Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 19: El último adiós
El día del funeral amaneció gris y frío.
Como si el cielo supiera que Nicolás se había ido. Como si el mundo entero se hubiera teñido de luto por su ausencia.
Me desperté en mi cama, en mi casa, con el peso de una semana sin él aplastándome el pecho. Había vuelto a casa después de su muerte, pero no recordaba cómo. Mi madre me había llevado en coche, me había ayudado a subir las escaleras, me había arropado en la cama. Pero los días siguientes fueron un borrón.
Solo recuerdo haber llorado. Mucho. Hasta que no quedaron lágrimas.
—Valeria, tienes que levantarte —dijo mi madre, entrando en mi habitación con una taza de té. —Hoy es el funeral.
—No quiero ir.
—Tienes que ir.
—No puedo.
—Puedes. —Se sentó en el borde de la cama y me tomó la mano. —No tienes que hacerlo por ti. Tienes que hacerlo por él.
Cerré los ojos y sentí el peso de sus palabras.
Mi madre tenía razón. Nicolás había querido que yo estuviera allí. Que me despidiera de él. Que cerrara el círculo.
—Está bien —dije, incorporándome. —Voy.
Me vestí de negro. Un vestido sencillo que mi madre me había comprado para la ocasión. Me recogí el pelo en un moño bajo, y me miré al espejo.
No me reconocía.
La mujer que me devolvía la mirada tenía los ojos hundidos y vacíos. Las ojeras profundas, como surcos en un campo quemado. La piel pálida, casi transparente.
Parecía una muerta viviente.
—Vamos —dijo mi madre desde la puerta. —El coche nos espera.
El viaje hasta el cementerio fue silencioso. Mi madre conducía con las manos firmes en el volante, y yo miraba por la ventanilla, viendo pasar los árboles y las casas sin realmente verlos.
Llegamos al cementerio. Un lugar pequeño, lleno de flores y de silencio. Había mucha gente. Familiares, amigos, enfermeras del hospital que habían cuidado a Nicolás durante todos esos años.
Y allí, al final del camino, estaban Elena y Javier.
Elena llevaba un vestido negro y un ramo de flores blancas. Javier estaba a su lado, con el rostro serio y los ojos enrojecidos. Cuando me vieron, Elena abrió los brazos y me abrazó con fuerza.
—Gracias por venir —susurró.
—No podía faltar.
—Él lo habría querido.
Asentí, sin poder hablar.
El cura empezó a hablar. Palabras sobre la vida, sobre la muerte, sobre el más allá. Yo no escuchaba. Solo miraba el ataúd, ese ataúd de madera oscura que contenía todo lo que quedaba de él.
No podía creer que estuviera allí dentro.
No podía creer que nunca volvería a verlo.
Cuando el cura terminó, Elena y Javier se acercaron al ataúd y depositaron sus flores. Luego, fue mi turno.
Me acerqué lentamente, con las piernas temblorosas y el corazón en un puño. Tenía una rosa blanca en la mano, la única flor que había podido encontrar en el jardín de mi casa.
Me arrodillé junto al ataúd y apoyé mi frente contra la madera.
—Te quiero, Nicolás —susurré. —Te quiero y siempre te querré. Gracias por todo. Gracias por enseñarme a vivir. Gracias por enseñarme a amar. Prometo que voy a ser feliz. Por ti. Por nosotros.
Y entonces, con lágrimas rodando por mis mejillas, deposité la rosa blanca sobre el ataúd.
—Hasta siempre, mi amor.
El funeral terminó. La gente se fue despidiendo poco a poco, dejándome sola frente a la tumba. Elena y Javier se quedaron conmigo un rato, pero luego también se fueron.
Me quedé allí, de pie, mirando la tierra fresca que cubría su cuerpo.
—No sé qué hacer ahora —susurré, como si pudiera oírme. —No sé cómo seguir sin ti.
El viento movió las hojas de los árboles, y por un momento, sentí su presencia. Como si estuviera a mi lado, susurrándome al oído.
—Vive, Valeria. Vive por mí.
Cerré los ojos y dejé que el viento me envolviera.
—Te prometo que lo haré —dije. —Te prometo que voy a vivir. Te prometo que voy a ser feliz. Te prometo que voy a amar.
Y entonces, con el corazón roto pero la esperanza intacta, me di la vuelta y caminé hacia la salida.
Mi madre me esperaba en la puerta, con los brazos abiertos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No. —Sonreí, con una sonrisa temblorosa. —Pero voy a estarlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque él me lo prometió.
Y entonces, con el brazo de mi madre alrededor de mi hombro y el recuerdo de Nicolás en mi corazón, salí del cementerio.
El sol empezaba a brillar entre las nubes, y el cielo se volvía más claro.
Como si él estuviera allí, sonriéndome desde arriba.
—Te quiero, Nicolás —susurré al viento.
Y el viento me devolvió su sonrisa.