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Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Status: En proceso
Genre:Hijo/a genio / Fantasía épica / Amor prohibido
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.

Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.

Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.

Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.

Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.

Pero ya es demasiado tarde.

Seraf ha decidido llevársela a casa.

La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.

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El regreso

Siete días. Siete largos días en los que el horizonte pareció contener el aliento, y el silencio del castillo pesaba más que las gruesas paredes de piedra. Ni Balkan ni Cassandra mencionaron lo ocurrido en la torre más alta, pero cada atardecer los encontraba de pie entre los arbustos de rosas negras del jardín superior, con la mirada clavada en el cielo teñido de cobre y sangre, esperando, observando, sin saber si verían volver a su hijo… o si vendrían ejércitos enteros empuñando espadas sagradas y gritando venganza a sus puertas. El aire mismo parecía cargado de una tensión eléctrica, como si la tierra esperara el estallido de una tormenta que no terminaba de llegar.

Fue al caer la tarde del séptimo día cuando el cielo se oscureció de golpe, como si una nube de oro ardiente lo cubriera todo. Un batir de alas inmensas rompió el silencio de inmediato, tan fuerte y potente que hizo temblar las hojas de los árboles y arrancó flores de sus tallos. Una sombra dorada descendió veloz, como un meteorito de fuego vivo, cortando las nubes con una estela de luz cegadora, y aterrizó con fuerza sobre el césped, levantando una nube de polvo, tierra y pétalos que se esparcieron por el aire. El aire se llenó de un calor intenso, sofocante, como si el sol hubiera descendido unos instantes hasta el suelo, y entonces la forma colosal se desvaneció poco a poco: las escamas brillantes se fundieron en piel, las alas inmensas se replegaron lentamente en su espalda, y ante ellos quedó Serafín, de pie, con la misma calma fría y elegante con la que alguien baja tranquilamente por una escalera de su propio palacio, sin el más mínimo signo de fatiga.

A sus pies, sobre el pasto pisoteado y quemado, dejó caer a una muchacha con suavidad extraña, como si cuidara de no dañarla demasiado al posarla en la tierra.

Ella se incorporó lentamente, temblando de pies a cabeza, con las rodillas débiles y la respiración entrecortada. Tenía el cabello oscuro revuelto y lleno de briznas de hierba, la túnica blanca y dorada —antes impecable y sagrada— ahora manchada de ceniza y polvo, rasgada en los bordes, y los ojos muy abiertos, grandes y brillantes, fijos en él con una expresión de puro espanto y confusión. No dijo una palabra. No gritó, no suplicó. Solo retrocedió un paso torpe y vacilante, luego otro, alejándose de él como si su piel quemara, sin dejar de mirarlo ni un segundo, atrapada entre el terror y una extraña fascinación que no lograba apartar. Su mirada era asustada, perdida, la de alguien que ha visto su mundo desmoronarse en cuestión de días y que ahora no sabe dónde está ni qué clase de ser la ha traído allí, y sin embargo no podía apartar la vista de él.

Serafín no se volvió hacia ella. No le importó que se alejara. Se quedó de pie, alto y hermoso, terminando de transformarse: el último brillo dorado se desvaneció lentamente en sus ojos, recuperando por completo su apariencia humana, aunque esa extraña, inquietante y sobrecogedora belleza permanecía intacta, irradiando una autoridad que no necesitaba palabras. Solo entonces levantó la vista y encontró la mirada de sus padres, sosteniéndola sin pestañear, desafiante y seguro de sí mismo, como si no hubiera hecho nada extraordinario.

Cassandra lo miró a él primero, recorriéndolo de arriba abajo con la mirada, lenta y cuidadosa, como si quisiera asegurarse de que seguía siendo su hijo, de que no le faltaba nada, de que seguía entero. Luego sus ojos se desplazaron hacia la muchacha, que seguía retrocediendo despacio, sola, asustada, perdiéndose entre las sombras de los árboles, sin saber dónde estaba ni qué clase de lugar era aquel en el que la luz parecía diferente y el aire olía a tormenta y a algo antiguo y oscuro.

—¿Quién es esta mujer? —preguntó Cassandra, y su voz, baja y tensa, quedó flotando en el aire del atardecer, pesada como una sentencia.

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