Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 18: El primer juego de un niño real y el acercamiento
La tarde en la mansión Vitale estaba teñida de un sol tibio que iluminaba los amplios jardines traseros. Sobre el césped recién cortado había pliegos gigantes de papel blanco, pinceles gruesos y cubos de pintura lavable de colores vibrantes.
Por primera vez en siete años, Leo no estaba rincón a rincón observando desde las sombras. Vestía una camiseta vieja y un pantalón corto, descalzo sobre el césped, con las manos manchadas de pintura amarilla y verde. Correteaba con una soltura que dejó a los guardias de la entrada y a la propia servidumbre con los ojos de par en par.
—¡A que no me atrapas, mecánico! —se rió Chiara, persiguiéndolo a pasos exagerados mientras agitaba un pincel lleno de pintura roja.
Leo dio un giro rápido en el pasto, soltando una risita limpia que resonó por todo el jardín. Llevaba su libreta azul atada con una pequeña correa elástica a su cintura para no perderla. Se detuvo en seco, sacó el lápiz de su bolsillo y escribió a toda velocidad sobre la hoja antes de mostrármela a Chiara con una chispa traviesa en los ojos:
ERES MUY LENTA, CHIARA.
—¿Lenta yo? ¡Vas a ver ahora mismo! —exclamó Chiara, fingiendo indignación mientras corría hacia él, llenando el aire con sus carcajadas.
Matteo observaba la escena desde la sombra del porche, recostado contra una de las columnas de piedra. Aún vestía el pantalón del traje y una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos. En su rostro ya no había la rigidez de antes; sus ojos grises seguían cada movimiento de Chiara y de su hijo con un calor intenso y contenido.
—¡Papá, ven! —la voz de Chiara rompió el aire mientras le hacía señas descaradas—. ¡Deja de parecer un monumento de piedra y ven a pintar con nosotros!
Leo miró a su padre, corrió hasta el porche, lo tomó de la mano y tiró de él con fuerza. Ante la insistencia de la pequeña mano de su hijo, el implacable Capo de Roma no tuvo más remedio que ceder, dejándose arrastrar hasta el centro del jardín.
—No sé pintar, Chiara —dijo Matteo en tono grave, aunque la comisura de sus labios delataba una leve rendición.
—Nadie necesita saber pintar para mancharse, Vitale —sonrió ella, entregándole un pincel.
Leo aprovechó el segundo en que su padre se inclinó para tomar la pintura. Sin dudarlo, el pequeño metió toda la palma de la mano en un cubo de pintura azul brillante y, con una soltura inédita, se la estampó directamente en la mejilla izquierda a Matteo.
Matteo se congeló. Sintiéndose el líquido frío sobre la piel, miró a su hijo. Leo no corrió asustado; al contrario, dio un salto de alegría y le pintó la nariz a Chiara con un toque de color naranja.
Chiara soltó una carcajada sonora, limpia y contagiosa.
—¡Mírate, Vitale! ¡Te queda increíble el azul! —se burló ella, sosteniéndose el estómago de la risa.
Matteo miró la cara pintada de Chiara, miró a su hijo riéndose a carcajadas con las manos llenas de color y, de pronto, el milagro ocurrió. El aire en el jardín pareció aligerarse cuando una risa baja, profunda y genuina brotó del pecho del Lobo de Roma. Hacía años que nadie lo escuchaba reír. La risa de Matteo era cálida, grave y tan masculina que a Chiara se le aceleró el pulso de golpe al escucharlo.
Una hora más tarde, cuando el sol comenzaba a caer, el desastre de pintura exigía una limpieza urgente. Leo había subido a bañarse con la ayuda de Stella, mientras Matteo y Chiara se encargaban de lavar las brochas y los recipientes en la amplia cocina de la mansión.
El espacio olió a jabón de lavanda y agua tibia. Chiara estaba de pie junto al fregadero, intentando quitarse una mancha rebelde de azul que le había quedado en la base del cuello.
—No sale con agua fría —murmuró ella, frotándose la piel con torpeza.
—Déjame a mí —dijo la voz profunda de Matteo justo detrás de ella.
Chiara se detuvo. Matteo dio un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que su pecho rozó casi la espalda de la joven. Tomó un paño limpio, lo mojó con agua tibia y, con una delicadeza extrema que contrastaba con el tamaño de sus manos, comenzó a limpiar la mancha sobre la piel suave de su cuello.
El contacto fue eléctrico. Chiara reprimió un aliento tenso cuando los dedos de Matteo rozaron la curva de su clavícula. La respiración de él, cálida y pesada, le acariciaba la oreja.
—Tienes pintura hasta en el cabello, Romano —susurró Matteo, con la voz rasposa y baja.
—Tú tienes toda la mejilla azul, Vitale —respondió ella en un hilo de voz, girándose despacio sobre sus talones.
Al quedar frente a frente, la distancia entre sus rostros desapareció. Matteo apoyó una mano firme en el borde de la mesada, acorralando a Chiara. Sus ojos grises descendieron fijamente hacia los labios carnosos de ella, mientras la mano que sostenía el paño subió suavemente hasta acariciar la mejilla de la joven.
La tensión sexual en la cocina se volvió sofocante. La respiración de ambos se aceleró, el mundo exterior dejó de existir y los labios de Matteo se inclinaron milímetro a milímetro hacia los de Chiara, rozando el aliento dulce de ella en una promesa de fuego puro. Estaban a un segundo de entregarse al primer beso...
La puerta de la cocina se abrió de par en par.
Leo entró corriendo con el cabello mojado y la pijama puesta, agitando un dibujo recién hecho.
Matteo y Chiara se apartaron de golpe, respirando con dificultad, con los rostros encendidos y el corazón latiéndoles en la garganta. Chiara se pasó una mano por el cabello, intentando disimular el temblor de sus dedos, mientras Matteo se carraspeó la garganta, dándole la espalda a la mesada para recuperar el control.
Más tarde, tras despedirse de Chiara con un abrazo apretado en el portón principal, Leo no esperó a su padre. Con la mente llena de lo que acababa de presenciar en la cocina, el pequeño echó a correr por los pasillos de la mansión.
Se detuvo en el pasillo administrativo y le mostró su libreta a uno de los guardias de seguridad, donde había escrito con prisa:
¿DÓNDE ESTÁ MI ABUELO?
—El señor Alonzo está en el salón de té con la señora Stella, joven Leo —respondió el empleado con cortesía.
Leo corrió hasta las puertas dobles del salón de té y las empujó con tanta fuerza que rebotaron contra la pared.
Alonzo y Stella, que disfrutaban de un café tranquilo, dieron un salto en sus sillones ante el portazo.
—¡Por Dios, Leo! ¿Qué pasó, mi amor? —exclamó la Sra. Stella, dejando la taza sobre la mesa.
—¿Te ocurrió algo, campeón? —preguntó Alonzo, preocupado.
Leo se dejó caer sobre la mesa de centro, sacó su lápiz y comenzó a escribir con trazos enormes y desesperados en la página blanca. Cuando terminó, levantó el cuaderno con ambas manos y se lo mostró a sus abuelos con los ojos desorbitados por la emoción.
En el centro del papel se leía:
¡MI PAPÁ CASI BESA A CHIARA! ¡ASÍ COMO EN LAS NOVELAS QUE VE LA ABUELA!
Alonzo y Stella se atragantaron al mismo tiempo con el café, soltando una tos ahogada mientras dejaban las tazas en la bandeja entre risas y sorpresa.
—¡Alonzo, por favor! —tosió Stella, limpiándose la boca con la servilleta antes de mirar a su nieto con los ojos muy abiertos—. Leo... ¿estás completamente seguro de lo que estás escribiendo?
El niño asintió con una vehemencia bárbara. Volvió a apoyar el cuaderno y escribió en tres segundos:
¡SÍ! ESTABAN MUY CERCA EN LA COCINA. ¿ESO QUIERE DECIR QUE ELLA SERÁ MI MAMÁ?
Alonzo y Stella se miraron. La emoción y la ternura inundaron el rostro de la matriarca, a quien se le empañaron los ojos de ver la ilusión radiante en la cara de su nieto. Stella se inclinó, tomó las manitas del niño y le dio un beso cariñoso en la frente.
—Te prometo, mi rey, que tu abuelo y yo vamos a hacer que eso pase —le susurró Stella con absoluta convicción—. Anda a descansar, mi amor.
Leo sonrió de oreja a oreja, abrazó su cuaderno azul contra el pecho y salió corriendo del salón de té tan rápido como había entrado.
Cuando los pasos del niño se perdieron en la escalera, la Sra. Stella se giró hacia su esposo con los brazos cruzados y una sonrisa llena de determinación.
—¿Escuchaste lo que quiere nuestro nieto, Alonzo? —dijo Stella con firmeza—. Hay que cumplir su deseo. A ese par de tercos hay que darles un empujón final.
Alonzo soltó una carcajada, frotándose las manos con picardía.
—Cuenta conmigo, querida. Es hora de que nos convirtamos en los mejores cupidos que Roma haya visto. Tengo unas cuantas ideas para la próxima semana...
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.