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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— Té y galletas en la puerta de casa

Kaelo y Vladímir no lo dudaron. Sabían a qué hora salía Elían del trabajo, y también sabían que esa tarde se quedaría hasta tarde terminando el inventario del almacén. Así que tomaron el coche, dieron la dirección que habían averiguado y en pocos minutos estaban frente a la pequeña vivienda de paredes blancas y techo bajo.

—Es aquí —dijo Vladímir, bajando la ventanilla y mirando la puerta de madera sencilla—. No parece posible.

—Pues es aquí —respondió Kaelo, y tocó el timbre.

La puerta se abrió al instante. Damián apareció en el umbral con una sonrisa cálida, las manos aún un poco húmedas de lavar los platos, y al verlos no mostró ni desdén ni asombro. Solo amabilidad.

—Buenas tardes —les dijo, abriendo más la puerta—. Pasan, por favor. Supongo que vienen por Elían.

Ambos entraron despacio, como si temieran romper algo. El lugar era pequeño: una sola sala comedor, muebles viejos pero impecables, cortinas de algodón limpias, olor a vainilla y pan recién horneado. Nada de lujos, nada de mármol ni seda, y sin embargo todo respiraba una calidez que jamás habían sentido en ninguna mansión.

—Siéntense —les indicó Damián, señalando la mesa cubierta con un mantel de flores—. Estará contento de que vengan. Es la primera vez que amigos de la universidad lo visitan.

Les sirvió té humeante y cortó una torta de chocolate esponjosa, recién hecha, con un glaseado casero que brillaba suavemente.

—La hizo Elían esta mañana —les contó con orgullo—. Dice que es para cuando salga bien del examen. Prueben, por favor.

Kaelo tomó un bocado y sintió que algo se le movía por dentro. Era dulce, suave, hecha con cuidado, nada parecido a los postres costosos que comía en fiestas. Vladímir también probó, y lo miró a Damián con otros ojos: no era la belleza de ropa cara, era la belleza de quien da sin pedir nada.

—Está… deliciosa —admitió Kaelo, sincero por primera vez.

—Gracias —sonrió Damián, sentándose frente a ellos—. Cuéntenme, ¿cómo le va en la universidad? ¿Se porta bien?

—Sí, señor —respondió Vladímir—. Es el mejor de la clase. Aunque… no siempre lo tratan bien.

Damián asintió, sin perder la calma.

—Lo sé. Pero él es fuerte. Sabe quién es y de dónde viene. Eso es lo que importa.

Hablaron largo rato: de la carrera, de las materias, de lo mucho que Elían se esforzaba. Damián les contó que estudiaba de noche con una lámpara pequeña, que se levantaba antes del amanecer para repasar, que nunca se quejaba. Ellos escuchaban fascinados, dándose cuenta de cuánto no sabían de él.

Entonces se escuchó el portón. Pasos conocidos, pausados. Damián sonrió.

—Es él.

Elían entró quitándose el delantal de trabajo, y al verlos se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos.

—¿Kaelo? ¿Vladímir? ¿Qué hacen aquí?

—Vinimos a verte —dijo Kaelo, levantándose de un salto.

Damián se levantó también, le acarició la mejilla a su hijo y fue a la cocina.

—Te preparo tu té, cielo —dijo mientras servía—. Tus compañeros querían que les enseñaras sobre el trabajo que tienen que entregar. Así que siéntense todos juntos.

Elían parpadeó, confundido, pero asintió.

—Claro… claro que sí.

Se sentó a la cabecera de la mesa. Kaelo a su derecha, Vladímir a su izquierda. Abrieron los cuadernos, pero más que mirar las hojas, lo miraban a él: cómo explicaba con paciencia, cómo señalaba las ideas con un dedo manchado levemente de tinta, cómo sonreía cuando entendían algo.

Elían los observaba de reojo, extrañado. Eran diferentes ahí, entre sus cosas sencillas, con el té humeante y la torta de chocolate a medio comer. No había arrogancia, ni poses, ni miradas de superioridad. Solo parecían… dos chicos que querían acercarse.

—¿Está bien así? —preguntó Vladímir, con voz suave, cuando terminaron de revisar un punto.

—Sí —respondió Elían, y su sonrisa esta vez no fue de cortesía, sino genuina—. Muy bien.

Kaelo sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Podemos volver? —preguntó, sin poder contenerse—. Mañana. O el fin de semana. Cuando tú puedas. Digo para aprender más..

Elían dudó un instante, miró a su padre que desde la cocina le guiñó un ojo, y luego a ellos.

—Si quieren —dijo despacio—. Sí, pueden volver.

Por primera vez, ambos sintieron que habían cruzado una puerta que antes estaba cerrada. Y no pensaban volver a alejarse.

1
Brisa Romero
/Proud/
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