Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 10
Capítulo 10. Una foto de la heredera
Daniel sabía lo que pasaría si les pedía a su madre y a su hermana que se disculparan con Camila.
Victoria tenía un carácter terrible. Paula convertiría el asunto en otro escándalo.
—Cami, sabes cómo es mi madre. Pedirle que se disculpe...
Prefirió ganar tiempo. Lo urgente era que Camila volviera a ocuparse de la empresa.
—La gente puede cambiar, Daniel. Por mí y por tu compañía, espero que lo pienses bien.
Ella colgó y apagó el teléfono.
Daniel intentó llamarla otra vez, sin éxito. Se aflojó la corbata, con una rabia que ya no sabía dónde descargar.
Beatriz tenía razón. La había consentido demasiado.
¿Cómo podía ponerse así en un momento tan importante?
Decidió no insistir. No iba a creer que necesitaba a Camila para conseguir que la empresa saliera a bolsa.
Pero esa misma tarde, los mensajes del grupo de trabajo no dejaron de llegar.
Otros tres socios cancelaban sus contratos con Grupo Ferrer. Los accionistas exigían explicaciones.
Daniel convocó una reunión en cuanto llegó a la oficina.
No tardaron en encontrar el problema. La tarde anterior había fallado una campaña de lanzamiento. Camila debía supervisarla, pero durante ese tiempo había estado atendiendo las llamadas de su familia.
Daniel se quedó sin nada que decir.
Entonces volvió a sonar el teléfono. Era su madre.
Lo arrojó con tanta fuerza que todos se sobresaltaron.
El asistente lo recogió del suelo con las manos temblorosas. Daniel dio por terminada la reunión.
Necesitó un rato para tranquilizarse. Después tomó su chaqueta y fue a casa de sus padres.
Paula se había refugiado allí después de la pelea con Iván. Estaba hablando con Victoria sobre cómo castigar a Camila cuando una empleada anunció la llegada de Daniel.
Madre e hija intercambiaron una mirada satisfecha.
Por fin la había llevado a disculparse.
La puerta se abrió y entró Daniel.
Solo.
Tenía el rostro endurecido. No las saludó siquiera. Cruzó la sala y entró en el despacho de su padre.
Media hora después salió con Ernesto Ferrer.
Victoria le cortó el paso.
—¿Dónde está Camila? ¿Por qué no vino contigo?
Daniel la miró con frialdad.
—Mamá, controla a Paula. Si sigue haciendo esto, ¿van a pagar ustedes lo que pierde la empresa?
—¿De qué estás hablando? ¿Esa desgraciada de Camila te puso contra nosotras?
—¿Ponerme contra ustedes?
Él arrojó un informe sobre la mesa de centro.
—Ayer no dejaron de llamarla. Perdimos tres contratos y casi cien millones de pesos. ¿A quién le cobramos esa pérdida?
Las dos palidecieron.
Paula se acercó, indignada.
—¡Nos estás gritando por ella! ¡Ni siquiera es de nuestra familia!
—Es la persona que puede conseguir que salgamos a bolsa. ¿Y ustedes qué hacen? Gastar sin límite y complicarme la vida.
Daniel las miró por turnos.
—Van a disculparse con ella. Las dos.
Victoria levantó la voz.
—¡Ella fue la que me faltó al respeto! ¿Y todavía quieres que yo vaya a pedirle perdón?
—Porque los proyectos más importantes del próximo trimestre dependen de ella —respondió Ernesto.
Dejó unos documentos frente a su esposa.
—Desde este momento no puedes disponer de la villa de la bahía. Y Paula no recibirá un solo peso de su fondo familiar. Hasta que se disculpen con Camila, no recuperarán el acceso ni a la propiedad ni al dinero.
Daniel añadió:
—Puedes consentir a Paula en otras cosas. Con el futuro de la empresa no se juega.
Victoria presumía aquella villa entre sus amigas. Paula utilizaba su dinero como garantía de poder dentro de su matrimonio. Sin esos recursos, ambas perdían buena parte de la seguridad con la que daban órdenes.
Paula empezó a llorar.
—¡Papá, no puedes hacerme esto! ¡Acabo de tener un bebé!
—Esta familia puede mantener a holgazanes. Lo que no voy a mantener son idiotas. O se disculpan con Camila o se largan de esta casa. Ustedes deciden.
A Victoria le temblaban las manos.
Miró el perfil imperturbable de su hijo y después a su esposo. Ninguno iba a ceder.
Había intentado poner a Camila en su sitio. En cambio, había acabado reprendida y castigada junto con su hija.
Al final pidió que llamaran a Camila. Esta vez lograron comunicarse: ella ya había encendido de nuevo el celular.
Victoria apretó los dientes antes de hablar.
—Te pido una disculpa.
Paula, entre sollozos, murmuró:
—No debí interrumpirte mientras trabajabas.
Cuando terminó la llamada, nadie dijo nada.
Victoria se quedó mirando por la ventana, llena de odio.
Camila se había atrevido a humillarlas a las dos. Iba a pagarlo. Victoria se encargaría de devolvérselo con creces.
***
Aquella noche, Beatriz recibió a Daniel con una cena abundante.
La ausencia de Camila la tenía de buen humor. Por fin podían pasar tiempo juntos, los tres, sin una persona de más en la mesa.
Nicolás estaba igual de contento.
Daniel, en cambio, apenas tocó la comida.
—No tengo hambre. Voy a trabajar.
Se encerró en el estudio.
La situación de la empresa era pésima. Su familia tampoco le daba tregua. Le dolía la cabeza.
Y si Camila lograba imponerle condiciones esta vez, ¿qué le impediría volver a hacerlo?
Pensó en ella y se sintió todavía peor.
No conseguía concentrarse. Tomó el celular y buscó su número. Estuvo a punto de llamarla, pero se detuvo en el último instante.
Si cedía tan fácilmente, ella pensaría que podía controlarlo.
Durante toda la noche evitó acercarse a Beatriz. Incluso cuando ella llamó a la puerta del estudio, él dijo que estaba ocupado.
Antes de dormir, Beatriz volvió a intentarlo.
—¿La extrañas porque no está aquí?
Daniel soltó una risa breve y le acarició el cabello.
—Estoy pensando en ella, sí. En por qué se enojó tanto por lo de mi madre y Paula.
—Nunca te había tratado así. ¿Eso te asusta?
—¿Qué tendría que asustarme?
—Perderla.
Daniel estaba demasiado cansado para soportar otra conversación como aquella.
—No digas tonterías.
Apagó la luz, dejó el teléfono a un lado y le dio la espalda.
Beatriz quiso insistir, pero él había cerrado el tema.
Cuando Daniel se durmió, ella tomó su celular y lo desbloqueó.
La pantalla seguía abierta en la conversación con Camila.
Dos horas antes, él le había enviado un mensaje para pedirle que hablaran. Camila no había respondido.
Por eso no soltaba el teléfono. Decía que estaba trabajando, pero esperaba una respuesta de ella.
Beatriz miró a Daniel. Hasta dormido mantenía el ceño fruncido.
Sintió que se le enfriaba el pecho.
***
Al atardecer del día siguiente, Daniel estaba atendiendo un compromiso de negocios cuando su grupo de antiguos compañeros de universidad volvió a la vida.
El celular vibró una y otra vez.
«¿Ya se enteraron? ¡Apareció la hija de los Montenegro!»
La respuesta llegó al instante.
«¿Los Montenegro de Puerto Claro? ¿Los que controlan medio mundo financiero de la ciudad?»
«Esos mismos. Es hija de Alejandro, pero nació fuera del matrimonio. Acaban de encontrarla y heredó más de cien mil millones. Ahora es la heredera de la familia».
Quien escribía parecía estar en la cena.
«La tienen rodeada de guardaespaldas. Si alguien se acerca demasiado, lo sacan. Es impresionante».
Los mensajes empezaron a cruzarse.
«¿Cien mil millones? Eso ya parece una novela».
«¿Es guapa? ¿Está soltera?»
«Si está bonita, yo me animo a invitarla a salir...»
«Ni lo sueñes. La vi de lejos. Lleva un vestido color champaña y parece que brilla debajo de las lámparas. Tiene más presencia que una actriz».
«¡Manda foto!»
«¿Tienes una foto o no?»
La persona que había iniciado la conversación envió un gesto de resignación.
«No es tan fácil. Sus guardaespaldas miran todo. Pude tomar una cuando se dio vuelta, pero salió de lejos y muy borrosa. Algo se distingue».
La imagen apareció unos segundos después.
Era una figura esbelta, captada de perfil. El cabello estaba recogido. Se alcanzaban a ver la línea de la mandíbula, el cuello y un collar de diamantes. El rostro no se distinguía bien.
El grupo se llenó otra vez de mensajes.
«¡Con ese perfil ya parece una estrella!»
«Se parece a mi ex».
«Sí está guapa. Pero me resulta conocida... Oí que estudió Finanzas. ¿Y si fue a nuestra universidad?»
«¡Esperen! ¿No se parece a Camila Rivas? ¿La chica más guapa de nuestra generación?»
«Imposible. Camila se casó con Daniel Ferrer. ¿Cómo va a ser la heredera de los Montenegro?»
Los comentarios siguieron llegando, cada vez más alejados del mensaje inicial.
Daniel vio el nombre de Camila y frunció el ceño.
Abrió la foto de inmediato.