que alguna vez fuimos.
Subí a la casa con una mezcla rara de cosas: vergüenza por haberme inventado un romance con rosas ajenas, y al mismo tiempo una certeza nueva y limpia de a quién quería de verdad. Esa noche, me dije, llamaría a Max sin importar la hora. Le contaría lo de la separación, lo de los anillos terminados, le diría que lo extrañaba. Por una vez, lo diría yo primero.
Bajé al estudio con el estuche de los anillos en la mano y el corazón ligero, buscando a don Ignacio para pedirle el número directo de Max en el extranjero.
Lo encontré de pie junto a la ventana, de espaldas, con el teléfono pegado a la oreja. Y algo en su postura —los hombros rígidos, la mano aferrada al bastón— me detuvo en seco en el umbral.
Uno de los hombres de negro estaba con él, hablándole en voz baja, con la cabeza inclinada. La luz de la lámpara le daba a don Ignacio en la cara, y le vi una expresión que no le había visto nunca: miedo. El viejo que le había gritado a Augusto sin pestañear, que cargaba con un imperio, tenía miedo.
Alcancé a leerle los labios al hombre de negro, esa maldita costumbre mía que tantas veces me había salvado y que esa noche me condenó, justo cuando le decía a don Ignacio las tres palabras que me helaron la sangre:
—…sin señales del vuelo.