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Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Hombre lobo / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Aria Winters

Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.

Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.

Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.

Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.

¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?

NovelToon tiene autorización de Aria Winters para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

—Quiero el divorcio.

Mi esposo lo dijo en nuestro tercer aniversario de bodas, sentado frente a la cena que yo había cocinado para él.

Y a mi espalda, escondida en mi mano, tenía una prueba de embarazo con dos rayitas rosas.

Una hora antes, esperaba en el sofá con mi vestido rojo a que él llegara a casa.

Ya llevaba cuarenta y cinco minutos de retraso.

Había preparado todos sus platillos favoritos y encendido las velas aromáticas que tanto le gustaban. Su regalo esperaba sobre la mesa de centro: una cajita blanca con un par de zapatitos de bebé adentro.

Me había enterado de que estaba embarazada dos días atrás y todavía no lo creía. Sacaba la prueba del bolsillo a cada rato, solo para volver a mirar esas dos rayitas rosas.

No veía la hora de ver su cara cuando abriera la caja. ¿Lloraría? ¿Me levantaría en brazos y me haría girar por toda la sala como cuando me propuso matrimonio?

Seguro estaba atorado en el tráfico. No tardaría en llegar.

Alexander siempre había querido hijos. Lo intentamos desde el primer mes de casados. La primera vez que por fin quedé embarazada, perdí al bebé a las nueve semanas. Después de eso, nada.

Consulté a médicos de todo el mundo. Me hice todos los estudios que me pidieron y todos los resultados salieron normales.

No tenía nada.

Eso era lo peor. Nadie podía decirme por qué no lograba embarazarme y, por lo tanto, nadie podía decirme cómo solucionarlo.

Así que lo intenté todo.

Tomé pastillas de fertilidad que me hacían vomitar cada mañana. Me inyecté hormonas en el estómago hasta llenarlo de moretones. Subí de peso y el pelo empezó a caérseme en la regadera.

Por las noches lloraba en el baño para que Alexander no me oyera. Y cada mañana volvía a tomarme las pastillas y le sonreía como si nada pasara.

Un año y medio de eso.

Y por fin había funcionado.

Iba a darle un hijo a mi esposo.

Quizás este bebé también lo traería de vuelta a mí. Durante nuestro primer año de matrimonio fue cálido y atento. Después se volvió frío. Siempre ocupado, siempre fuera. Cada vez que le preguntaba si era infeliz, me besaba la frente y me decía que todo estaba bien.

Y en tres años jamás me había dicho que me amaba.

Pero no importaba. Esa noche todo iba a cambiar.

El ruido de la puerta principal me sacó de mis pensamientos.

Por fin estaba en casa.

Me levanté de un salto, escondí la prueba a mi espalda y salí al pasillo. El corazón me latía a toda prisa y no podía dejar de sonreír.

—Hola, amor —dije en voz baja.

—Hola. —Su voz sonó plana y su mirada era fría.

Mi sonrisa se apagó un poco.

—Llegaste tarde.

—Lo sé.

Eso fue todo lo que dijo. No me besó. Ni siquiera me miró.

—Amor, ¿pasa algo?

Se quitó la chaqueta.

—Necesito hablar contigo, Aurora. Ven.

Pasó a mi lado y entró a la sala. Recorrió con la vista las velas y la comida servida en la mesa.

—¿Qué se celebra?

—¿Qué?

—¿Qué se celebra, Aurora?

Lo miré fijamente.

—Hoy es nuestro aniversario de bodas, Alexander.

No dijo nada.

No se acordaba. Otra vez. Me había pasado el día entero cocinando para él y no era capaz de recordar un solo día del año.

Se me cerró la garganta.

—¿Cómo puedes olvidar nuestro aniversario?

—Solo pregunté, Aurora. No seas estúpida.

Me encogí.

En tres años nunca me había hablado así. Como si yo no valiera nada. Como si fuera un estorbo en su camino.

—Siéntate, Aurora.

—Amor, espera. Tengo algo importante que decirte.

—No me interrumpas, por favor. Siéntate.

Su voz era tan helada que las piernas me fallaron y me desplomé en el sofá, con la prueba todavía escondida a mi espalda. Él se sentó en el sillón de enfrente y suspiró.

—Ya no puedo seguir con esto.

—¿Con qué, Alexander?

—Con nosotros. Con nuestro matrimonio. Ya no lo quiero.

Me quedé mirándolo. Tenía que haber oído mal.

—¿Qué… qué estás diciendo?

—Tres años, Aurora. Tres años de doctores, pastillas y calendarios pegados al refrigerador. ¿Sabes lo que es ser un Alfa sin heredero? Los ancianos me lo preguntan todos los meses. La manada entera habla a mis espaldas. Y todos los meses llego a casa y recibo de ti la misma respuesta.

Empecé a temblar de pies a cabeza.

¿Eso era lo que pensaba de mí todo este tiempo? ¿Que yo era solo un problema? ¿Un fracaso al que tenía que volver cada mes?

Me había tragado todas las pastillas. Me había puesto todas las inyecciones. Había llorado a solas en ese baño más noches de las que podía contar.

¿Y él creía que no me esforzaba lo suficiente?

—Eso no es justo —susurré—. Sabes cuánto me he esforzado.

—Sé que perdiste al único bebé con el que lograste embarazarte.

Las lágrimas se me desbordaron antes de que pudiera contenerlas.

Nuestro bebé.

Aún recordaba esa noche. La sangre. El dolor. Él sentado conmigo en el suelo del baño mientras yo gritaba. Todos los años lloraba por ese bebé el día en que lo perdí.

Y él lo usaba en mi contra.

—¿Cómo puedes decirme eso? —Se me quebró la voz—. Era nuestro bebé, Alexander. Nuestro.

Desvió la mirada.

—Quiero el divorcio —dijo—. Veremos a los abogados y luego romperemos el vínculo de pareja.

Y ahí mismo, mi mundo entero se detuvo.

Divorcio.

La palabra me atravesó el corazón como un cuchillo. Ni en mis peores sueños imaginé que alguna vez me diría algo así.

—Amor, ¿estás bromeando? —Por favor. Por favor, que sea una broma.

No dijo nada. Esa fue mi respuesta.

Me levanté y me acerqué a él. Me arrodillé frente a su sillón y, con la mano que tenía libre, busqué la suya.

La apartó.

—¿Es por mí? ¿Hice algo mal? Sea lo que sea, lo podemos arreglar. Llevamos tres años casados. Te amo, Alexander. Soy tu esposa. ¡Soy tu pareja destinada!

—¿Cómo puedes seguir amando a un hombre que nunca te ha dicho que te ama?

No pude responderle.

Porque tenía razón. Nunca lo había dicho. Ni una sola vez. Y yo me había quedado de todos modos. Lo había amado de todos modos.

—Por favor, Alexander —le rogué—. No me hagas esto. Podemos arreglarlo.

Me miró desde arriba, arrodillada en el suelo frente a él, y en sus ojos no había nada. Absolutamente nada.

—A ti no se te puede arreglar, Aurora.

Algo dentro de mí se rompió.

Arreglarme.

Como si yo fuera algo descompuesto. Algo que él quería tirar a la basura.

Yo le había dado todo. Había renunciado a la facultad de medicina por él. Le había dado tres años de mi vida. Y para él yo solo era una mujer que no podía darle un hijo.

Sollozaba con tanta fuerza que no podía respirar.

En la otra mano apretaba la prueba con tanta fuerza que el plástico se me clavaba en la piel.

Podía decírselo ahora mismo. Bastaba con decir «estoy embarazada» y él pararía. Se retractaría de todo.

—Alexander, yo…

Me miró y esperó, como si solo quisiera acabar con esto cuanto antes.

Y entonces me di cuenta de algo.

Si se lo decía ahora, se quedaría por el bebé. No por mí. Me pasaría el resto de la vida sabiendo que nunca me había querido de verdad.

Durante tres años le había rogado. Le había rogado que me mirara. Le había rogado que me amara.

No iba a usar a mi hijo para rogarle que se quedara.

Así que me tragué las palabras, aunque sentí que me ahogaban.

—Nada —dije—. No es nada.

Se levantó y agarró su chaqueta. Pasó junto a mí como si yo fuera un mueble. Ni siquiera miró la caja sobre la mesa de centro.

En la puerta se detuvo.

—En la oficina de mi abogado. A las diez de la mañana.

Luego volvió la cabeza para mirarme y su voz sonó más helada que nunca.

—Firma los papeles mañana. Estoy harto de esperar un hijo que nunca me vas a dar.

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