Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 21
Capítulo 21. Un deseo que ya no respondía
Daniel se quedó mirando la pantalla. Casi nunca revisaba los grupos de la universidad; los tenía silenciados.
Antes de terminar de leer, descubrió que también había recibido mensajes de varios compañeros.
Todos preguntaban qué le había pasado a Camila.
Se puso tenso y buscó su número de inmediato.
—No le pasó nada —dijo Beatriz—. Tiene tiempo para reunirse con ellos, pero no para contestarte. Te está manipulando. A lo mejor armó el escándalo a propósito para que fueras a buscarla.
Ella quería entretenerse con el chisme. Ver que la primera reacción de Daniel era llamar a Camila la llenó de celos.
¿Tanto le preocupaba?
Sus palabras lo hicieron detenerse.
Era tarde. Probablemente Camila tampoco contestaría. Y él volvería a quedar como el que la perseguía.
En la conversación solo aparecían sus propios mensajes.
Hasta se había enfrentado a su madre y a Paula por ella. Y Camila seguía negándose a ceder, empeñada en arrancarle acciones de la empresa.
La rabia le volvió al pecho.
Guardó el celular.
—¿Qué ocurrió exactamente?
Beatriz se tranquilizó al ver que ya no iba a llamarla.
—Parece que se peleó con Patricia. Ella publicó un video pidiéndole perdón y después salió de los grupos.
Ya había intentado hablar con su antigua alumna. Patricia había borrado a todos sus compañeros menos a ella, pero tampoco respondía.
—¿Patricia?
—Vidal. Estaba en tu clase. Yo la orientaba. Era lista y muy bonita, pero siempre la comparaban con Camila. Quizá volvieron a meterse con ella en la reunión.
Lo dijo con suavidad, compadeciendo a Patricia y dejando caer que Camila debía de haberla maltratado.
Daniel volvió a mirar el video.
Patricia tenía un aspecto lamentable. No se atrevía a mirar a la cámara. Más que herida, parecía aterrada.
Él la recordaba arrogante y conflictiva. No era de las que aceptaban una humillación sin defenderse.
Había intentado salir con él en la universidad. Cuando la rechazó, fue a insultarlo a la cara.
—¿No habrá hecho algo contra Cami y la descubrieron? Publicar un video así es destruir su propia imagen.
Beatriz le quitó el celular de las manos.
—Llevaban dos años sin verse. ¿Qué podría haberle hecho? Nadie publica algo así por gusto. ¡La obligaron! Parece que Camila te tiene completamente lavado el cerebro.
Encima, él seguía llamándola Cami delante de ella.
—Camila no ataca a la gente porque sí.
Aunque Beatriz estaba a punto de estallar, Daniel no retiró lo dicho.
La imagen de Camila volvió a ocuparle la cabeza.
Su belleza nunca había sido el único motivo para elegirla.
La había visto incluso antes de coincidir con ella en la oficina de Beatriz, el día en que Camila llegó a inscribirse en la universidad.
Llovía a cántaros. La entrada estaba llena de estudiantes sin paraguas.
Una joven delgada llevaba una pila de documentos. Un hombre que pedía dinero entre la gente chocó con ella y los papeles cayeron al suelo, bajo la lluvia.
Nadie ayudó a la muchacha a recogerlos.
Varios estudiantes aprovecharon el incidente para tirarse contra el hombre, un indigente con la ropa hecha jirones. Lo empujaron, lo golpearon y lo insultaron mientras ella intentaba salvar sus documentos.
Daniel formaba parte del consejo estudiantil. Iba a pedir que alguien interviniera cuando vio a una joven correr hacia la lluvia.
Primero ayudó a recoger los papeles.
Después se plantó delante del hombre caído y les gritó a los agresores que se detuvieran.
Eran varios, altos y furiosos. También la insultaron y la agredieron.
Ella no se apartó.
Se quedó protegiendo al hombre y llamó a la policía.
Era Camila.
Daniel había sentido algo al verla actuar. Eran completamente distintos.
Él calculaba las consecuencias, protegía sus intereses. No se arriesgaba por un desconocido si no tenía nada que ganar.
Ella había corrido sin pensarlo.
¿Una mujer capaz de ponerse en peligro para proteger a alguien indefenso iba a divertirse maltratando a otra persona?
Durante todos aquellos años, Camila había sido generosa y comprensiva con él. Había una clase de orgullo en ella que no necesitaba pisotear a nadie.
Se enfrentaba a los problemas con su trabajo. No haciendo daño a los demás.
—¿Confías tanto en ella?
Beatriz se levantó de golpe. Le temblaba la voz.
—Entonces soy yo la que está hablando mal de la mujer que quieres, ¿no?
—Otra vez lo mismo...
Daniel había esperado aquella reacción. Aun así, lo agotaba.
—Estoy juzgando lo ocurrido a partir de lo que sé de ella. Eso es todo.
—Cuando un hombre se enamora, deja de ver a una mujer como es.
Beatriz se volvió, se cubrió el rostro y empezó a llorar.
A Daniel se le hundió el ánimo.
—Sabes que nunca voy a enamorarme de Camila.
No creía estar sintiendo nada distinto. Pero decirlo le dejó una presión incómoda en el pecho.
—¿Entonces por qué le permites todo esto? Te deja solo con la empresa, se va cuando quiere y tú sigues justificándola.
Beatriz no dejó de hablar.
—Te quedas mirando el teléfono, esperándola. La defiendes en todo. Y ella se va a divertirse con sus compañeros mientras tú intentas salvarlo todo.
Cada frase se le clavó a Daniel.
Era verdad. Solo necesitaba a Camila por su trabajo y nunca la había tratado mal. ¿Por qué tenía que soportar sus caprichos justo cuando más dependía de ella la empresa?
Quizá Beatriz tenía razón. Quizá se había equivocado al juzgarla.
Ella tomó la computadora y se encerró en el estudio.
Un rato después, Daniel fue a buscarla. La encontró llorando, con la cabeza apoyada en el escritorio.
—Perdóname. Me equivoqué.
Verla así le rompía el corazón.
Beatriz era la que más había sufrido para estar con él. Se enfrentó a sus padres, aceptó un matrimonio secreto y tuvo a su hijo sin poder reclamar su lugar.
Para Daniel, su dolor era mucho mayor que el de Camila.
Ahora también se estaba haciendo cargo del desastre que la otra había dejado. Ellos sí eran esposos. Ellos sí se sostenían mutuamente.
La rodeó con los brazos.
—Cuando salgamos de esto, voy a hablar con mi familia. Conseguiré que mis padres y mi abuela te acepten.
Volvió a prometerlo mientras le acariciaba la espalda y le secaba las lágrimas.
El testamento de su abuelo prohibía que Beatriz entrara en la familia. Para garantizarlo, había dejado el control del patrimonio en manos de su viuda.
Si Daniel hacía pública la relación, su abuela debía transferir los bienes familiares a una fundación.
Todos los Ferrer lo perderían todo.
Por eso necesitaba sacar la empresa a bolsa. Dinero propio, mayor poder de decisión. Sus padres dejarían de oponerse si ya no tenían tanto que perder.
Y su abuela envejecía. Cuando ya no pudiera ocuparse de aquello, la espera habría terminado.
Beatriz lo escuchó y volvió a sonreír.
—No dejes que pierda esta apuesta, Daniel.
—No voy a dejarlo.
Él le sostuvo la cara y la besó.
Cerró los ojos.
Y volvió a ver a Camila.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Apartó a Beatriz de golpe, desconcertado.
—¿Qué pasa?
Ella lo miró con inquietud.
—Nada. Me acordé de una reunión importante de mañana. Otro proyecto de Camila.
Daniel desvió la mirada.
Los clientes no aceptaban a nadie que intentara reemplazarla. Querían que ella llevara sus proyectos personalmente.
La reunión del día siguiente podía terminar mal si no conseguían resolverlo. La empresa no soportaría otra pérdida.
—Ya revisé ese proyecto. Es de los prioritarios. El análisis de datos no es complicado. Puedo hacerlo yo.
Beatriz abrió la computadora para mostrarle su propuesta, orgullosa.
Daniel la miró con sorpresa.
—¿Hiciste todo esto sola?
Llevaba años alejada del sector y, aun así, había trabajado rápido. Algunos datos estaban presentados con tanta precisión que no parecían inferiores a los de Camila.
La universidad donde habían estudiado era una de las mejores del país en Finanzas. Haber conseguido un puesto académico allí ya demostraba la capacidad de Beatriz.
Había empezado como orientadora y pensaba seguir preparándose para dar clases en la facultad. Las presiones del abuelo de Daniel y, después, su vida con él y el niño la apartaron de aquel camino.
Mientras tanto, Camila se había llevado todo el reconocimiento.
Beatriz estaba decidida a recuperar lo que consideraba suyo.
El título de esposa. Su lugar en la empresa.
Camila no iba a quedarse con nada de eso.
—No es difícil. Puedo hacer lo mismo que ella. Incluso mejor.
Se levantó y le rodeó la cintura, acercándose con ternura.
Daniel entendió lo que buscaba y le sujetó las manos antes de que siguiera.
—Está muy bien. Cuando vean tu análisis, dejarán de insistir en Camila. Si ella no quiere volver, tú vas a llevar el proyecto.
Beatriz sonrió.
—Es tarde —añadió él—. Trabajaste mucho. Vamos a descansar.
Se sentía feliz por el reconocimiento. Y, al mismo tiempo, decepcionada.
¿Lo estaba agotando tanto la empresa?
Llevaban días sin tener relaciones. Antes, incluso mientras vivía con Camila, Daniel la buscaba a ella casi a diario.
***
A la mañana siguiente, él la acompañó personalmente a la empresa del cliente.
El responsable había insistido en que Camila participara en todo el proceso. Daniel estaba convencido de que, al ver el trabajo y la disposición de Beatriz, cambiaría de opinión.
—Revisé tus cambios. Son más detallados que la propuesta original —le dijo mientras esperaban.
Ella respiró hondo y asintió.
No podía perder contra Camila.
Los minutos pasaron.
Cuando por fin se abrió la puerta de la sala de juntas, no entró el director del proyecto.
Solo un asistente.
—Señor Ferrer, le ofrecemos una disculpa. Al señor Suárez le surgió un asunto urgente. Tendremos que reprogramar la reunión.
El tono era cortés. La decisión no estaba a discusión.
Daniel mantuvo el rostro sereno y cerró una mano bajo la mesa.
—Estamos a punto de empezar el proyecto. No podemos cambiar la fecha sin más.
El asistente miró discretamente a Beatriz.
—¿La señorita Rivas no vino hoy?