Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 8
LA PROTECCIÓN Y EL DESEO QUE CRECE
La recepción vibraba con música suave y murmullos elegantes, pero para Katherine el tiempo parecía transcurrir más lento, más denso, cada vez que Leonardo la tocaba. La sostenía de la cintura mientras recorrían la sala, su mano firme y cálida sobre la seda de su vestido, y cada roce enviaba escalofríos que nada tenían que ver con el frío. Lo miraba de reojo: hablaba con directivos y socios de la empresa de su padre con una soltura, una elocuencia que la dejaba sin aliento. No era el exconvicto sin raíces que todos imaginaban. Era un hombre que conocía ese mundo como la palma de su mano.
—¿Te sorprende? —le susurró él, acercándose para que solo ella oyera, tras despedirse de un ejecutivo que se inclinaba con respeto—. Aprendí muchas cosas donde me encerraron. No solo a sobrevivir.
—No me sorprende… me confunde —admitió ella, bajando la voz—. Todo en ti parece contradictorio.
Leonardo la atrajo un poco más hacia sí, rozando su sien con los labios.
—Pronto todo tendrá sentido. Ten paciencia.
En ese instante, Marco apareció entre la multitud, con la cara desencajada y el paso torpe. Había bebido, y sus ojos brillaban con celo y rabia contenida. Se plantó frente a ellos, ignorando la presencia de Leonardo como si no existiera.
—Katherine, escúchame —dijo, con la voz pastosa—. Cometí un error. Un estúpido error. Tú y yo… pertenecemos juntos. Esto… esto que haces con él… es solo para lastimarme, lo sé. Vuelve conmigo y lo olvidaremos todo.
Katherine dio un paso atrás, asqueada.
—¿Tienes la cara de decirme eso? Me traicionaste con mi hermana. Y ahora vienes a pedirme que vuelva como si nada?
—Ella no es tú —insistió Marco, acercándose demasiado—. Tú eres la mujer que amo. No seas tonta, este tipo no te quiere de verdad. Solo te usa.
Una sombra oscura cruzó el rostro de Leonardo. Se interpuso entre ambos, alto, imponente, y Marco dio un paso atrás instintivamente, tambaleándose.
—Retírate —dijo Leonardo, con una voz baja, lisa y cortante que heló la sangre de cuantos lo oyeron—. Te lo pido por última vez. Ella te dijo que no. Y si vuelves a acercarte así, no me contendré.
—¿Y tú qué eres? —escupió Marco, recuperando insolencia—. Un marginado. Un delincuente. No sabes quién soy yo…
—Sé perfectamente quién eres —lo cortó Leonardo, dando un paso hacia él, y Marco palideció—. Eres el hombre que traicionó a la única persona que te habría dado todo. Eres el cobarde que no merece ni un segundo de su tiempo. Y si la vuelves a incomodar, destruiré todo lo que tienes. No tengo nada que perder. Tú sí.
La mirada de Leonardo era tan feroz, tan letal, que Marco se quedó sin palabras, tragando saliva. Miró a Katherine, esperando que ella lo defendiera, pero ella solo lo miró con frialdad:
—Escúchalo, Marco. Vete. Antes de que sea peor.
Marco se giró y se marchó entre la multitud, con la cabeza baja, mientras los murmullos lo seguían. Katherine soltó el aire que había estado conteniendo y sintió que las piernas le temblaban. Leonardo la tomó del brazo con suavidad, apartándola hacia un balcón desierto, donde el aire fresco de la noche golpeaba suavemente.
—¿Estás bien? —le preguntó, tomándola de las manos—. No debiste verlo así.
—Tú me protegiste —susurró ella, mirándolo a los ojos—. Como nadie lo ha hecho nunca.
—Lo haré siempre —respondió él, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos—. No permitiré que nadie te haga daño. Ni él, ni tu hermana, ni nadie.
La cercanía los envolvió de nuevo. El murmullo de la fiesta quedó lejos. Solo quedaban ellos dos, la luz tenue de las farolas iluminando sus rostros, la respiración entrecortada, el deseo que crecía sin control.
—Leonardo… —lo llamó ella, casi sin querer.
Él la miró y sus ojos se oscurecieron por completo.
—Si te beso ahora… no podré parar —advirtió, con voz ronca—. Ya no hay fingimiento en mis labios. Todo lo que siento es real. Demasiado real.
—No quiero que pares —susurró ella, acercándose—. No quiero que finjas nunca más conmigo.
Leonardo la atrajo contra sí y la besó despacio, con hambre y ternura a la vez, con desesperación y devoción. Sus manos la recorrieron con suavidad, firme, sin prisa pero sin pausa, marcando cada curva, cada rincón de su cuerpo, como si quisiera memorizarla. Katherine se aferró a él, sintiendo el fuego recorrerla entera, fundiéndose con su calor, olvidando el mundo, las mentiras, el pasado. Solo existía él: su sabor, su olor, la forma en que la llamaba entre besos, con un nombre que ya no era para nadie más.
—Me vuelves loco —murmuró contra su boca, apretándola más—. Desde el primer instante. No sé cómo lo haces, pero me tienes consumido.
—Yo también —respondió ella, con los labios hinchados y la mente nublada de placer—. Tienes todo mi cuerpo, Leonardo. Y mi corazón, aunque me asuste admitirlo.
Se quedaron abrazados largo rato, escuchando los latidos del otro, sabiendo que ya no había retorno. La farsa se había desvanecido por completo. Lo que quedaba era puro, intenso, peligroso… y profundamente real.
Cuando regresaron a la sala, iban de la mano, con la frente alta, y la mirada de ambos decía lo que ninguno necesitaba pronunciar: eran invencibles juntos. Al fondo, Diana los observaba con los puños apretados y los ojos llenos de veneno. Veía la forma en que él la miraba, la forma en que ella se acercaba a él sin miedo, y comprendió algo que la aterrorizó: no eran actuación. Lo que tenían era verdadero. Y eso lo hacía mucho más difícil de destruir.
—No importa —murmuró para sí misma, alejándose—. Tengo que saber quién es. Y cuando lo sepa… los romperé a los dos.