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Me fui en silencio

Me fui en silencio

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Sila Reis

Mia Thompson lo tenía todo: una carrera brillante, una mansión frente al Mediterráneo y un matrimonio que el mundo entero envidiaba. La noche en que descubrió que estaba embarazada, también descubrió la verdad: su esposo, el poderoso Noah Montenegro, llevaba meses viviendo una vida que no la incluía… con una mujer cuyo apellido escondía un secreto capaz de destrozarlo todo.

Otras mujeres habrían gritado. Habrían llorado, suplicado, exigido explicaciones.

Mia no.

Con la frialdad de quien ha aprendido a medir cada reacción, guardó su dolor, reunió cada prueba y trazó un plan del que Noah jamás sospecharía. Cuando por fin desapareció, lo hizo de la forma más silenciosa y devastadora posible… y se llevó consigo un secreto que él descubriría demasiado tarde.

Pero desaparecer no es lo mismo que olvidar. Y algunos hombres solo entienden lo que perdieron cuando ya no pueden recuperarlo.

Entre una traición que nadie vio venir, un embarazo escondido, un pasado familiar enterrado y un amor que se negó a morir del todo, Mia tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para protegerse a sí misma… y qué hacer cuando el hombre que la destruyó empieza, contra todo pronóstico, a convertirse en alguien que quizá merezca una segunda oportunidad.

¿Y si la venganza más perfecta fuera, simplemente, volver a ser feliz?

NovelToon tiene autorización de Sila Reis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 — Bella

—Esto es enfermizo —murmuró Henrique.

Noah no respondió.

Henrique observó a su amigo unos segundos, como si esperara que él mismo cayera en la cuenta de la dimensión de lo que estaba haciendo. Pero Noah seguía mirando la ciudad a través de los enormes ventanales, con la mandíbula tensa y una expresión que mezclaba irritación e incomodidad.

—Estás cambiando a tu esposa por una fantasía de ella.

—No estoy cambiando a nadie.

—¿No? Ayer elegiste la fantasía.

Mia abrió los ojos.

Su rostro estaba pálido. El llanto no venía. Tal vez el impacto había congelado las lágrimas antes de que pudieran nacer. El corazón le latía tan deprisa que llegaba a dolerle, pero por fuera permanecía casi inmóvil.

Era extraño cómo el cuerpo podía seguir funcionando después de oír algo capaz de destruir una vida entera.

Henrique bajó aún más la voz.

—¿Y si Mia lo descubre?

Noah se quedó unos segundos en silencio.

Después dijo, con una seguridad que a ella le dio náuseas:

—No lo va a descubrir. Mia confía en mí.

La frase fue el golpe final.

No fue la existencia de otra mujer.

No fue saber que Noah salía a escondidas a verla.

No fue siquiera descubrir que él buscaba en aquella amante una versión más joven de su propia esposa.

Lo que destruyó a Mia en ese instante fue oírlo usar la confianza de ella como escudo para seguir engañándola.

Mia confía en mí.

Sí.

Ella confiaba.

Confiaba cuando Noah decía que estaba trabajando hasta tarde. Confiaba cuando aparecían reuniones de último momento. Confiaba cuando cancelaba una cena porque había surgido algún problema en la empresa de equipos médicos y medicamentos. Confiaba cuando percibió un perfume femenino en el cuello de él y aceptó la explicación de que había pasado horas en una sala llena de inversores y ejecutivos.

Confiaba cuando le decía que la amaba.

Había confiado incluso la noche anterior, cuando él abandonó la cena de aniversario para atender una supuesta emergencia. Y Noah lo sabía. Peor aún. Contaba con eso. Mia retrocedió un paso. El tacón casi hizo ruido contra el piso, pero logró mantener el equilibrio. Se llevó una mano con discreción a la pared, respiró hondo y se giró antes de que ellos la vieran. Volvió al salón con el cuerpo entero funcionando por instinto. Sentía las luces demasiado fuertes, los perfumes demasiado dulces, las sonrisas demasiado falsas. El sonido de las conversaciones parecía lejano. Las copas chocando, las risas, los mozos circulando y la música elegante que llenaba el salón formaban un ruido casi insoportable.

Hasta pocas horas antes, aquella fiesta le había parecido exagerada. Ahora parecía una broma cruel. Una celebración organizada por el mismo hombre que la engañaba. Mia siguió caminando. A través de los grandes ventanales alcanzaba a ver parte de Sicilia iluminada por la noche. Durante años, aquella isla se había vuelto sinónimo de hogar para ella. Mia había aprendido a amar el azul intenso del Mediterráneo, las construcciones antiguas, las calles estrechas de piedra, los pequeños cafés, las mesas puestas en las veredas y el olor a comida que escapaba de las cocinas al caer la tarde. Amaba conducir por la costa y ver el mar asomar entre los edificios. Amaba las mañanas soleadas, los mercados llenos de frutas, verduras, quesos y especias. Amaba sentarse con Noah en restaurantes pequeños y compartir platos mientras él se quejaba de que ella siempre le robaba algo del suyo después de jurar que no tenía hambre.

Sicilia guardaba recuerdos de ambos: paseos, cenas, besos y promesas. Allí habían construido una parte importante del matrimonio. Pero, aquella noche, todo había cambiado.

La misma Sicilia que Mia había aprendido a llamar hogar parecía de pronto cómplice de una vida que no existía. Las luces seguían hermosas. El Mediterráneo seguía inmenso. Las construcciones seguían iluminadas contra la noche. Nada había cambiado. Y, al mismo tiempo, todo era distinto. Porque ahora Mia sabía. ¿A cuántos de aquellos lugares había ido Noah con otra mujer?

¿Cuántas veces había dicho que estaba trabajando mientras recorría esas mismas calles acompañado de ella? ¿En qué restaurante había tomado otra mano? ¿En qué hotel había mentido? ¿En qué parte de aquella isla había empezado a destruir el matrimonio de ambos? Sicilia, que antes guardaba los recuerdos más hermosos de Mia, acababa de convertirse en un mapa de preguntas que ella temía responder.

Alguien la llamó. No lo oyó. Otra persona le tocó el brazo, preguntándole si estaba bien. Mia sonrió por reflejo.

—Solo necesito agua.

Tomó una copa cualquiera de la bandeja de un mozo y se la llevó a los labios, pero no bebió. Fue entonces cuando notó un movimiento cerca de la entrada del salón. Una mujer joven acababa de llegar acompañada de dos amigas. Mia no la conocía.

Al menos eso pensó en el primer instante. Pero había algo en aquella chica que enseguida le llamó la atención. Tal vez fuera la juventud evidente. Tal vez el contraste entre la apariencia delicada y la seguridad con que cruzó un salón lleno de gente importante. No parecía tener más de veintitantos años. Bella era bonita. Muy bonita. Pero su belleza tenía algo engañoso.

El rostro delicado quedaba enmarcado por un cabello largo, castaño claro, brillante y suelto en ondas suaves sobre la espalda. La piel clara parecía casi luminosa bajo las arañas. Los ojos grandes, de un tono castaño dorado, le daban un aire dulce, casi infantil cuando sonreía. Tenía la nariz pequeña, la boca bien dibujada y una expresión que, vista de lejos, podría convencer fácilmente a cualquiera de que aquella joven jamás le haría daño a nadie.

Era exactamente eso lo que volvía peligrosa a Bella. Parecía inocente. Pero no lo era. Bella llevaba un vestido celeste, delicado, de tela ligera y sofisticada. La prenda le marcaba con suavidad la cintura antes de caer sobre las piernas, y dejaba los hombros al descubierto. Pequeños detalles brillantes repartidos por la tela reflejaban las luces del salón cuando se movía.

El color reforzaba aún más aquella falsa delicadeza. Azul claro, suave. Casi angelical. El tipo de vestido que una mujer usaría para parecer dulce sin decir una palabra. Pero había algo en sus ojos que contradecía por completo esa imagen. Bella sonreía a la gente con delicadeza, saludaba a los conocidos inclinando levemente la cabeza y hasta parecía un poco tímida cuando recibía algún elogio. Sin embargo, en cuanto nadie le prestaba atención directamente, algo cambiaba.

La sonrisa permanecía. Los ojos, no. Había maldad disfrazada de calma.

No esa maldad escandalosa que necesita humillar o alzar la voz. Era peor. Era la seguridad silenciosa de una mujer que sabía estar ocupando un lugar que pertenecía a otra y sentía placer en ello.

Entonces ocurrió. Noah volvió de la terraza y vio a Bella. Se detuvo. Medio segundo. Solo eso. Pero Mia lo vio.

La chica también vio a Noah. Y sonrió. Una sonrisa pequeña e íntima. Posesiva. Una sonrisa que no necesitaba palabras porque cargaba recuerdos que solo ellos dos conocían. Mia sintió que la mano se le helaba alrededor de la copa.

Bella.

La palabra volvió a su mente con un peso cruel. Así que era ella. La mujer por la que Noah había abandonado a su esposa en el aniversario de bodas. La mujer que tenía sabor a novedad.

A emoción y a peligro.

La mujer que hacía respirar distinto a Noah. Mia la observó cruzar el salón.

Bella caminaba con pasos ligeros, repartiendo saludos como si perteneciera a aquel ambiente. Cuando alguien le hablaba, sonreía con dulzura. En cierto momento, una señora mayor le tomó la mano y Bella inclinó el cuerpo para escucharla mejor, en una demostración perfecta de buenos modales.

Casi inocente, pero muy encantadora. Hasta que llegó cerca de Mia. Los ojos de ambas se encontraron. Bella aminoró el paso. Por un instante, su expresión siguió siendo dulce. Después la comisura de su boca se elevó un poco más. No fue una sonrisa de presentación. No fue amabilidad; fue reconocimiento y burla.

Tan discreta que cualquier otra persona habría creído que Mia se imaginaba cosas. Pero las mujeres reconocen ciertas provocaciones. Bella sabía exactamente quién era ella. Mia lo tuvo claro. Y, en aquel momento, sucedió algo todavía más extraño. El rostro, los ojos, la línea del mentón y de la boca.

Había algo familiar en Bella. No eran iguales. No había un parecido lo bastante evidente para que alguien lo señalara de inmediato. Aun así, Mia tuvo la sensación perturbadora de estar mirando un reflejo deformado de algo conocido.

Tal vez de ella misma. De la mujer que había sido años atrás. Y entonces las palabras de Noah volvieron como veneno. «Me recuerda a Mia cuando era más joven.» El estómago de Mia se revolvió.

Bella pasó cerca de ella.

—Buenas noches.

La voz era tan suave como su apariencia. Mia sostuvo su mirada.

—Buenas noches.

Por fuera, dos mujeres educadas saludándose en una fiesta. Por dentro, una esposa y una amante reconociéndose sin que ninguna necesitara decir quién era. Bella inclinó discretamente la cabeza.

—La fiesta está preciosa.

Mia sintió algo frío recorrerle la columna.

—Lo está.

—Tu marido sí que sabe sorprender a una mujer.

La frase podría parecer inocente. No lo era. Mia lo notó. Y Bella notó que ella lo había notado. Por un segundo, la dulzura desapareció por completo de los ojos de la chica. Después volvió, como una máscara colocada en su sitio.

—A Noah siempre le gustaron los grandes gestos —respondió Mia.

—Me imagino.

Fue en ese instante cuando Noah volvió a mirarlas y palideció. El corazón pareció detenérsele. Bella estaba frente a Mia. Las dos conversaban. Noah no alcanzaba a oír lo que decían por la distancia, pero vio a Bella sonriendo y a Mia respondiendo con una calma imposible de interpretar. Un miedo violento le atravesó el cuerpo. Durante unos segundos se quedó paralizado. ¿Y si Bella había dicho algo? ¿Y si estaba provocando a Mia? ¿Y si Mia sabía? ¿Y si había oído la conversación con Henrique? La sensación fue tan fuerte que Noah sintió que el estómago se le contraía.

Miró de inmediato a Henrique. El amigo lo notó. Siguió la dirección de sus ojos y también vio a las dos mujeres.

—Mierda.

—¿Qué hace ella aquí?

—No lo sé.

—¿Tú invitaste a Bella?

—Claro que no.

Noah sintió una oleada de calor subirle por el cuello. No eran celos. Era pánico. La vida cuidadosamente dividida en dos partes estaba, de repente, en el mismo salón. Su esposa y su amante, separadas por unos pocos centímetros.

Noah empezó a caminar hacia ellas demasiado rápido. Intentó aminorar el paso al notar que algunas personas podían darse cuenta, pero ya era tarde para controlar su propio cuerpo. El corazón le martillaba en el pecho. Cada segundo parecía peligroso. Mia decía algo. Bella sonrió. Noah sintió ganas de arrancarla de allí. No a Mia. A Bella. Porque conocía a su amante lo suficiente para saber que, detrás de aquella apariencia delicada, había una joven impulsiva, celosa y cada vez más molesta con el lugar que ocupaba, escondida, en su vida.

¿Y si decía algo solo para hacer daño? ¿Y si llamaba a Noah por el apodo que usaba cuando estaban solos? ¿Y si lo tocaba delante de Mia? ¿Y si Mia notaba la forma en que él miraba a Bella?

Había pasado meses creyendo que lo controlaba todo. En aquel instante, comprendió que no controlaba absolutamente nada.

Noah se acercó demasiado rápido.

—¡Mia! —exclamó.

Las dos mujeres lo miraron, y eso empeoró todo. Bella sonrió. Mia no. Noah apartó rápido los ojos de Bella y concentró toda su atención en la esposa. Estaba pálida. Demasiado pálida.

—Estás pálida.

—¿Sí?

—Sí. ¿Quieres que nos vayamos?

Mia sostuvo su mirada. Por dentro, algo gritaba. Pregúntale. Confróntalo. Termina con todo aquí. Hazlo mirarte frente a la amante y confesar. Que diga quién es Bella. Que explique por qué abandonó a su esposa embarazada en el aniversario de bodas para correr detrás de una mujer que parecía una versión más joven de ella.

Pero Mia no hizo nada. No aquella noche.

La ingeniera química que había en ella llevaba años aprendiendo que ciertas reacciones no podían interrumpirse de forma impulsiva. Una alteración mínima podía cambiar por completo el resultado. Había que observar, comprender y aislar cada elemento antes de decidir qué hacer con él. Y aquella era la reacción más peligrosa que Mia había enfrentado, porque involucraba su matrimonio, su hijo, su vida y su futuro.

El impacto podía hacerla actuar antes de pensar. El dolor podía llevar a una persona a entregarle ventaja al enemigo. Y Noah, en ese momento, había dejado de ser solo su marido. Se había convertido en un hombre que mentía mirándola a los ojos.

Mia dejó la copa en una mesa cercana.

—No. Estoy bien.

Noah le rozó la cintura. El contacto casi la hizo estremecerse. Tuvo que reunir todas sus fuerzas para no apartarse.

—¿Segura?

—Segura.

Él estudió su rostro, buscando señales. Alguna alteración, una acusación, rabia, lágrimas, cualquier cosa que delatara que ella sabía. Mia no le dio nada. Le ofreció a Noah el mismo tipo de calma que usaba ante problemas graves en su trabajo, cuando necesitaba observar todos los resultados antes de llegar a una conclusión.

—Hiciste una fiesta preciosa.

Noah se relajó de forma casi imperceptible. Solo un poco. Pero Mia lo notó.

—La hice por ti.

Mia miró a Bella. La joven del vestido celeste se había alejado unos metros y ahora conversaba con Henrique. Parecía la imagen perfecta de la inocencia. Sonreía con delicadeza mientras sostenía una copa entre los dedos. Pero sus ojos se escapaban hacia Noah cada pocos segundos, y él hacía un esfuerzo desesperado por no mirarla a su vez.

Mia lo vio todo. La tensión de él, la inquietud, el miedo y la manera en que su cuerpo parecía dividido entre vigilar a Bella y convencer a la esposa de que no pasaba nada.

Entonces Mia comprendió una cosa. Él tenía miedo. No de perder a Bella. De ser descubierto. Y aquella certeza produjo dentro de ella una calma que no debería existir.

—Lo sé —respondió.

Y sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi perfecta. Noah la creyó. Ese fue su segundo error. El primero había sido pensar que ella nunca lo descubriría.

El tercero, Mia todavía estaba decidiendo cómo hacérselo cometer.

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