Un número equivocado. Un hombre que nunca debió contestar.
Después de sorprender a su prometido en la cama con su mejor amiga, Melissa hace lo único que se le ocurre: renuncia, junta su liquidación y se sube al primer vuelo que sale de Río de Janeiro. Destino: Roma. Plan: ninguno.
Una noche, borracha de rabia y de dolor, marca el número de su ex para gritarle todo lo que se calló durante cinco años. Pero se equivoca de código, y la llamada cae en el celular secreto de Don Matteo Cassano, el jefe más frío, poderoso y temido de la mafia italiana.
Él nunca deja que nadie entre en su mundo. Ella no tiene la menor idea de quién es. Y cuando tres desconocidos la acorralan en un callejón, Matteo escucha cada grito… y sale a buscarla.
Ahora Melissa duerme bajo el techo de un hombre que jura no amar a nadie, rodeada de muros, guardias y secretos. Entre un beso que no debió ocurrir, un orgullo que se niega a doblarse y un deseo que quema más que cualquier amenaza, ella tendrá que decidir si quiere escapar… o enfrentarse a la pasión más peligrosa de su vida.
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Capítulo 26 — El encuentro de fuego y entrega
POV: Melissa
El choque del cuerpo de Matteo contra el mío en la pared de la suite hizo que se me encendiera cada nervio de la piel. Su boca no pedía permiso; reclamaba, dominaba y quemaba. El sabor a whisky y peligro se mezclaba con la urgencia de sus manos, que se clavaron en mi cintura y me levantaron hasta que mis pies apenas rozaban el suelo.
Debí haber peleado. Debí haber recordado el miedo, la jaula de oro, el orgullo que llevaba semanas intentando levantar como una fortaleza. Pero cuando sus manos bajaron por mi espalda y jalaron la tela de mi vestido, dejando al descubierto la piel desnuda de mi cadera, se me escapó un gemido ahogado que fue directo a su boca.
—Matteo…
—Sei mia, brasiliana. (Eres mía, brasileña.)
Gruñó esas palabras contra mi cuello, bajando los labios calientes por mi mandíbula hasta la clavícula, mientras una de sus manos subía por dentro de mi vestido, rozando la cara interna de mi muslo con una firmeza que me hizo estremecer entera. El contraste entre la frialdad brutal que había mostrado en el bar minutos antes y la pasión arrolladora con que me tocaba ahora me dejó completamente mareada.
Le jalé la corbata con desesperación, desabotonando los primeros botones de su camisa de vestir para sentir el calor de su pecho. El aroma amaderado de su perfume parecía embriagar mi razón. Me cargó hasta la cama king size, en el centro del cuarto, y me depositó sobre las sábanas de lino sin romper el contacto de nuestras miradas ni un solo segundo.
Sus ojos, oscuros como una noche de tormenta, devoraban cada curva de mi cuerpo mientras se arrancaba el saco y la camisa, dejando al descubierto los hombros anchos y el pecho definido, marcado por cicatrices sutiles.
—Intenté mantenerme a distancia, Melissa. Intenté decirme que solo eras una responsabilidad… Pero la forma en que me miras, esa osadía tuya… me vuelves loco.
Se acomodó entre mis piernas, y el peso de su cuerpo ejercía una presión deliciosa sobre mí. Sus manos hábiles me sacaron el vestido por la cabeza y me dejaron solo con la ropa interior de encaje bajo la luz suave de las lámparas de la suite.
Sentí su mirada recorrer mi piel y detenerse en el contorno generoso de mi cadera y en la curva de mi pecho. Bajó la mano despacio por mi vientre, y mi piel se erizó en oleadas de descarga eléctrica.
—Eres perfecta. Una tentación diseñada para poner a prueba cada límite de mi autocontrol.
POV: Matteo
Tener a la brasileña desnuda bajo mi cuerpo era la realización de la obsesión que me consumía día y noche. Sus curvas cálidas, la piel de vainilla y los rizos oscuros esparcidos sobre la almohada formaban la escena más hermosa y peligrosa que había visto en Roma.
Libre del vestido, deslicé los dedos por el encaje de su ropa interior, sintiendo la humedad caliente que probaba que su entrega era tan desesperada como la mía.
Melissa jadeó, alzando la cadera hacia mi toque mientras sus dedos se clavaban en mis hombros.
—Matteo… por favor…
Su voz, ronca y cargada de deseo, casi suplicante, acabó con lo que me quedaba de cordura. Me bajé el cierre del pantalón y me deshice de las últimas prendas. Me coloqué entre sus muslos, sintiendo el calor de su sexo rozar mi miembro erecto y hambriento.
Le sujeté la cara con las dos manos y la obligué a mirarme directamente.
—Mírame, brasileña. Quiero que sepas exactamente quién te está poseyendo esta noche.
Entré en ella en un movimiento lento, profundo y continuo.
Melissa soltó un jadeo alto, echando la cabeza hacia atrás mientras sus piernas se enroscaban en mi cintura y me envolvían con una firmeza arrolladora. La sensación de su cuerpo estrecho y caliente recibiéndome por completo hizo escapar de mi garganta un gruñido de puro placer.
Empecé a moverme a un ritmo cadencioso, profundo y fuerte. Con cada embestida, la cama crujía bajito y los gemidos suaves de Melissa llenaban el cuarto, aumentando mi sed de ella. Sus manos bajaban por mi espalda, arañándome la piel, mientras acompañaba mi ritmo con el vaivén y la pasión natural que solo tenía la mujer brasileña.
—Ah, Matteo… Dios mío…
Aumenté la velocidad de los movimientos, llevándola al límite del placer. El roce de nuestros cuerpos, el sonido de la respiración desordenada y el calor sofocante de aquella entrega convirtieron la suite en un santuario de puro fuego y posesión. Cuando el clímax la alcanzó, vi cómo se le dilataban los ojos y cómo su cuerpo se contraía alrededor del mío en oleadas intensas; enseguida me entregué junto con ella, derramándome en su interior mientras sellaba nuestros destinos bajo las sombras de Roma.