NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 14
...JULIETA ÁLVAREZ...
—Al menos recapacitaste y eres consciente de que estabas arruinando a una hermosa familia —dijo Sofía, con una sonrisa odiosa mientras me examinaba de arriba abajo—. Aunque veo que no perdiste el tiempo. Observé que tienes a un acompañante muy apuesto sentado contigo allá afuera. ¿También es casado, Julieta? ¿Ese es tu estilo?
Me limpié las esquinas de los labios con un pañuelo de papel y me erguí cuan larga era. El temblor en mis manos desapareció, reemplazado por una furia que llevaba días acumulándose en mi pecho.
—No, Sofía, no es casado —respondí, mirándola directamente a los ojos sin dar un solo paso atrás—Y para tu información, ya le di fin a esa absurda relación con Roberto. Sé perfectamente que perdí diez años de mi vida con un imbécil como él, y no tengo la menor intención de volver a mirar atrás. Puedes quedar tranquila.
Sofía parpadeó, sorprendida por la contundencia de mi voz, pero apretó la mandíbula intentando mantener la compostura.
—Deberías darte cuenta de la clase de hombre con el que estás durmiendo —continué, dando un paso hacia el lavabo para lavarme las manos—En lugar de venir a encararme a mí o de agarrarla conmigo en un baño público, deberías hacerle los reclamos directamente a Roberto. Él es el que tiene el compromiso con su familia, él es el que te prometió fidelidad a ti y a su hija, no yo.
—¡Eres una descarada! —estalló Sofía, elevando el tono de voz mientras la compostura se le desmoronaba por completo—. ¡Estás muy pasada! No tienes ningún derecho de hablarme así ni de decirme esas cosas sobre mi esposo. ¡Yo soy la esposa y la madre de su hija! Así que cualquier aparecida que intente coquetear con mi marido debería atenerse a...
—¿A qué, Sofía? —interrumpí con voz serena pero tajante, secándome las manos con una toalla de papel—. ¿A que la culpes a ella en lugar de abrir los ojos? No fui la primera y, con la clase de tipo que es Roberto, dudo mucho que sea la última. Si quieres seguir viviendo en una fantasía para guardar las apariencias, es tu problema. Pero conmigo te equivocaste. Ya no me voy a quedar callada ni a pedirte perdón por ver la realidad que tú te niegas a aceptar.
Sofía se quedó petrificada, con el rostro desencajado por la rabia y la humillación, mientras yo tiraba el papel a la basura y caminaba hacia la salida del baño sin mirar atrás.
Al cruzar la puerta, Alejandro estaba parado en el pasillo, a un par de metros, esperándome con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la mirada clavada en la entrada del baño.
—¿Lista para irnos, pajarito? —preguntó con su voz grave, ofreciéndome su brazo.
—Más que lista, Alejo —respondí, enredando mi brazo con el suyo.
El frío de la noche me dio de lleno en la cara apenas crucé las puertas de cristal del restaurante. Alejandro se ofreció a ir a buscar la camioneta al estacionamiento subterráneo para que yo no tuviera que caminar hasta allá, dejándome resguardada bajo el pequeño alero de la entrada.
Apenas la figura de Alejandro desapareció al doblar la esquina del edificio, una sombra se interpuso entre la luz del farol y yo.
—Julieta.
Me tensé de inmediato. Roberto estaba parado a menos de un metro, con las manos metidas en los bolsillos del saco y la respiración agitada.
—¿Qué quieres, Roberto? —pregunté, retrocediendo un paso y cruzándome de brazos—. Vuelve con tu esposa y tu hija antes de que te vean.
—¿Quién carajos es ese tipo? —soltó en un silbido furioso, acercándose un paso más sin importarle el tono—. ¡Respondeme, Julieta! ¿Estás saliendo con ese imbécil?
—A ti no tengo que responderte nada —le dije con una frialdad que pareció desarmarlo—. Mi vida privada dejó de ser tu asunto el día que me cansé de tus mentiras.
—¡No me vengas con eso! —exclamó, con la voz rasposa por los celos desmedidos—. ¡Llevamos diez años juntos! No puedes tirarme a la basura de la noche a la mañana para salir a cenar a un lugar lujoso con un aparecido que ni conoces. ¿Es por su dinero? ¿Por eso andas agarrada de su brazo paseándote enfrente de mí como si nada? ¡Tú me perteneces a mí, Julieta, me debes respeto!
Sentí el impulso de soltarle una bofetada, pero la lástima terminó ganándole a la rabia.
—Tú nunca me respetaste a mí —repliqué, sosteniéndole la mirada con rabia—. Y no te equivoques: Alejandro vale mil veces más que tú en todos los sentidos. Ahora lárgate.
Roberto avanzó rápidamente y me agarró con fuerza de la muñeca.
—Tú no te vas a ningún lado hasta que me des una expli...
—Suéltala. Ahora mismo.
Roberto se congeló.
El motor del Jeep rugía encendido a un par de metros de la acera, y Alejandro acababa de bajar del vehículo. Caminaba hacia nosotros a paso lento, deliberado, con una postura erguida e imponente que hacía ver a Roberto ridículamente pequeño.
Alejandro ni siquiera pestañeó. Clavó una mirada de advertencia a Roberto que aún apretaba mi muñeca.
—Te doy exactamente tres segundos para que le quites la mano de encima —dijo Alejandro, llegando a nuestro lado con una calma que hacía presagiar lo peor—. O voy a tener que enseñarte modales a la fuerza.
Roberto abrió los ojos de par en par, intimidado por el porte colosal de Alejandro y la frialdad con la que prometía molerlo a golpes. Aflojó el agarre de mi muñeca de inmediato, dando un paso torpe hacia atrás mientras alzaba las manos en señal de paz.
—Tranquilo, amigo... no es contigo el problema —balbuceó Roberto, tratando de recuperar un aire de dignidad que ya no le quedaba—. Solo estaba hablando con ella.
—Ella ya te dijo que no quiere hablar contigo —sentenció Alejandro, interponiendo su cuerpo entre Roberto y yo como un muro impenetrable—. Y yo no suelo repetir las cosas dos veces. Desaparece de nuestra vista antes de que me olvide de que soy un caballero.
Roberto me echó una última mirada cargada de resentimiento, dio media vuelta y caminó a paso apresurado hacia la entrada del restaurante, buscando refugiarse de nuevo con su familia.
Alejandro esperó a que se borrara por completo antes de girarse hacia mí. Su expresión dura se suavizó en un segundo al tomar con extrema delicadeza la muñeca que Roberto me había sujetado. Sus pulgares acariciaron la piel roja con ternura.
—¿Te lastimó, pajarito?
—No... estoy bien —respiré hondo, sintiendo cómo la tensión acumulada en mis hombros por fin cedía—. Gracias, Alejo.
—No me agradezcas —murmuró, dándome un beso corto y firme en la frente antes de guiarme hacia la puerta del copiloto del Jeep—. Ahora salgamos de aquí. Te debo una cena de verdad y sin interrupciones mediocres.
Me subí a la camioneta y me abroché el cinturón mientras Alejandro rodeaba el vehículo y se ponía al volante.
En cuanto puso la camioneta en marcha y nos alejamos del restaurante, me quedé mirándolo de perfil: la luz de los faros iluminaba la curva marcada de su mandíbula y sus manos firmes sobre el volante.
Por primera vez en diez años, Roberto había pasado a otro plano de mi vida; se sentía como un capítulo cerrado y miserable al que jamás volvería.