Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Timbres, tormentas y el fantasma en la habitación
El aire en la cabaña había dejado de ser aire. Era una sustancia densa, cargada de electricidad estática, olor a leña quemada y el aroma embriagador del sándalo que emanaba del cuerpo de Julián.
Sandra estaba paralizada en el último escalón. La manta de lana pesaba sobre sus hombros, pero el calor que irradiaba la mano de Julián en su cintura era lo único que podía sentir. Él había inclinado la cabeza. Sus ojos, oscuros y dilatados por el deseo, bajaron a los labios de ella. El espacio entre sus bocas se redujo a un milímetro. Sandra podía sentir el calor de su aliento, podía ver el ligero temblor en las pestañas de él.
Su cerebro, ese traidor que siempre tenía una cláusula de escape, se apagó por completo. No había lógica. No había logística de recursos humanos. Solo había un impulso primitivo y abrumador de cerrar ese último milímetro, de aferrarse a la camisa abierta de él y dejarse caer en ese abismo.
Julián cerró los ojos. Se inclinó.
*BRRRRT. BRRRRT. BRRRRT.*
El sonido fue estridente, brutal y completamente fuera de lugar.
Sandra dio un respingo tan violento que casi se cae por las escaleras. El hechizo se rompió en mil pedazos, tan frágil como el cristal.
Julián se detuvo en seco. Abrió los ojos. La frustración que cruzó su rostro fue tan intensa y cruda que a Sandra le dolió verla. Pero él no dijo nada. Solo retrocedió un paso, soltando su cintura con una lentitud que se sintió como una pérdida física, y señaló con la barbilla la mesa de centro.
El teléfono de Sandra, que ella había dejado allí al bajar, vibraba como un loco sobre la madera. La pantalla iluminaba la penumbra de la sala con un resplandor blanco y frío.
En letras grandes y claras\, el nombre parpadeaba: **DIEGO**.
Sandra sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Una oleada de pánico y una culpa extraña le subió por la garganta. No era culpa romántica, era culpa identitaria. Si doy este paso, pensó con terror, dejo de ser la Sandra segura. Me estoy metiendo en un terreno donde puedo salir destrozada, porque los hombres como Julián no se quedan. Esto es demasiado.
Miró a Julián. Él ya se había dado la vuelta...
Caminando hacia la chimenea con la espalda rígida, recogiendo su propia manta. La máscara del jefe profesional había vuelto a su lugar, pero esta vez, la grieta era visible.
—Deberías contestar —dijo Julián. Su voz era plana, carente de ese ronquido cálido de hacía diez segundos. Sonaba como el Julián del Bufete Galvis. El Julián que firmaba contratos—. Puede ser una emergencia.
—Sí. Sí, claro —balbuceó Sandra. Se aferró a la manta como a un escudo, caminó hacia la mesa y tomó el teléfono con manos temblorosas. Rechazó la llamada. El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Lo siento, yo... subo a mi habitación —murmuró ella, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
—Buenas noches, Sandra —dijo él, sin girarse.
Sandra subió las escaleras de caracol tan rápido como sus piernas le permitieron, tropezando en el segundo escalón. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con pestillo y se dejó caer contra la madera, resbalando hasta el suelo. Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho.
Miró el teléfono. Diego. Eran las 2:15 a. m. ¿Por qué la llamaba?
Con los dedos aún temblorosos, marcó su número. Dio un solo timbre antes de que él contestara.
—¿San? —La voz de Diego sonó ronca por el sueño, pero inmediatamente alerta—. ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
Sandra cerró los ojos, apoyando la cabeza contra la puerta. Escuchar su voz fue como un balde de agua helada y, al mismo tiempo, como un abrazo cálido.
—Estoy bien, Diego. Solo... estaba dormida. ¿Por qué llamas a esta hora?
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—Me desperté. Estaba trabajando en el logo de la tienda de mascotas y vi en las noticias que hay una alerta de tormenta eléctrica severa para la zona de Valle de Bravo a partir de las tres de la mañana. Me acordé de que la cabaña del señor Montoya tiene el techo de tejas viejo y me puse nervioso. Quería asegurarme de que estuvieras a salvo.
Sandra sintió que se le encogía el corazón. Ahí estaba él. A las dos de la mañana, dejando su trabajo, preocupado por un techo de tejas y por ella. Mientras ella, a pocos metros de distancia, estaba a punto de besar a su supervisor.
—Estoy bien, Diego. La cabaña es sólida. Julián revisó todo cuando llegamos —dijo ella, y al pronunciar el nombre de Julián, sintió un pinchazo de culpa tan agudo que tuvo que morderse el labio.
—¿Julián? —El tono de Diego cambió un milímetro. Se volvió más tenso—. ¿Él también está despierto?
—No, él... él ya se fue a dormir. Estoy sola en mi habitación —mintió Sandra. No sabía por qué lo hizo. Quizás para proteger a Diego de la verdad, o quizás para protegerse a sí misma de tener que explicar lo que acababa de suceder en la sala.
—Bien. Bueno. Me alegra —dijo Diego, y su voz se suavizó, volviendo a ese tono cálido y protector que siempre la desarmaba—. Solo quería escuchar tu voz y saber que no te estaba cayendo un rayo. Vuelve a dormir, San. Mañana me cuentas cómo te fue con los papeles.
—Gracias, Diego. De verdad. Eres el mejor.
—Lo sé. Descansa.
La llamada terminó. Sandra se quedó sentada en el suelo, abrazando sus rodillas. El silencio de la cabaña ya no se sentía romántico ni eléctrico. Se sentía pesado. Confuso.
Escuchar la voz de Diego había sido como un ancla. Diego era su realidad. Era la prueba de que, aunque no fuera la mujer de portada de revista que Julián parecía querer, al menos tenía a alguien que la quería en su vida. Él me quiere como amiga, pensó Sandra, con el corazón encogido. Y eso es lo único que merezco. Es lo único seguro.
Pero mientras miraba hacia la sala vacía, donde hacía diez minutos Julián la había mirado como si fuera el centro del universo, una vocecita traicionera le susurró: ¿Y si mereces más?
La mañana del sábado amaneció con un cielo gris plomo y una llovizna fina que golpeaba los ventanales de la cabaña.
Sandra bajó las escaleras a las ocho, ya vestida con unos jeans, un suéter de cuello alto y su cabello perfectamente recogido en una coleta alta. Su armadura estaba de vuelta, más fuerte que nunca.
Julián ya estaba en la mesa de la cocina. Llevaba una camisa blanca impecable, abotonada hasta el cuello, y estaba revisando los expedientes en su laptop. Había café recién hecho y pan tostado en la mesa.
—Buenos días, Sandra —dijo él, sin levantar la vista de la pantalla. Su tono era educado, profesional y absolutamente gélido.
—Buenos días, Julián —respondió ella, sirviéndose una taza de café. Le temblaba un poco la mano, pero esperó que él no lo notara.
—El señor Montoya envió los documentos actualizados anoche. Si empezamos ahora, podemos terminar de revisar las cláusulas de indemnización antes del mediodía y salir de aquí antes de que la tormenta empeore.
—Perfecto. Estoy lista.
Las siguientes cuatro horas fueron una tortura silenciosa. Julián fue eficiente, brillante y cortés. Pero no hubo sonrisas de medio lado. No hubo miradas que se prolongaban un segundo de más. No hubo roces "accidentales" al pasar un papel. Era como si la noche anterior no hubiera existido. Como si el hombre que la había acorralado contra la escalera con una intensidad devastadora hubiera sido reemplazado por un holograma corporativo.
Y eso, paradójicamente, le dolía a Sandra más que si él le hubiera gritado.
Cada vez que él le pasaba un documento, sus dedos evitaban cuidadosamente los de ella. Cada vez que ella hacía una broma para aliviar la tensión, él respondía con un "Mmh" o un "Correcto", sin levantar la vista. Julián le estaba dando exactamente lo que ella siempre había pedido: una relación estrictamente profesional. Y resultó ser la cosa más miserable del mundo.
A la una de la tarde, todo estaba firmado y escaneado.
—Listo —dijo Julián, cerrando la laptop con un clic definitivo—. Podemos irnos.
El viaje de regreso a la ciudad fue un silencio denso. La lluvia arreciaba contra el parabrisas del SUV. Sandra miraba por la ventana, viendo cómo los pinos se convertían en edificios grises a medida que se acercaban a la ciudad.
—Sandra —dijo Julián de repente, sin apartar la vista de la carretera. Su voz era suave, pero firme.
Ella giró la cabeza.
—¿Dime?
Julián apretó el volante. Sus nudillos estaban blancos.
—Lo de anoche... no fue un error de cálculo. No fue el vino, ni el frío, ni un tropiezo. Fue real. Y lo sigue siendo.
Sandra tragó saliva, mirando sus manos entrelazadas en su regazo.
—Julián, yo...
—No tienes que decir nada ahora —la interrumpió él, con una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos—. Solo quiero que sepas que no voy a dejar de intentarlo. Pero la próxima vez, espero que tu teléfono no suene.
Sandra no respondió. No podía. Se giró de nuevo hacia la ventana, con un nudo en la garganta que le impedía respirar.
Llegaron al departamento de la colonia Roma a las cuatro de la tarde. La lluvia había amainado, dejando un cielo limpio y un aire fresco. Sandra subió las escaleras del edificio con las piernas pesadas, sintiendo que arrastraba una losa de confusión y culpa.
Abrió la puerta del departamento. El olor a ajo, cebolla y comino la golpeó de inmediato.
Diego estaba en la cocina, con un delantal atado a la cintura, revolviendo una olla enorme. Llevaba su camiseta gris de siempre y los pantalones de chándal. Al escuchar la puerta, se giró. Su rostro se iluminó con esa sonrisa fácil y brillante que siempre la hacía sentir en casa.
—¡La abogada ha vuelto! —exclamó él, secándose las manos en un trapo y caminando hacia ella—. ¿Sobreviviste a la sierra y a los tiburones de traje?
Sandra lo miró. Vio la preocupación genuina en sus ojos oscuros, la forma en que su cabello estaba ligeramente despeinado, el delantal ridículo que se había puesto solo para hacerle la bienvenida.
Y de repente, la imagen de Julián, con el pecho descubierto junto al fuego, se superpuso a la de Diego. La culpa la atravesó como una daga.
—Sí —logró decir Sandra, con la voz un poco quebrada—. Sobreviví.
Diego frunció el ceño, dando un paso hacia ella. Su instinto, ese radar infalible que siempre detectaba cuando algo le pasaba, se activó al instante.
—San, ¿qué pasa? ¿Te duele la cabeza? ¿Te cayó mal la comida de la sierra?
Levantó la mano para tocarle la frente, un gesto tan natural, tan íntimo y tan lleno de un amor que ella se había negado a nombrar durante años.
Sandra retrocedió un paso, apenas un centímetro, pero suficiente para que la mano de Diego se quedara suspendida en el aire.
El silencio que siguió fue diferente al de la cabaña. Este silencio era frágil. Peligroso.
Diego bajó la mano lentamente. La miró a los ojos, y en esa mirada, Sandra vio que él lo sabía. No sabía los detalles, no sabía del casi beso junto a la chimenea, pero sabía que algo había cambiado. Algo en ella se había roto o se había abierto, y ya no era solo su "roomie" la que había regresado.
—Nada, Diego —mintió ella, forzando una sonrisa que se sintió como cristal molido en sus labios—. Solo estoy cansada. Fue un viaje largo.
Diego la estudió un segundo más. Luego, asintió lentamente, aunque sus ojos seguían escaneándola, buscando la verdad.
—Bueno. Descansa. Te guardé un plato de enchiladas. Están en el refrigerador.
—Gracias —susurró Sandra.
Caminó hacia su habitación y cerró la puerta. Se dejó caer en la cama, cubriéndose la cara con las manos.
Había huido de la cabaña, pero la tormenta la había seguido hasta su casa. Y ahora, atrapada entre el hombre que la hacía sentir segura y el hombre que la hacía sentir viva, Sandra Bautista se dio cuenta de que ya no había cláusula de escape que pudiera salvarla.