Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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Un lugar en su mundo
La mañana siguiente comenzó con una discusión.
No era una discusión importante, pero Alison parecía decidida a ganarla.
—Te estoy diciendo que no puedes dejar eso ahí.
—¿Y dónde quieres que lo coloque?
—En el otro lado.
—¿Y por qué no lo dijiste desde el principio?
Alison levantó las manos, exasperada.
—¡Porque pensé que era evidente!
Una pequeña risa llegó desde el interior de la vivienda.
—Alison, algún día vas a descubrir que no todo el mundo puede adivinar lo que estás pensando.
—¡No estoy pidiendo que adivinen! ¡Solo que presten atención!
La respuesta provocó otra carcajada.
Alison terminó de acomodar las cosas y se limpió las manos. Aquella mañana había decidido ayudar con algunas tareas antes de salir. No quería que sus encuentros con Hades se convirtieran en una excusa para desatender su hogar.
Mientras recogía un pequeño recipiente, escuchó una pregunta:
—¿Volverás a salir hoy?
—Quizá.
—¿Con él?
Alison suspiró.
—¿Es necesario que lo preguntes cada vez?
—No. Pero es divertido ver cómo intentas ocultar la sonrisa.
—No estoy sonriendo.
—Claro que no.
Alison bajó la mirada y descubrió que, efectivamente, estaba sonriendo.
No pudo evitarlo.
—No sé si lo veré —respondió—. No hemos quedado en nada.
—Entonces, si aparece, espero que esta vez recuerdes que tienes una casa a la cual regresar.
—Lo recuerdo perfectamente.
—Y que no debes aceptar cualquier cosa solo porque alguien te mire bonito.
Alison soltó una carcajada.
—¿Quién dice que me mira bonito?
—Tu cara.
—¡Por los dioses!
La conversación terminó entre risas, pero aquellas palabras se quedaron con ella.
No quería que su familia pensara que había dejado de ser ella misma por conocer a un hombre.
Y tampoco quería que Hades creyera que podía aparecer y desaparecer de su vida sin explicaciones.
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Hades había pasado buena parte de la mañana intentando concentrarse en asuntos que normalmente habría resuelto sin dificultad.
Un mensajero había llevado noticias sobre los límites de su territorio. Había informes que revisar y decisiones que tomar.
Sin embargo, su atención regresaba una y otra vez a la misma imagen: Alison sentada junto a la fuente, riéndose de sus comentarios.
—Parece que últimamente tienes muchas cosas en la cabeza.
Hades levantó la mirada.
Uno de sus guardianes esperaba frente a él.
—¿Hay algo que necesites?
—Solo informar que la presencia extraña no ha vuelto a manifestarse en los límites.
—¿Ninguna señal?
—Ninguna que podamos identificar.
Hades se quedó pensativo.
—No bajen la vigilancia. Que no aparezca no significa que se haya marchado.
—Como ordenes.
El guardián inclinó la cabeza y se retiró.
Hades volvió a mirar los documentos.
Había algo que le inquietaba más que la ausencia de aquella presencia: la posibilidad de que Alison estuviera cada vez más cerca de un secreto que ni él mismo comprendía.
Y, aun así, no quería alejarla.
Se levantó.
Por primera vez en mucho tiempo, decidió dejar una parte de sus obligaciones para después.
Tenía algo más importante que hacer.
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Alison estaba cerca de la entrada de su vivienda cuando lo vio llegar.
Hades caminaba por la calle estrecha, con su habitual expresión seria.
Ella cruzó los brazos.
—¿Te has perdido?
—No.
—Qué decepción. Pensé que tendría una historia interesante que contar.
—Vine a verte.
La respuesta fue tan directa que Alison se quedó sin una broma preparada.
—¿A mí?
—No conozco a otra persona que viva aquí.
—Podrías intentar ser un poco más encantador.
—Estoy haciendo un esfuerzo.
Alison sonrió.
—Se nota.
Hades miró brevemente la entrada de la casa.
—¿Interrumpo algo?
—No. Estaba terminando unas tareas.
—Puedo regresar después.
—No hace falta. Pero tendrás que disculparte si te pido que me ayudes con algo.
Él arqueó una ceja.
—¿Qué clase de ayuda?
—Todavía no lo sé.
—Eso no me tranquiliza.
Alison se echó a reír.
Antes de que pudiera responder, una voz desde el interior llamó su atención.
—¿Alison? ¿Quién está ahí?
Ella volvió la cabeza.
—Es Hades.
Hubo un pequeño silencio.
—¿El joven del que tanto hablas?
Alison cerró los ojos.
—Por favor, no.
Hades giró lentamente hacia ella.
—¿Tanto hablas de mí?
—No escuches.
La voz volvió a sonar:
—Puedes saludarlo, Alison. No tienes que esconderlo en la entrada.
Alison se llevó una mano a la frente.
Hades, por su parte, parecía estar disfrutando demasiado de la situación.
—Creo que debería presentarme —dijo.
—Creo que deberías quedarte callado.
Pero ya era tarde.
Una persona de la familia de Alison apareció en la entrada. La mirada pasó de ella a Hades, deteniéndose un instante en el rostro serio del visitante.
—Buenos días.
Hades inclinó respetuosamente la cabeza.
—Buenos días. Disculpe que me presente sin previo aviso. Soy Hades.
—Ya nos habían hablado de ti.
Alison lanzó una mirada de advertencia.
—No creo que haya sido necesario contar tantas cosas.
—No te preocupes —respondió la persona con una sonrisa—. Solo sabemos que has estado pasando tiempo con él.
Hades miró a Alison.
—¿Y qué has contado?
—Nada que pueda utilizarse en mi contra.
—Eso espero.
La conversación fue breve, pero cordial. Hades no intentó imponerse ni fingió ser alguien que no era. Respondió con educación cuando le preguntaron cómo había conocido a Alison y escuchó con atención cuando ella intervino para completar la historia.
Antes de retirarse, la persona volvió a mirarlo.
—Alison es importante para nosotros.
Hades comprendió que no era una frase dicha por cortesía.
—Lo entiendo.
—Espero que también entiendas que no nos gustaría verla sufrir.
Él sostuvo aquella mirada.
—No es mi intención hacerle daño.
La respuesta no fue una promesa grandiosa.
Fue sencilla.
Pero, por primera vez, Hades sintió el peso de una responsabilidad que no provenía de los dioses ni de las obligaciones de su posición.
Provenía de una familia mortal que quería proteger a alguien que amaba.
Y él estaba empezando a formar parte de la razón por la que podían preocuparse.
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Cuando se alejaron un poco de la vivienda, Alison caminó en silencio.
Hades la miró de reojo.
—¿Estás enfadada?
—No.
—Tienes esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La que pones cuando estás pensando en algo que no quieres decir.
Alison soltó una pequeña risa.
—Ahora resulta que me conoces demasiado.
—Estoy aprendiendo.
Ella lo miró.
—No estaba preparada para que conocieras a mi familia.
—¿Por qué?
—Porque todavía estamos intentando descubrir qué somos.
Hades guardó silencio.
Aquella pregunta parecía sencilla, pero no lo era.
¿Qué eran?
No eran desconocidos. Tampoco eran simples amigos.
Había una cercanía que ninguno de los dos podía explicar sin admitir que sus sentimientos estaban cambiando.
—No necesitamos ponerle un nombre ahora —dijo él.
Alison asintió lentamente.
—Me alegra que pienses así.
—Pero tampoco quiero que sientas que debo permanecer fuera de tu vida.
Ella se detuvo.
—¿Y tú quieres entrar?
Hades la miró.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
—¿Aunque eso signifique conocer a las personas que te hacen preguntas incómodas?
—Puedo soportarlo.
—¿Aunque tengas que escuchar discusiones sobre dónde colocar los recipientes?
—Eso podría resultar más complicado.
Alison rio y volvió a caminar.
Hades la acompañó.
Después de unos pasos, ella tomó su mano.
Él bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados y sintió que aquel gesto sencillo tenía un significado que no quería ignorar.
No estaba visitando únicamente a Alison.
Estaba empezando a conocer su mundo.
Y deseaba que ella conociera el suyo, aunque todavía no supiera cómo hacerlo sin ponerla en peligro.
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En el Olimpo, Perséfone contemplaba las columnas de su estancia cuando recibió una noticia que no esperaba.
—¿Entró en su casa? —preguntó.
La figura que había acudido a informarle inclinó la cabeza.
—Sí. Permaneció poco tiempo, pero habló con alguien de su familia.
Perséfone apretó los labios.
—¿Y cómo fue recibido?
—Con educación. No hubo ningún conflicto.
La diosa soltó una risa amarga.
—Por supuesto. El gran Hades, acostumbrado a que todos le teman, ahora se presenta educadamente ante una familia mortal.
—¿Deseas que hagamos algo?
Perséfone no contestó de inmediato.
En su mente apareció la imagen de Hades tomando la mano de Alison.
No era solamente el tiempo que pasaba con aquella mujer lo que la inquietaba.
Era la manera en que él parecía estar construyendo una vida alrededor de ella.
Una vida en la que Perséfone no tenía lugar.
—No —dijo finalmente—. Todavía no.
La figura aguardó.
—Quiero saber cuánto piensa contarle.
—¿Sobre su verdadera identidad?
Perséfone giró el rostro.
—Sobre todo.
La respuesta quedó suspendida en el aire.
Ella sabía que Hades no podía mantener aquel secreto eternamente. Ninguna mentira, por cuidadosa que fuera, podía sostenerse para siempre cuando dos personas comenzaban a acercarse de verdad.
Y cuando Alison descubriera quién era aquel hombre al que estaba entregando su confianza, quizá todo cambiaría.
Perséfone no sabía si debía temer más a la reacción de la mortal o a la de su propio esposo.
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Al caer la tarde, Hades y Alison llegaron a un lugar tranquilo desde donde podían contemplar las últimas luces del día.
Alison se sentó sobre una piedra y acomodó su manto.
—Hoy ha sido extraño.
—¿Por qué?
—Porque has conocido a alguien de mi familia.
—¿Eso te preocupa?
—Un poco.
Hades se sentó a su lado.
—No tienes que avergonzarte de ellos.
—No me avergüenzo. Solo quiero que entiendas que son importantes para mí.
—Lo entiendo.
Alison lo observó.
—¿Tú tienes a alguien así?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Pensó en sus hermanos. En los dioses que habían compartido con él incontables siglos. En las personas que alguna vez habían estado cerca y que ahora solo eran recuerdos.
—Tengo familia —respondió—. Pero las relaciones entre nosotros no siempre son sencillas.
—¿Te gustaría que lo fueran?
Hades miró el horizonte.
—Más de lo que imaginas.
Alison no insistió.
En lugar de eso, apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.
—Quizá algún día me cuentes más.
Él volvió el rostro hacia ella.
—Quizá algún día.
Permanecieron juntos sin hablar durante un largo rato.
Alison cerró los ojos y escuchó el viento.
Hades contempló su rostro. Había algo profundamente injusto en la facilidad con la que ella conseguía hacerlo olvidar todo lo demás.
Por un instante, imaginó una vida en la que no tuviera que marcharse.
Una vida en la que pudiera despertar a su lado, escucharla discutir por cosas pequeñas y acompañarla a visitar a su familia sin tener que ocultar quién era.
La imagen le produjo una felicidad tan intensa como dolorosa.
Porque sabía que, para conseguir algo así, tendría que enfrentarse a fuerzas que no aceptarían fácilmente su decisión.
Alison levantó la cabeza.
—¿En qué piensas?
Hades tardó unos segundos en responder.
—En lo mucho que me gustaría que algunos días duraran más.
Ella sonrió.
—Entonces tendremos que aprovecharlos.
Hades tomó su mano y la acercó a sus labios.
No fue un gesto de promesa eterna.
Fue una manera silenciosa de decirle que, al menos por aquel día, había elegido estar allí.
Y Alison, sin conocer todavía la magnitud de los secretos que los rodeaban, decidió disfrutar de aquel momento.
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Esa noche, cuando Hades regresó a sus dominios, encontró una pequeña pieza de cerámica sobre una mesa de piedra.
Era una reproducción del símbolo de la flor de cinco pétalos.
No había estado allí antes.
La tomó entre los dedos.
En el reverso encontró una inscripción apenas visible.
No era una frase completa. Solo unas pocas palabras, grabadas con una escritura antigua:
Lo que fue separado volverá a encontrarse.
Hades sintió que el aire se volvía pesado.
La pieza se quebró entre sus dedos.
No sabía quién la había dejado allí.
Pero alguien había encontrado una manera de entrar en sus dominios sin ser visto.
Y eso significaba que la amenaza estaba mucho más cerca de lo que había imaginado.