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El Heredero Del Imperio Eterno

El Heredero Del Imperio Eterno

Status: En proceso
Genre:Héroes / CEO / Fantasía épica
Popularitas:299
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.

Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.

Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.

Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.

Un falso heredero ocupa su lugar.

Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.

Antiguas familias empiezan a perseguirlo.

Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.

Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.

Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.

Pero existe un problema todavía mayor:

Su identidad no fue simplemente robada.

Fue dividida.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un Nombre Prestado

Adrián llegó al borde.

Abajo no había nadie.

Seis pisos.

Una calle.

Vehículos.

Personas.

El hombre había desaparecido.

Jian Mo llegó detrás.

—Te dije que no lo siguieras.

Adrián no respondió.

—¿Qué viste?

Silencio.

Jian Mo lo agarró.

—¿Qué viste?

Adrián giró.

—Mi cara.

Jian Mo se quedó quieto.

—¿Qué?

—Tenía mi cara.

—¿Ilusión?

—No lo sé.

—Descríbelo.

—Mi altura. Mi edad. Mi voz casi igual.

Jian Mo palideció.

Eso era suficiente para preocuparlo.

—Sabes quién es.

—No.

—Pero sabes qué significa.

Jian Mo caminó hacia el borde.

—Tenemos que irnos.

—No hasta que hables.

—No aquí.

—Habla.

Jian Mo lo miró.

—Existe una técnica prohibida.

—¿Cultivación?

—No exactamente.

—¿Qué hace?

—Copia apariencia.

—Eso no explica mi voz.

—Puede copiar más.

—¿Recuerdos?

—No.

Adrián recordó las palabras.

Tú solo robaste mi vida.

—Tal vez no estaba copiándome.

Jian Mo no respondió.

El silencio confirmó que también lo había pensado.

Regresaron al apartamento.

La caja había desaparecido.

El medallón seguía allí.

Adrián cerró cortinas.

—Ahora.

Jian Mo se sentó.

—Hace dieciocho años murió un niño llamado Adrián Valerius.

—Qiu me lo dijo.

—¿Te dijo dónde?

—Incendio.

—¿Dónde?

—No.

Jian Mo respondió:

—Lóngchéng.

Adrián sintió algo.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Familia?

—Padre extranjero. Madre local.

—Nombres.

—Marcus Valerius y Lin Xue.

—¿Murieron?

—Oficialmente.

—Esa palabra otra vez.

—Porque los registros son contradictorios.

—¿El niño tenía mi edad?

—Exactamente.

Adrián caminó.

—Si murió a los ocho...

—Tú tenías ocho.

—¿Nos parecíamos?

—No lo sé.

—¿Quién creó la identidad?

—No lo sé.

Adrián se giró.

—Sabes demasiado para no saber nada.

Jian Mo se levantó.

—Tu padre me contó fragmentos. Han Qiren sabía más.

—Y ahora está muerto.

—Sí.

—Conveniente.

Jian Mo endureció la expresión.

—Cuidado.

—¿Por qué?

—Han salvó tu vida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estuve allí una vez.

Adrián se congeló.

—¿Cuándo?

—Hace siete años.

—Dijiste que tardaste siete años en encontrarme.

—No a ti.

—Entonces ¿a quién?

—A Han Qiren.

Adrián entendió.

—Mi padre te pidió buscarme.

—Sí.

—Encontraste a Han.

—Un año después.

—¿Qué dijo?

—Que si te encontraba antes de tiempo, te mataría con mis propias manos.

Adrián soltó una risa sin humor.

—Protector dedicado.

—No estaba bromeando.

—¿Por qué?

—Porque tu existencia activaría una guerra.

—¿Entre las Casas?

—No solo.

Adrián lo miró.

—Siempre agregas esa frase.

—Porque sigues pensando que las Nueve Casas son el techo.

—¿No lo son?

Jian Mo respondió:

—Son la puerta principal.

No explicó más.

Adrián tomó el cuaderno.

Escribió:

Adrián Valerius original.

Murió a los ocho.

Mismo año en que algo me ocurrió.

Un hombre con mi cara roba el registro.

—Necesito los documentos del incendio.

—Están sellados.

—Entonces los abriremos.

—¿Cómo?

Adrián sacó la tarjeta de Luo Ming.

—Policía.

Jian Mo negó.

—No metas a Luo.

—Él ya está metido.

—No sabes quién es.

—¿Tú sí?

Jian Mo suspiró.

—Luo Ming perteneció a la Casa Luo.

—¿Perteneció?

—Fue expulsado.

—¿Por qué?

—Mató a un anciano.

Adrián observó la tarjeta.

—¿Por qué sigue vivo?

—Buena pregunta.

Una hora después, Adrián estaba frente a la comisaría.

Jian Mo no entró.

—No confían en mí.

—Nadie confía en ti.

—Tú menos.

—Mi caja tenía razón.

Luo Ming apareció.

—Sabía que volveríamos a vernos.

—Necesito un favor.

—No hacemos favores a desconocidos.

—Busque el incendio Valerius de hace dieciocho años.

Luo dejó de sonreír.

—¿Cómo sabes de eso?

—Entonces existe.

—No respondí.

—Su cara sí.

El inspector lo llevó a una oficina.

Cerró.

—¿Quién te habló?

—Qiu.

Luo lo miró.

—¿Wuyin?

—Lo conoce.

—Conozco demasiadas cosas.

—Quiero el expediente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuatro policías murieron la última vez que alguien intentó sacarlo.

Adrián no esperaba eso.

—¿Cuándo?

—Hace nueve años.

—¿Quién?

—Un hombre llamado Shen Jianhong.

Su padre.

Adrián se sentó.

—Mi padre vino a buscarlo.

—Así que finalmente admites quién eres.

Adrián no corrigió.

Luo abrió un cajón.

Sacó una carpeta.

—No es el expediente.

—¿Qué es?

—Mi investigación.

Adrián abrió.

Fotografías.

Incendio.

Una casa.

Tres cuerpos.

No dos.

—¿Tres?

—Padre. Madre. Niño.

—Entonces toda la familia murió.

—Eso dice el informe.

—¿Y no lo cree?

Luo señaló la foto del niño.

—No había suficiente cuerpo para identificarlo.

—¿ADN?

—Hace dieciocho años se hizo una prueba.

—¿Resultado?

—Coincidencia con la madre.

—Entonces era su hijo.

—O un pariente cercano.

Adrián sintió que la historia se abría.

—¿Lin Xue tenía familia?

—Hermana.

—Nombre.

Luo dudó.

—Lin Yue.

Adrián anotó.

—¿Viva?

—Desaparecida desde el incendio.

—¿Quién era?

—Médica.

—¿Tradicional?

Luo levantó una ceja.

—¿Cómo lo supiste?

Han Qiren.

Cultivación.

Puertas.

—Siga.

Luo sacó otra foto.

Una mujer joven.

Adrián sintió algo.

Conocía ese rostro.

No de memoria.

De la fotografía quemada.

Su madre.

—No.

Luo observó su reacción.

—¿Qué?

Adrián tomó la imagen.

Lin Yue.

Era idéntica a la mujer que él recordaba como su madre.

—¿Esta es Lin Yue?

—Sí.

—¿Y Lin Xue?

Luo buscó otra foto.

Adrián la vio.

Otra mujer.

Parecida.

Pero no la misma.

Su mundo se detuvo.

Si Luo tenía razón...

la mujer que Adrián recordaba como su madre no era Lin Xue.

Era su hermana.

Y estaba relacionada con la familia Valerius.

—¿La conoces? —preguntó Luo.

Adrián tardó.

—No.

Mentira.

Luo lo supo.

—Escúchame.

El inspector cerró la carpeta.

—Tu identidad no fue fabricada porque alguien necesitara documentos.

—Entonces ¿por qué?

—Creo que alguien necesitaba unir dos niños en un solo registro.

Adrián sintió frío.

—Explique.

—Un niño Shen debía desaparecer.

—Yo.

—Y un niño Valerius debía seguir existiendo.

Adrián miró la foto.

—¿Por qué?

Luo respondió:

—Eso intentó averiguar tu padre.

—¿Y?

—Encontró algo.

—¿Qué?

—No sé.

—Siempre lo mismo.

—Dos días después, desapareció.

Adrián cerró los ojos.

Hace nueve años.

Eso era antes de su exilio.

No coincidía.

—Dijo que mi padre vino hace nueve años.

—Sí.

—Yo fui enviado hace ocho.

—Sí.

Adrián abrió los ojos.

—Entonces mi padre sabía del expediente antes de enviarme.

—Exacto.

Una pieza encajó.

Su exilio no comenzó con la desaparición de su padre.

Comenzó porque él había encontrado algo.

—¿Qué ocurrió después?

Luo señaló una fotografía.

Una marca quemada sobre una pared.

Nueve estrellas.

Corona vacía.

Adrián sintió la Puerta.

—Ese símbolo estaba en la casa Valerius.

—Sí.

—¿Qué significa?

Luo respondió:

—No lo sé.

—Miente.

—No.

El inspector se inclinó.

—Pero sé algo peor.

—¿Qué?

—El mismo símbolo apareció en el asesinato de mi hermano.

Silencio.

Por primera vez, Luo Ming no parecía un policía.

Parecía alguien esperando venganza.

—¿Cuándo?

—Hace doce años.

—¿Y por eso mató a un anciano Luo?

Los ojos del inspector se endurecieron.

—Jian Mo habla demasiado.

—Entonces es cierto.

—Sí.

—¿El anciano mató a su hermano?

—No.

—¿Entonces?

—Sabía quién lo hizo.

Adrián guardó la fotografía.

—Ayúdeme.

Luo lo miró.

—¿A qué?

—A encontrar el Registro Valerius.

—Lo robaron.

—Sé quién lo tiene.

—¿Quién?

Adrián recordó su propio rostro.

—Un hombre que dice que yo robé su vida.

Luo permaneció inmóvil.

Después abrió otro cajón.

Sacó una vieja fotografía.

Dos niños.

Ocho años.

Uno era Adrián.

El otro...

tenía exactamente su rostro.

—Entonces llegó antes de lo que esperaba —dijo Luo.

Adrián levantó la mirada.

—¿Quién es?

Luo respondió:

—El segundo niño.

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