En las calles vibrantes, pero peligrosas de Medellín, Zaira, una joven brillante y luchadora de 25 años, está a tres semestres de alcanzar su sueño de graduarse. Sin embargo, la pobreza amenaza con arrebatarle su futuro. En un intento desesperado, accede a acompañar a su mejor amiga a un club exclusivo, sin imaginar que sería una trampa.
Allí, en medio de luces tenues y promesas vacías, se cruza con Leonardo Santos, un hombre de 49 años, magnate de negocios oscuros, atormentado por el asesinato de su esposa e hijo. Una noche de pasión los une irremediablemente, arrastrándola a un mundo donde el amor es un riesgo y cada caricia puede costar la vida.
Mientras Zaira lucha entre su moral, su deseo y el peligro que representa Leonardo, enemigos del pasado resurgen, dispuestos a acabar con ella para herir al implacable mafioso.
Traiciones, secretos, alianzas prohibidas y un amor que desafía la muerte.
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Capitulo 24
El lunes amaneció con un cielo encapotado, y la ciudad parecía despertar a regañadientes bajo una neblina suave que borroneaba los edificios y enfriaba las aceras. El murmullo de autos apresurados se mezclaba con el graznido lejano de las gaviotas, como si el día arrastrara una promesa de tormenta.
En su despacho del edificio Santos, Leonardo se mantenía de pie frente a los ventanales oscuros, con la vista perdida en la calle distante. Un vaso de whisky —intacto— descansaba sobre la mesa de roble macizo. Vestía de negro, camisa con los primeros botones desabrochados, mangas arremangadas hasta los codos. La tensión le endurecía la mandíbula mientras pasaba los dedos por su barba incipiente.
La noche anterior lo perseguía como una sombra. La piel de Zaira aún le ardía en la memoria. Su risa. Su inocencia.
Su maldito reflejo en sus ojos.
—No debiste irte, idiota… —murmuró para sí, cerrando los ojos un instante.
La puerta del despacho se abrió tras un golpe seco. Era Marcelo, su mano derecha, impecable como siempre, con la chaqueta en una mano y un teléfono en la otra.
—Tenemos un problema menor —informó sin rodeos—. Anoche intentaron interceptar uno de los camiones de la ruta del puerto. No se llevaron nada, pero se bajaron a mirar.
Leonardo frunció el ceño y se giró lentamente, apoyando ambas manos sobre el escritorio.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos. Los de vigilancia no los reconocieron, iban encapuchados. Pero el modus operandi es amateur. Alguien está tanteando el terreno.
Leonardo lo miró fijamente.
—Y cuando alguien tantea, es porque planea algo más grande.
Marcelo asintió.
—Exactamente. He reforzado la seguridad en la siguiente entrega. También movimos los horarios. Si están espiando, los vamos a atrapar.
Leonardo caminó hacia la silla de cuero, se dejó caer pesadamente y soltó un suspiro largo.
—No me gusta la idea de que se acerquen. No ahora.
—¿Tiene que ver con la chica? —preguntó Marcelo con un tono bajo, pero cargado de intención.
Leonardo lo miró sin contestar, sus ojos oscuros como pozos. Después de unos segundos, negó con la cabeza.
—Tiene que ver con que no estoy de humor para más problemas. Haz lo que tengas que hacer.
Marcelo entendió el mensaje. Se retiró con una reverencia leve.
Leonardo volvió a quedar solo. Se recostó hacia atrás, entrecerrando los ojos mientras el silencio volvía a apoderarse del despacho. Su mirada se desvió hacia el celular en la mesa. Ni una llamada. Ni un mensaje.
Tampoco de ella.
Apretó los labios, frustrado.
Pero era lo mejor. ¿No?
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad...
Zaira bajó del autobús con su bolso en el hombro. El aire tenía olor a tierra mojada, a hojas pisoteadas, y el cielo seguía con ese gris persistente que parecía envolverlo todo.
La universidad hervía de movimiento: risas, pasos veloces, mochilas colgando, estudiantes tomando café en vasos de cartón y compartiendo apuntes en las bancas del jardín.
Ella caminaba entre ellos con el rostro sereno, aunque en su pecho algo latía diferente. Como si llevara una pequeña herida oculta bajo la ropa, aún palpitante.
Al llegar al salón, Tatiana ya estaba sentada en su sitio habitual, masticando chicle y pasando el dedo distraídamente por la pantalla de su celular. Al verla, alzó una ceja.
—Mira quién llegó vestida como si viniera de portada de revista —comentó con una sonrisa pícara.
Zaira soltó una risa suave y ocupó su asiento. Llevaba un suéter crema y jeans ajustados, pero sus ojos cansados delataban que no había dormido bien.
—Exageras… —murmuró.
Tatiana entrecerró los ojos, estudiándola.
—¿Cómo te fue el fin de semana? ¿Qué hiciste el sábado?
Zaira desvió la mirada hacia la ventana. Las hojas secas revoloteaban con el viento.
—Nada importante. Solo… descansé.
Tatiana la miró con suspicacia.
—¿"Descansé"? ¿Así, sin más? ¿No te viste con tu patrocinador misterioso?
Zaira forzó una sonrisa.
—No hay nada misterioso. Y sí… nos vimos. Pero ya está.
Tatiana se inclinó un poco, divertida.
—¿"Ya está"? ¿Así de críptica te vas a poner hoy?
Zaira soltó un suspiro. No tenía fuerzas para entrar en detalles. No podía contarle que había dormido con él. Que despertó sola. Que sintió el alma aplastada.
—Solo fue un fin de semana raro, ¿okey? —murmuró.
Tatiana alzó las manos.
—Está bien, está bien. No te presiono. Pero después de clases me vas a acompañar a tomar un café. Te invito. Tú solo di que sí.
Zaira asintió sin pensar demasiado.
—Sí. Está bien.
Y así pasó el día, con las clases transcurriendo como un murmullo de fondo que no lograba calmar el ruido en su cabeza. Leonardo no escribía. No llamaba. No decía nada.
Cada vez que revisaba su celular a escondidas, con ansiedad disimulada el corazón le latía con fuerza. Y cada vez que veía la pantalla vacía, esa fuerza se convertía en vacío.
En el descanso de mediodía, cruzaron la plaza de la facultad y se sentaron bajo una pérgola de madera cubierta por enredaderas marchitas. Tatiana bebía su café y hablaba animadamente sobre un profesor insoportable, mientras Zaira removía el suyo sin tocarlo.
—Estás en otro planeta —dijo Tatiana, empujándola con el codo—. ¿Estás segura de que estás bien?
Zaira asintió, con una sonrisa quebrada.
—Solo tengo muchas cosas en la cabeza. Nada grave.
Tatiana frunció el ceño, pero no insistió.
—Bueno. Si necesitas hablar, ya sabes dónde estoy. Pero también si necesitas salir de fiesta, embriagarte y llorar por un idiota. Eso también entra en el paquete de mejores amigas.
Zaira soltó una risa genuina, aunque leve.
—Gracias. No quiero terminar como la última vez.
—Eso no va a pasar, ya no me hagas sentir mal —Se quejó Tatiana con un puchero que hizo reír a Zaira.
Pasado el café, regresaron a clases. Y después, a casa.
La lluvia empezó a caer en la tarde, ligera pero persistente.
Zaira se encerró en su cuarto con el abrigo aún puesto, se sentó en la cama y miró fijamente su teléfono.
Nada. Ningún mensaje. Ninguna señal de vida.
Apretó el celular entre los dedos, como si pudiera obligarlo a sonar. Y luego lo dejó caer en la colcha con un suspiro.
No iba a escribirle. No iba a llamarlo.
Lo había prometido. Aunque por dentro, algo en ella seguía esperando que él sí lo hiciera.