Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 21
El gran salón de mármol del Hotel Gran Imperial rebosaba de una opulencia decadente y peligrosa. Bajo las imponentes lámparas de araña de cristal checo, se movía la verdadera aristocracia del bajo mundo: capos de la mafia internacional, traficantes de armas con trajes hechos a medida, políticos corruptos y figuras intocables que manejaban los hilos invisibles de Europa. El aire estaba impregnado de notas de perfume caro, humo de habanos y una tensión silenciosa, un recordatorio constante de que cualquier paso en falso en esa sala se pagaba con la vida.
Para mí, sin embargo, aquel escenario no era un motivo de intimidación. Era mi consagración.
Me encontraba de pie frente al espejo de cuerpo entero en el tocador privado de la suite principal, observando el reflejo de la mujer en la que me había convertido. El vestido que Alejandro había mandado a confeccionar exclusivamente para esta noche era una obra maestra de alta costura: un diseño de corte sirena en terciopelo negro entallado, con un escote pronunciado en la espalda y una abertura lateral en la falda que dejaba al descubierto mis piernas con una elegancia tan provocativa como letal. Llevaba el cabello recogido en un moño alto y pulcro, dejando libres mis hombros, y sobre mi cuello brillaba un collar de diamantes antiguos, un regalo de bodas de Alejandro que pesaba como una declaración de guerra.
La puerta del tocador se abrió con suavidad, y la imponente figura de Alejandro apareció en el umbral. Llevaba un traje negro impecable de sastrería italiana, con la corbata ligeramente desatada y una expresión de fría autoridad que se suavizó de inmediato al posar sus ojos azules sobre mí.
Se acercó por detrás sin emitir sonido, rodeando mi cintura con sus brazos fuertes y recios, y apoyó el mentón en mi hombro para contemplar nuestro reflejo conjunto.
—Estás absolutamente deslumbrante, mi reina —murmuró su voz ronca y profunda junto a mi oído, enviando un escalofrío de anticipación por mi columna vertebral—. Espero que estés lista. Allá afuera hay un centenar de tiburones esperando ver si la nueva esposa del Don tiene la fuerza para sostener la corona o si terminarán devorándola viva.
Me giré entre sus brazos, apoyando las manos firmemente sobre el ancho de su pecho cubierto por la camisa blanca, y le sostuve la mirada con una sonrisa felina.
—Que lo intenten, Alejandro —repliqué con una seguridad absoluta, rozando con mis dedos la línea de su mandíbula—. Vine a esta fiesta a reclamar lo que me pertenece y a demostrarle al bajo mundo que Elara Moretti ya está muerta. La mujer que está a tu lado hoy no le teme a ninguna sombra.
Alejandro soltó una risa baja y gutural de pura aprobación, inclinándose para atrapar mis labios en un beso profundo, hambriento y posesivo que me robó el aliento por unos segundos antes de abrirme la puerta hacia el salón principal.
El momento de nuestra entrada fue meticulosamente calculado.
Cuando los grandes batientes de caoba del salón principal se abrieron de par en par y los acordes de la música clásica que flotaban en el ambiente parecieron disiparse ante nuestra presencia, todas las conversaciones se detuvieron de golpe. Las risas murieron en las gargantas de las mujeres de la alta sociedad y las copas de champaña se congelaron a mitad de camino.
Alejandro avanzó con paso firme, imponente y soberano, manteniendo su mano derecha firmemente posada sobre mi cadera desnuda, anclándome a su costado como el tesoro más valioso de su imperio. Yo caminé a su lado con la barbilla erguida, los ojos fríos y distantes, y una elegancia estudiada que irradiaba un poder inquebrantable.
Los cuchicheos no tardaron en estallar en los corrillos.
«¿Es ella...?», «La ex prometida de Marcos Moretti...», «Dios mío, el Don la ha convertido en su emperatriz...», resonaban los susurros amortiguados a nuestro alrededor, mezclados con miradas de asombro, envidia y un profundo respeto teñido de miedo.
Pero lo verdaderamente delicioso ocurrió cuando mis ojos escanearon la sala y se detuvieron en una de las esquinas más concurridas del salón.
Allí estaban ellos. Marcos y Mía.
Marcos lucía demacrado, con el traje claramente arrugado a pesar de ser de marca, las ojeras marcadas bajo una mandíbula rígida y una expresión de absoluta derrota pintada en el rostro. A su lado, Mía llevaba un vestido pomposo y estridente de color rojo brillante, intentando aparentar una seguridad que se desmoronaba por segundos. Al verme aparecer del brazo del hombre más temido del país, luciendo las joyas de la corona y eclipsando por completo a cualquier otra mujer en la sala, Mía dejó escapar un grito ahogado de rabia y terror, mientras sus dedos aferraban con tanta fuerza la copa de cristal que estuvo a punto de romperla.
Marcos se quedó petrificado. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, fijos en mí con una mezcla enfermiza de dolor, arrepentimiento y una fascinación desesperada que no pudo ocultar. Intentó dar un paso al frente para atravesar la multitud y acercarse a nosotros, impulsado por un reflejo estúpido de su orgullo herido.
Pero bastó con que Alejandro detuviera su paso por una fracción de segundo y lanzara una mirada lateral cargada de una amenaza letal y helada en dirección a Marcos para que este se quedara clavado en el suelo, tragándose su propia humillación con los puños apretados hasta sangrar.
—Veo que tus antiguos conocidos han venido a presenciar tu coronación, mi amor —susurró Alejandro junto a mi cabello, con una nota de burla oscura en la voz, mientras continuábamos avanzando hacia el centro de la pista para saludar a los jefes de las familias aliadas—. ¿Quieres que ordene a seguridad que los expulse de inmediato por arruinar el paisaje?
Mantuve la mirada fija al frente, regalándole a Marcos una última sonrisa helada, distante y absolutamente soberana antes de responderle a mi esposo con la misma frialdad:
—Déjalos ahí, Alejandro. No hay peor castigo para un par de parásitos que ver desde la miseria cómo la reina que intentaron destruir camina sobre oro.
La fiesta continuó a nuestro alrededor entre reverencias fingidas, felicitaciones calculadas y negocios cerrados a susurros. Pero en esa sala ya no existían dudas: yo había dejado de ser la víctima silenciosa de los Moretti. Ahora era la dueña indiscutible del juego, y la venganza apenas empezaba a mostrar su rostro más dulce.