Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
NovelToon tiene autorización de Dannyperezok para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 6: Fuego en el abismo
El silencio en el despacho cayó como una guillotina. Elena sintió un nudo opresivo en la garganta al procesar las palabras de Alexander. La figura del CEO frío, intocable y despiadado se desmoronaba frente a sus ojos, revelando a un hombre atrapado en una prisión de culpa y venganza que llevaba cinco años devorándolo por dentro.
—Él no solo encubrió un crimen... —murmuró Elena, dando un paso cauteloso hacia el escritorio—. Marcus protegió al ejecutor para mantener el control de la corporación.
—Mi hermano era el heredero legítimo del porcentaje mayoritario —explicó Alexander, con la voz privada de cualquier calidez mientras miraba fijamente el hielo derretido en su vaso—. Gabriel descubrió la red de lavado de dinero que Marcus utilizaba con las filiales europeas. Esa noche, cuando intentamos huir con los documentos, la persecución en la carretera no fue para asustarnos. Fue un trabajo de eliminación. Y yo... yo no pude sacarlo del coche a tiempo.
—Usted era un muchacho, Alexander —dijo Elena con vehemencia, acortando la distancia que los separaba hasta quedar al lado del sillón de cuero—. Tenía diecisiete años y una bala atravesando el cristal tras de usted. No puede seguir cargando con la responsabilidad de un asesinato que orquestó su propio tío.
Alexander levantó la cabeza despacio. La luz tenue de los monitores recortaba la cicatrice de su hombro y la tensión brutal de sus pectorales.
—Es mi responsabilidad porque soy el único que sobrevivió, Elena. Y porque juré que no destruiría a Marcus hasta tener la certeza absoluta de que no podrá eludir la cárcel con su red de influencias.
Elena miró las hojas desplegadas sobre el cristal. Entre los informes forenses y las copias de seguridad del sistema financiero, vio una maraña de códigos bancarios encintados con fechas de hace media década. La mente analítica de Elena, entrenada para la auditoría contable de alta precisión, detectó de inmediato un patrón en las firmas digitales.
—Espere... —dijo ella, inclinándose sobre el escritorio sin pedir permiso. Su brazo rozó el hombro descubierto de Alexander, haciendo que el cuerpo del ejecutivo se tensara al instante—. Mire estas fechas de transferencia. Marcus no usó las cuentas de la matriz. Las operaciones cruzadas se hicieron a través del departamento de logística exterior.
Alexander clavó los ojos en la página donde el dedo de Elena señalaba una serie de códigos alfanuméricos. El calor de la piel de Elena, mezclado con la cercanía de sus muslos descubiertos bajo la camiseta holgada, hizo que la concentración táctica de Alexander vacilara por primera vez en años.
—Esa división se cerró tres meses después del accidente —murmuró él, obligándose a enfocar la mirada en los documentos mientras sentía la respiración de Elena a pocos centímetros de su cuello—. El responsable de ese departamento era un testaferro que desapareció del país.
—Pero los registros de auditoría interna de esa época siguen en el servidor central del piso cuarenta y dos —afirmó Elena, girando el rostro para mirarlo.
Se encontraron a una distancia peligrosamente mínima. Los ojos grises de Alexander descendieron hacia la clavícula expuesta de Elena, siguiendo el contorno de la camiseta gris que le quedaba grande y que pertenecía a su propio vestidor. Verla usando su ropa en medio de la madrugada, defendiendo la memoria de su hermano con la misma fiereza que él, terminó por pulverizar la escasa contención que le quedaba.
—Ese servidor requiere una doble clave de acceso —dijo él en un susurro grave, bajando la voz hasta convertirla en una confesión íntima—. Una clave la tengo yo. La otra... la tenía la persona que gestionaba la caja fuerte.
—Su asistente de entonces —dedujo Elena.
—Mi asistente de entonces renunció al día siguiente del accidente tras recibir una suma millonaria en una cuenta en el extranjero.
Elena contuvo el aliento.
—Yo tengo el acceso de administración del sistema desde la semana pasada, Alexander. Si cruzamos la base de datos de auditoría con las firmas autorizadas de la junta, podemos desencriptar esos archivos sin pasar por el cortafuegos principal.
Alexander la observó en completo silencio. La inteligencia de Elena, su valentía insensata y la devoción profesional que estaba demostrando se mezclaron con la sofocante atracción que los consumía desde hacía semanas. La barrera entre el jefe implacable y la empleada eficiente saltó por los aires en un instante de combustión pura.
—Eres demasiado peligrosa para mi salud mental, Elena Ross —murmuró Alexander.
En un movimiento rápido y dominante, Alexander la tomó por la cintura con ambas manos y la levantó sin esfuerzo, sentándola sobre el borde del escritorio de cristal. Los papeles y las carpetas se desparramaron a los lados cuando Elena ahogó un suspiro de sorpresa.
Antes de que ella pudiera decir una sola palabra, Alexander se colocó entre sus piernas, atrapándola contra la mesa. Su mano derecha subió con firmeza hasta la nuca de Elena, enredando sus dedos en el cabello, mientras su mano izquierda se ceñía con posesividad alrededor de su cadera.
—Alexander... —alcanzó a susurrar ella, sintiendo el corazón golpeándole las costillas con una fuerza salvaje.
—Dime que me detenga ahora, Elena —ordenó él con voz ronca, pegando su frente a la de ella mientras sus labios rozaban la comisura de la boca de la joven—. Pídeme que vuelva a ser el ejecutivo helado de la oficina. Pídelo ahora, porque si no lo haces, no va a haber vuelta atrás.
Elena sintió el calor abrasador del torso desnudo de Alexander contra su pecho, la dureza de sus músculos y el temblor contenido de un hombre que había renunciado al deseo durante años solo para sobrevivir. En lugar de alejarse, Elena deslizó ambas manos por los hombros esculpidos de Alexander, sintiendo el relieve pálido de su cicatriz, hasta acunar su rostro con absoluta firmeza.
—No te detengas —respondió ella en un susurro cargado de decisión.
Alexander soltó un gruñido bajo y apasionado antes de aplastar sus labios contra los de Elena en un beso hambriento, salvaje y profundamente contenido durante meses.
El choque fue eléctrico. La frialdad del CEO se evaporó por completo bajo la invasión de un deseo brutal. Alexander devoró la boca de Elena con una posesividad desesperada, profundizando el beso mientras las manos de Elena se aferraban a su espalda desnuda, clavando sus uñas en la piel firme del ejecutivo. Elena entreabrió los labios, entregándose al ritmo dominante de Alexander, sintiendo cómo una ola de calor líquido se expandía por todo su cuerpo.
Las manos de Alexander bajaron por los costados de Elena, deslizándose por debajo de la camiseta de algodón para acariciar la piel tibia de sus muslos y el contorno firme de su cintura. Elena gimió contra sus labios cuando los dedos de Alexander presionaron con fuerza su cadera, pegándola aún más a la dureza de su cuerpo.
El beso se volvió más lento, más profundo y cargado de una intimidad sofocante. Alexander mordisqueó el labio inferior de Elena antes de descender con sus besos por la línea marcadísima de su mandíbula, bajando hacia su cuello sensible. Elena echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro entrecortado mientras la boca de Alexander saboreaba la piel delicada de su cuello, dejándole una marca ardiente a su paso.
—Eres mía, Elena —murmuró Alexander contra su piel, con la respiración desbocada—. Desde el primer día que pisaste mi oficina... has sido mi única obsesión.
—Entonces deja de luchar contra esto —le suplicó ella, enredando las piernas alrededor de la cintura de él para acortar cualquier espacio restante.
Alexander la estrechó con más fuerza, levantándola ligeramente del escritorio mientras sus labios volvían a buscar los de ella con un fervor renovado. La penumbra del despacho privado se convirtió en el escenario de una entrega absoluta, donde las reglas del corporativo, los peligros de Marcus y las sombras del pasado quedaron reducidas a cenizas ante el fuego implacable de su pasión.