El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo IX Déjame apoyarte
Punto de vista de Victoria
En cuanto Selene se alejó echando chispas por los ojos, el peso del ambiente volvió a caer de golpe sobre mis hombros. O, mejor dicho, sobre mi vientre.
Un latigazo sordo, caliente y punzante atravesó mi cavidad abdominal con la fuerza de una navaja. Tragué saliva, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de la cara me dolieron. El aire se volvió espeso. Un sudor frío me recorrió la nuca, amenazando con arruinar la fachada de perfección que con tanto esfuerzo había construido para la noche.
Me apoyé con disimulo en la mesa alta de cristal, buscando aire por la nariz sin alterar el ritmo de mi respiración.
—Te estás desmoronando, Valenzuela —escuché la voz de Sebastián, pero esta vez no tenía el tono burlesco de siempre. Era un murmullo bajo, casi peligroso, pegado a mi oído.
—Estoy... perfectamente —mentí, aunque la voz se me cortó a la mitad de la palabra.
Antes de que pudiera reaccionar o dar un paso alejándome de él, sentí la mano firme de Sebastián en la parte baja de mi espalda. Su palma era cálida, un contraste abrumador contra la frialdad de mi piel. No apretó, pero la presión de su agarre no me dejó opción.
—Nos vamos afuera —sentenció en un tono imperativo que no admitía discusión.
—Suéltame, Alarcón —siseé entre dientes, intentando erguirme, pero un nuevo tirón me dobló sutilmente la cintura—. La gente nos está mirando. Si me ven salir contigo...
—Que miren lo que les dé la gana —me cortó sin frenar el paso, guiándome con destreza entre los grupos de invitados que conversaban distraídos—. Puedes odiarme todo lo que quieras mañana a primera hora, Victoria, pero no voy a dejar que te desmayes en medio del salón para que tu madre y los ejecutivos de Onetto hagan un circo con tu cuerpo.
Usó su volumen físico para cubrirme de las miradas curiosas, abriendo paso hasta las grandes puertas de cristal que daban hacia la terraza trasera de la residencia.
Punto de vista de Sebastián
El aire de la noche en el jardín era fresco y húmedo. En cuanto cruzamos el umbral y nos alejamos del ruido de la orquesta, sentí cómo el cuerpo de Victoria cedía ligeramente contra el mío, perdiendo esa rigidez militar que la caracterizaba.
La llevé hacia la zona más apartada de la terraza, cerca de una balaustrada de mármol rodeada de rosales.
—Siéntate —ordené, indicándole un banco de piedra.
—No me voy a sentar —respondió con una terquedad absurda, aunque apoyó ambas manos sobre el borde del mármol y dejó caer la cabeza hacia adelante, buscando aliento.
Me quité la chaqueta del traje y me acerqué a ella por la espalda, colocándosela sobre los hombros desnudos.
La tela aún conservaba el calor de mi cuerpo. Victoria se tensó al sentir mi cercanía y el peso de la prenda, pero no la rechazó; estaba demasiado agotada para pelear.
—Tuviste los resultados de los exámenes hoy, ¿verdad? —pregunté, dando un paso al frente para quedar de cara a ella, apoyando una mano a cada lado del muro para acorralarla suavemente en mi espacio—. Por eso saliste huyendo del hospital. Por eso estás actuando como si el mundo fuera a acabarse mañana.
Ella levantó la vista despacio. A la luz de la luna, la palidez de su cara era casi fantasmal, pero sus ojos oscuros brillaban con una rabia defensiva, viva y salvaje.
—No sé de qué me hablas —murmuró, intentando mantener la barbilla en alto—. Es solo un malestar estomacal.
—Deja de mentirme, maldita sea —susurré con la voz ronca, acortando la distancia entre nuestros rostros hasta que sentí su respiración agitada chocar contra la mía—. Te vi colapsar. Vi cómo te temblaban las manos en la clínica.
Victoria, te miro a los ojos y veo a una mujer que está librando una guerra por dentro y se niega a pedir refuerzos.
Victoria apretó los labios. Por un segundo efímero, un segundo casi imperceptible, vi cómo su coraza de acero crujía. Un destello de vulnerabilidad absoluta y miedo puro cruzó por sus pupilas.
—Si muestro una sola grieta, me destruyen, Sebastián —confesó en un hilo de voz que apenas superó el murmullo del viento en el jardín—. Mi familia, mis competidores... tú. Todos están esperando a que caiga.
Esa declaración me atravesó el pecho con más fuerza que cualquier estrategia financiera. Me acerqué un centímetro más, sintiendo la tentación aplastante de llevar una mano a su mejilla para borrar el rastro de dolor que intentaba ocultar.
—Yo no quiero verte caer, Victoria —dije con una firmeza que pareció tomarla por sorpresa—. Quiero vencerte en tu mejor momento, no sobre tus cenizas. Acepta la maldita alianza. Déjame cargar con el proyecto de Onetto mientras te recuperas.
Victoria me sostuvo la mirada en silencio, con el pecho subiendo y bajando con lentitud, atrapada entre el calor de mi chaqueta, la cercanía de mi cuerpo y el peso destructivo de su secreto.