Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 24: Las Pruebas del Norte y el Rechazo del Consejo
A pesar de la inmensa felicidad del reencuentro, los días siguientes pusieron a prueba la fortaleza de Lyra y la solidez de su amor con el rey.
Vaeloria no era Arendor. Las costumbres del norte eran austeras, estrictas y dominadas por un Consejo de Lores y Senescales que veían con enorme recelo a la princesa del sur. Para los curtidos líderes montañeses, una reina debía ser una mujer nacida en el frío, capaz de resistir las inclemencias del clima, conocedora de la estrategia militar y educada en las tradiciones de la dinastía del hielo.
Lyra, con sus rizos rebeldes, sus trajes de colores vivos, su carácter impulsivo y su falta de magia, era vista como una intrusa extranjera que amenazaba la estabilidad del reino.
Las tensiones estallaron durante el Banquete de la Primera Nieve, celebrado en el Gran Salón del Trono ante la nobleza en pleno.
Lyra vestía un hermoso traje de seda borgoña bordado en hilos de oro, un regalo que Lian le había hecho preparar. Sin embargo, los murmullos malévolos de las damas de honor y las miradas despectivas de los ancianos lores llenaban la estancia.
En mitad del banquete, el Senescal Mayor, Lord Kaelen, se puso de pie sosteniendo su copa de hidromiel.
—Su Majestad —dijo Kaelen dirigiéndose a Lian con tono pesado—, el pueblo de Vaeloria celebra vuestra sabiduría en el trono. Sin embargo, los Lores de las Provincias del Alto Pico estamos profundamente preocupados. Se nos pide aceptar como futura Reina a una dama del sur que no conoce nuestras leyes, que tiembla ante la brisa de nuestras montañas y que no posee la sangre del hielo para proteger nuestro linaje.
Un silencio incómodo y tenso cayó sobre el banquete. Lyra apretó las manos bajo la mesa, sintiendo el ardor de la humillación en sus mejillas.
Lian se ergució en su trono. La mirada del joven rey se volvió peligrosamente fría, y el aire alrededor de la mesa principal bajó de temperatura drásticamente.
—Mida sus palabras, Lord Kaelen —advirtió Lian con una voz de mando que hizo temblar a los cortesanos—. La Princesa Lyra de Arendor es mi prometida por elección y por derecho. Posee un valor, una lealtad y una fuerza de espíritu que muchos de ustedes envidiarían.
—Un espíritu indomable no alimenta a las tropas en invierno, Majestad —insinuó con sorna la Duquesa de Valen, una mujer anciana de corazón rígido—. La reina de Vaeloria debe ser un pilar de piedra, no un adorno de seda.
Lyra no pudo contenerse más. Rompiendo las reglas del protocolo, se puso de pie, encarando a la Duquesa y al Consejo con la cabeza erguida y los ojos avellana encendidos en furia.
—Mis vestidos pueden ser de seda, Duquesa —declaró Lyra con una voz clara que resonó en todo el salón—, pero mi carácter no ha sido forjado en la comodidad. He dejado mi hogar, mi patria y a mi hermana para entregar mi vida a este reino. No poseo la magia del hielo, es verdad; pero poseo el fuego suficiente para defender a este pueblo y para ser la compañera firme que Su Majestad merece. Si quieren juzgar mi capacidad para ser su Reina, háganlo por mis actos, no por sus prejuicios arcaicos.
La multitud quedó enmudecida ante el coraje de la joven. Darian Thorne, desde su puesto al lado del trono, esbozó una leve inclinación de aprobación discreta.
Lian miró a Lyra con una mezcla de orgullo indomable y adoración pura. Se levantó, caminó hacia ella y tomó su mano frente a toda la nobleza del norte.
—Quien no respete a la Princesa Lyra, no respeta a su Rey —proclamó Lian enfáticamente—. El debate ha terminado.
Aunque la firmeza del rey calmó la cena, Lyra supo que ganarse el respeto del norte sería una batalla dura que requeriría tiempo, astucia y coraje.
Para mitigar el estrés de los ataques políticos y ayudar a Lyra a adaptarse al rigor del invierno, Lian convirtió cada noche en un refugio de romanticismo y ternura.
Sabiendo que Lyra extrañaba los paisajes verdes del sur, Lian utilizaba su delicada magia de hielo para transformar la terraza privada de los aposentos en un jardín cristalino milagroso.
Una noche, cuando la nieve caía suavemente sobre las almenas, Lian guio a Lyra con los ojos vendados hacia la terraza exterior. Al quitarle la venda de seda, la princesa ahogó un suspiro de asombro.
La terraza entera estaba repleta de esculturas de hielo transparente de un detalle asombroso. Había rosales helados que reflejaban la luz de las antorchas, pequeñas estatuas de pájaros cantarines que parecían a punto de volar y, en el centro, una reproducción exacta de la fuente de los jardines de Arendor.
—Como no puedo traerte el sur —susurró Lian al oído de Lyra, abrazándola por la espalda y cobijándola bajo su pesada capa de terciopelo y pieles—, he decidido construirte un jardín que jamás se marchitará.
Lyra se giró en sus brazos, contemplando el rostro noble del joven rey.
—Es lo más hermoso que alguien ha hecho por mí, Lian —dijo con los ojos empañados en lágrimas de emoción.
Lian sacó del bolsillo de su casaca un pequeño pergamino. Con su voz melódica y profunda, comenzó a recitarle versos que él mismo había compuesto durante las horas de vela:
«Dicen los sabios del norte que la nieve es ciega y fría, pero desde que tus pasos pisaron este Palacio de Piedra, cada copo de hielo refleja el color de tus ojos. No necesito la primavera, mi dulce Lyra, porque el único sol que ilumina mi reino es el fuego sagrado de tu corazón.»
Lyra tomó el rostro de Lian entre sus manos calientes y lo besó con una ternura infinita. Sus labios se unieron en un roce suave, dulce y lento que saboreaba la paz del reencuentro. Lian la estrechó contra su pecho, sintiendo que la presencia de la princesa disipaba todas las cargas del trono.
Poco a poco, con la ayuda constante de Darian Thorne en la administración y la paciencia infinita de Lian, Lyra comenzó a aprender el idioma del norte, las leyes de la casa real y las costumbres del pueblo. Se involucró personalmente en la distribución de alimentos para los orfanatos de la ciudad baja durante las tormentas, ganándose paulatinamente el afecto de las clases populares, quienes comenzaron a llamarla con cariño "La Princesa de Fuego".