Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 14
Capítulo 14. ¡Nos engañaste a todos!
El tiempo pareció quedar suspendido.
Cuando Elena sentía que iba a morir ahogada, los pasos volvieron a sonar.
Esta vez se alejaron hacia la derecha. Unos pasos después, oyó un clic seco: el interruptor.
Levantó apenas el borde de la cobija y comprobó que la habitación estaba a oscuras. Solo entonces sacó la cabeza y aspiró grandes bocanadas de aire fresco.
Una vez resuelta aquella amenaza de asfixia, notó el olor que Alejandro había dejado al salir de la ducha, limpio y marcadamente masculino.
El aroma la envolvía. Miró a escondidas hacia el sofá.
A la luz clara de la luna, vio que él estaba recostado con los ojos cerrados y una postura impecable.
Su presencia se había suavizado un poco, pero seguía imponiendo una distancia que nadie se atrevería a cruzar sin más.
Elena no pudo evitar pensarlo: hasta dormido era elegante. ¿Qué clase de mujer estaría a su altura?
A la mañana siguiente, unos golpes en la puerta la sacaron del sueño.
Abrió los ojos, todavía adormilada, y vio a Alejandro abrir. Al otro lado había una empleada.
—Señor, ya están los resultados del análisis —informó con respeto.
Elena abrió los ojos por completo y se incorporó en la cama.
En cuanto Alejandro cerró, preguntó con impaciencia:
—¿Ya salieron?
Él se volvió hacia ella.
—Sí.
Elena apretó las manos.
¡Por fin había llegado el momento de limpiar su nombre!
Quería ver muy bien qué caras pondrían, al conocer el resultado, todos los que se habían burlado de ella y la habían despreciado el día anterior.
Alejandro se ajustaba la corbata con elegancia. Tras vacilar un instante, Elena preguntó:
—Señor Montenegro, si te importa tanto el bebé que llevo, ¿por qué aceptaste tan rápido cuando tu abuela dijo que te divorciaras de mí si había mentido?
—¿Tú qué crees?
—¿Porque... confías en mí? —preguntó, insegura.
—Sí.
A Elena se le iluminaron los ojos.
—¿Por qué? Es verdad que nunca estudié medicina y que dejé de estudiar después de la preparatoria.
—Confío en mi criterio.
La respuesta la conmovió de verdad.
Había pasado años soportando ataques y desconfianza.
Él era el primero que creía en ella sin condiciones.
—Sea por lo que sea, gracias por confiar en mí —dijo con sinceridad.
Aquella mirada tan franca hizo que las manos de Alejandro se detuvieran un instante sobre la corbata. Se volvió y habló con el tono de quien daba una orden a un subordinado:
—Ve a arreglarte.
—¡Sí!
Elena respondió con alegría, saltó de la cama y corrió al baño.
Alejandro la siguió con los ojos. Las comisuras de sus labios se elevaron apenas.
Cuando ella terminó de asearse y bajó con él a la sala, ya estaban allí Isabel y Ernesto, los padres de Alejandro, doña Mercedes, Lucía y el doctor Galván.
—Hay gente que no estudió más allá de la preparatoria y aun así tiene el descaro de soltar que desarrolla medicamentos. ¡Es para morirse de risa! Si ella puede hacer eso, yo, que me gradué en Stanford, ya podría construir cohetes.
Isabel sostenía una taza de café y miraba a Elena con una arrogancia ostentosa.
Las empleadas se taparon la boca para reírse. Sus miradas mezclaban desprecio, rechazo y envidia.
—Señora, si resulta que yo, con mis estudios de preparatoria, sí puedo desarrollar medicamentos, entonces usted...
Elena hizo una pausa y sonrió.
—¿No quedaría por debajo de alguien que solo terminó la preparatoria?
—¿Yo, por debajo de ti?
Isabel soltó una risa desdeñosa. La barrió de arriba abajo con los ojos y respondió desde su pedestal:
—No me llegas ni a la suela de los zapatos.
—Lo sabremos cuando el doctor Galván dé los resultados.
La seguridad de Elena hizo vacilar a Isabel.
¿Y si de verdad sabía desarrollar medicamentos?
Desechó la idea en cuanto se le cruzó por la mente.
¡Era una mujer de un barrio miserable que no había estudiado más allá de la preparatoria! ¡Era imposible!
—A estas alturas, todavía sigues con la farsa. Ya veremos cuánto te dura.
Se volvió hacia Galván, incapaz de esperar más.
—¡Doctor, díganos el resultado de una vez!
Él sacó el informe de un sobre de papel manila y se lo entregó a Alejandro.
—Señor Montenegro, aquí tiene el análisis.
Isabel se acercó a mirar en cuanto Alejandro lo recibió.
El informe estaba lleno de términos médicos que no entendía. Preguntó con impaciencia:
—Doctor Galván, ¿cuál es el resultado? ¿Compró ese medicamento o no?
—Señora, ese preparado no es un producto comercial. Es de desarrollo propio.
—¿Cómo... cómo puede ser?
Isabel abrió los ojos de par en par, incrédula.
—¿Cómo va a desarrollar un medicamento una mujer que no estudió más allá de la preparatoria?
Galván miró a Elena, desconcertado. Vaciló antes de preguntar:
—¿De verdad... lo desarrolló usted?
Isabel captó al instante lo que podía haber detrás de la pregunta.
—Doctor, ¿qué quiere decir? ¿Sospecha que no lo desarrolló ella?
Galván se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz. Dudó un momento.
—La pureza del preparado y el criterio con que se han establecido las proporciones son extraordinariamente singulares. No es algo que pueda desarrollar cualquiera.
La mirada de Isabel cambió varias veces. De pronto se levantó con la cara encendida de entusiasmo.
—¡Ah! ¡Ya entendí! ¡Le encargaste a otra persona que preparara el medicamento que le diste al doctor! ¡Si no fuera por él, nos habrías engañado a todos!