Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 20
Ignacio avanzó con extrema cautela; cada paso le pesaba como si el piso del restaurante se hubiera convertido en un campo minado. El cambio radical en su actitud hizo que Fabiana, impaciente por naturaleza, se levantara de su silla al instante. Con pasos animados, fue a su encuentro y le tomó la mano.
Sin embargo, al tocar los dedos de Ignacio, Fabiana frunció el ceño. Su novio estaba pálido como la cera y sus manos se sentían heladas. Al otro lado de la mesa, la situación de Fernanda no era muy diferente. Su hermoso rostro estaba rígido de tensión, y debajo de la mesa estrujaba con fuerza la tela de su camiseta y su blazer casual.
¿Por qué... por qué las personas de mi pasado tienen que aparecer una tras otra al mismo tiempo? Ayer el maldito de Andrés, y ahora Ignacio... ¿Acaso este mundo es un pañuelo?, se enfureció Fernanda por dentro, maldiciendo al destino que parecía empeñado en burlarse de su vida.
Con el suave tirón de Fabiana, Ignacio se vio obligado a sentarse junto a su novia, con los restos de tensión todavía impresos en su rostro pálido. Sus ojos se movían inquietos, sin dejar de observar a la mujer frente a él, a quien ahora estaba cien por ciento convencido de que era el patito feo, la misma chica de la que Fabiana le había hablado la tarde anterior.
Cuando la mirada de Ignacio descendió hacia Elián, sentado muy erguido al lado de Fernanda, el aliento se le atascó en la garganta. Los ojos se le abrieron de par en par. La estructura de la mandíbula, la forma de la nariz, incluso la intensidad de la mirada de aquel niño guardaban un parecido estremecedor con Tristán Bracamonte.
Dios mío... No me esperaba que lo de aquella noche maldita de hace seis años hubiera dejado embarazada al patito. Este niño... este niño tiene que ser hijo biológico de Tristán, pensó Ignacio con incredulidad, mientras sus manos temblaban sutilmente debajo de la mesa del restaurante.
En honor a toda la bondad genuina de Fabiana, su amiga más cercana desde la infancia, Fernanda optó por tragarse su ego y su miedo. Respiró profundamente, se forzó a esbozar una sonrisa profesional y decidió comportarse con normalidad, como si jamás hubiera existido tragedia alguna entre ella e Ignacio en el pasado.
Para romper la incomodidad, Fabiana tomó alegremente la bolsa grande que Ignacio había traído. Con el rostro radiante, la extendió hacia el homenajeado del día. —A ver, Elián, mi niño, ¡este es tu regalo de cumpleaños de parte de la tía Fabi y de tu tío Ignacio! ¡Adentro hay muchos regalos para ti!
Al ver el contenido de la bolsa, repleto de más de un paquete de regalo, los ojos de Elián se iluminaron de felicidad. —¡Guau, son muchos! ¡Muchas gracias, tía Fabi! ¡Gracias, señor guapo! —exclamó Eli con un rostro rebosante de alegría.
Poco después, un mesero llegó con un encendedor y prendió la velita con el número cinco sobre el pastel de cumpleaños. La ceremonia de soplar la vela comenzó al compás de la canción de cumpleaños feliz, entonada con entusiasmo por Fabiana. En medio de la algarabía, Ignacio sacó disimuladamente su celular del bolsillo. Con un movimiento rápido y sigiloso, capturó aquel momento: el rostro de Elián y Fernanda sonriendo juntos, y guardó la foto bajo llave en su galería.
Cuando terminó la canción y Elián empezó a rasgar con entusiasmo el papel del primer regalo, Fabiana se puso de pie. —Nanda, mi amor, voy al tocador un momento a retocarme el maquillaje. ¡No me extrañen! —se despidió Fabiana con coquetería antes de alejarse.
La partida de Fabiana transformó de golpe la atmósfera en la mesa en algo tan frío como el hielo. Ignacio sabía que esta era su oportunidad de oro antes de que su novia regresara. Se inclinó hacia adelante sobre la mesa, clavando una mirada inquisitiva y penetrante en Fernanda.
—Patito... tú eres el patito feo de la universidad, ¿verdad? —preguntó Ignacio en un susurro cargado de exigencia.
El corazón de Fernanda se disparó, pero apretó los puños con fuerza debajo de la mesa para calmar los nervios. Mantuvo la máscara de frialdad y lo negó con sequedad. —¿De qué hablas? ¿Quién es ese patito? Mi nombre es Fernanda.
—Ya no puedes engañarme, Fernanda —la cortó Ignacio con rapidez, manteniendo la voz lo más baja posible para que Elián no escuchara—. Fabiana ya me contó toda tu historia ayer por la tarde. Lo de tu época en la universidad, el acoso que sufriste, tu traslado a Veracruz. ¡Todo coincide!
Al escuchar aquello, las defensas de Fernanda se vinieron abajo. La rabia y el resentimiento que había contenido durante años resurgieron con violencia. Apretó los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos, clavando en Ignacio una mirada que destilaba un odio profundo.
—¡Sí! ¡Soy el patito feo! —admitió Fernanda finalmente, con un tono cortante y contenido—. ¡La mujer tímida a la que siempre acosaron, de la que se burlaron, y a la que tendieron esa trampa aquella noche hasta destruirme la vida! ¿Ya estás contento?
Al escuchar la confesión a quemarropa directamente de los labios de aquella mujer, Ignacio volvió a recibir un impacto brutal. Se recargó en el respaldo de la silla con la mirada perdida. El corazón le tronaba desbocado. Todavía no podía asimilar que la mujer de apariencia hermosa, elegante y deslumbrante que era la mejor amiga de su novia fuese la misma chica desaliñada a la que él mismo había humillado junto con Tristán y su grupo.
Ignacio bajó la cabeza profundamente; la culpa se le marcaba con nitidez en el rostro cada vez más lívido. El remordimiento que lo había perseguido durante seis años se multiplicó por mil al mirar de frente el sufrimiento detrás de los ojos de Fernanda.
—Nanda... perdóname. Me arrepiento de verdad de todo lo que hicimos en el pasado —dijo Ignacio con voz ronca, mirando a Fernanda con una súplica desesperada—. Para que lo sepas, después de aquella noche en el Hotel La Perla, a todos nos fue terrible por la furia de Tristán. Sobre todo a él mismo... lleva seis años como un loco buscándote por todas partes. Y la verdad es que Tristán ya te amaba desde antes de que pasara todo aquello...
—¡Basta, Ignacio! —lo cortó Fernanda con un siseo afilado, rebanando la frase de Ignacio sin piedad.
Los ojos de Fernanda refulgían de ira, emanando heridas antiguas que volvían a abrirse. Se inclinó hacia él, mirándolo con una advertencia implacable. —¡No pronuncies el nombre de ese desgraciado delante de mí! ¡No me importan tus cuentos de hadas!
Fernanda lanzó una mirada hacia el pasillo del baño para asegurarse de que Fabiana no regresara aún, y volvió a clavar los ojos en Ignacio con frialdad. —Si no quieres que le cuente a Fabiana todas las barbaridades que hiciste en el pasado, guarda el secreto de este encuentro. ¡No le digas absolutamente nada a Tristán! Cierra la boca. Ese maldito... tiene que recibir de mi parte lo que se merece por todo lo que me destruyó.
Ignacio se sobresaltó, negando con la cabeza presa del pánico. Sabía que había un enorme malentendido que debía aclararse. —¡Las cosas no fueron como tú crees, Nanda! Aquella noche... ¡eso no fue enteramente culpa de Tristán! Él también...
Ignacio luchaba desesperadamente por explicarle que Tristán aquella noche también había sido víctima, drogado por el plan siniestro de Andrés y de él mismo. Pero antes de que pudiera completar su defensa, una voz alegre pulverizó la tensión entre ellos.
—¡Mi amor! Perdón por hacerlos esperar tanto.
Fabiana apareció con paso grácil. Su rostro se veía fresco y radiante tras retocarse el maquillaje en el baño. Sin vacilar, rodeó con los brazos los hombros fornidos de Ignacio desde atrás y recargó la cabeza mimosamente en su cuello, completamente ajena a la atmósfera asfixiante que acababa de reinar en aquella mesa.
Al presenciar la escena, Ignacio no tuvo más remedio que tragarse sus palabras. Forzó una sonrisa rígida en su rostro pálido para recibir a su novia, aunque el corazón aún le latía desbocado por la amenaza de Fernanda.
Al otro lado de la mesa, Fernanda solo pudo permanecer en silencio, observándolos con una mirada indescifrable. En su interior, le resultaba verdaderamente increíble que Fabiana, su amiga independiente y de carácter fuerte, pudiera comportarse con semejante nivel de empalagamiento y docilidad en los brazos de un policía como Ignacio.
Fernanda apretó los puños debajo de la mesa, pensando con amargura:
Si tan solo supieras cómo se portaba el hombre que tienes al lado en el pasado, Fabi... Estoy completamente segura de que jamás le habrías entregado tu corazón ni estarías en sus brazos así.
Continuará...