Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 27
La operación duró cuatro horas con una tensión bastante alta. Arturo trabajó con una precisión aterradora y casi en total silencio, mientras Karina se esforzaba por seguir el ritmo de Arturo. Aunque Karina se desempeñó muy bien, la mente de Arturo en realidad seguía ocupada con la actitud fría de Kayla aquella tarde. Una vez finalizado el procedimiento y trasladado el paciente a la sala de recuperación, Arturo y Karina salieron hacia el área de descontaminación.
—Operación perfecta, Dr. Arturo. Su precisión en el área del cerebelo fue realmente extraordinaria —elogió Karina mientras se quitaba la mascarilla quirúrgica y dejaba ver su sonrisa más cautivadora.
Arturo solo asintió brevemente mientras se secaba las manos.
—Buen trabajo en equipo. Gracias —dijo Arturo.
Karina sintió que ese era el momento adecuado y miró su reloj.
—Doctor, casualmente ya es la hora de salida. Sobre la invitación a cenar de hace rato, la reservación de mi padre sigue en pie. Él tiene muchas ganas de conversar tranquilamente con usted. ¿No es el momento perfecto para relajarse después de una cirugía mayor? —insistió Karina.
Arturo detuvo sus movimientos y miró a Karina con una mirada inexpresiva, imposible de penetrar.
—Gracias, Dra. Karina. Pero como le dije antes, ya tengo un compromiso personal que no puedo posponer —dijo Arturo.
Karina frunció ligeramente el ceño, sintiéndose un poco herida en su ego por haber sido rechazada dos veces en un mismo día.
—Doctor, es una invitación directa de mi padre. Él rara vez invita a alguien de manera personal. ¿Ese compromiso es realmente tan importante como para que rechace una relación tan valiosa para su carrera? —preguntó Karina.
—Muy importante. Las relaciones profesionales pueden construirse en el hospital durante el horario laboral. Fuera de eso, mi tiempo es de mi vida privada. Con permiso —respondió Arturo sin titubear.
Arturo se alejó con paso firme, dejando a Karina plantada con una frustración que empezaba a desbordarse. Karina no estaba acostumbrada a ser ignorada, y mucho menos por algo que un hombre tan frío como Arturo llamaba compromiso personal.
Esa noche, el ambiente en el departamento se sentía mucho más frío que la temperatura del aire acondicionado. Arturo, que normalmente disfrutaba de la tranquilidad después de una operación, estaba inquieto. Encontró a Kayla sentada en la mesa del comedor, aparentemente concentrada en un grueso libro de texto de medicina, pero notó que su esposa no había pasado la página en los últimos diez minutos.
Arturo dejó las llaves del auto y se acercó.
—¿Ya comiste? —preguntó Arturo con suavidad.
—Sí —respondió Kayla de forma escueta, sin voltear.
Arturo frunció el ceño, caminó a la cocina y revisó el bote de basura: no había ningún envoltorio de comida ni restos de cocina.
—Estás mintiendo. No veo señales de que hayas comido —dijo Arturo.
—Ya comí en el hospital con Celina —mintió Kayla de nuevo.
Kayla cerró su libro con un golpe seco y se puso de pie con la intención de evitar a Arturo metiéndose a la habitación. Pero Arturo le sujetó la muñeca con rapidez.
—Kayla, basta. Esto ya es en el departamento y sigues evitándome; me tratas como si fuera un adorno. Si hice algo mal, dímelo. No me hagas adivinar cuando mi cabeza ya está agotada con los asuntos del hospital —dijo Arturo.
Kayla respiró hondo; sus ojos empezaron a arder. Intentó zafar su mano, pero Arturo la sujetaba con firmeza.
—No pasa nada, Arturo. Solo quiero descansar. ¿Tú también estás cansado después de la operación, no? —dijo Kayla.
—No vamos a descansar hasta que resolvamos esto —dijo Arturo.
Arturo llevó a Kayla a la sala y la sentó en el sofá. La miró fijamente a los ojos.
—Ahora, sé honesta. ¿Hice algo mal? —preguntó Arturo.
—No hiciste nada malo —respondió Kayla.
—Entonces, ¿por qué me evitas? —preguntó Arturo.
—No te estoy evitando —dijo Kayla.
—Kayla, por favor, contéstame con honestidad. Sé que estás enojada, pero no sé por qué. Si me equivoqué, necesito que me digas cuál fue mi error. No soy un hombre perceptivo con lo que pasa a mi alrededor; por eso te necesito —dijo Arturo.
Kayla no respondió; simplemente clavó la mirada en el rostro apuesto de su esposo.
—¿Qué pasa? —preguntó Arturo.
—Nosotros nos casamos por un matrimonio arreglado. Si algún día encontraras a una mujer que te guste, ¿me dejarías? —preguntó Kayla.
La pregunta repentina de Kayla tomó a Arturo por sorpresa. Se quedó en silencio unos instantes antes de hablar.
—Sé que nuestro matrimonio se dio por un arreglo, pero después de hacer mi promesa ante Dios y también ante tus padres, me hice una promesa a mí mismo: cuidarte y estar a tu lado sin importar lo que pase. Y sobre lo que preguntaste, que si conociera a una mujer que me gustara... mi respuesta es que eso es imposible. Ya estoy casado y voy a honrar el juramento sagrado de mi matrimonio. La mujer que me gusta es mi esposa, y punto. No hay lugar para otra —dijo Arturo.
—¿Te gusto? —preguntó Kayla.
—¿Todavía preguntas si me gustas o no? Desde el momento en que pronuncié esos votos sagrados, ya te quería —respondió Arturo sin la menor vacilación.
—Contéstame con honestidad, Arturo. ¿Te gusto porque soy tu esposa, o por lo que sientes de verdad? —preguntó Kayla.
Arturo no respondió de inmediato. La miró fijamente con una intensidad profunda, como si encerrara el mundo entero de Kayla solo en él. Lentamente, pero con determinación, inclinó su cuerpo, acortando la distancia entre ellos hasta que Kayla pudo sentir el aliento cálido de su esposo sobre su piel.
La mano de Arturo, que antes sujetaba la muñeca de Kayla, se desplazó para acariciarle la mejilla con extrema delicadeza. Entonces unió sus labios con los de Kayla en un beso suave pero cargado de intención.
Ese fue su primer beso; más exactamente, el primero del que Kayla tuvo conciencia, porque antes Arturo ya la había besado mientras ella dormía. Un beso que no solo silenció los labios de Kayla, sino también todas las dudas, los celos y la inseguridad que habían atormentado a la joven durante todo el día.
Kayla se sobresaltó un instante; su corazón latía tan fuerte que le dolía. Pero poco a poco cerró los ojos, dejándose llevar por esa sensación desconocida que le calentaba el pecho. Arturo se separó lentamente, pero mantuvo su frente apoyada contra la de Kayla.
—¿Eso responde tu pregunta? No besaría a una mujer que no amo solo por obligación. Lo hice porque quise hacerlo, no por deber —dijo Arturo en voz baja, con la voz ronca.
Kayla inhaló temblorosamente; su rostro estaba rojo como un tomate tras escuchar las palabras de Arturo.
—Arturo... eso de recién... —Kayla no fue capaz de terminar la frase por la impresión.
—Esa fue mi respuesta honesta —la interrumpió Arturo con una leve sonrisa, una sonrisa genuina que era extremadamente rara en él.
—Una respuesta honesta —murmuró Kayla.
—Así que deja de pensar que voy a fijarme en otra mujer. Por más talentosa que sea esa mujer, no es la persona que me espera en este departamento cuando regreso a casa —dijo Arturo.
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Continuará…