Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Frente a ti
— Te amor Ana eres lo mas hermoso que tengo
—Yo también te amo mucho.
Edmund inhalo.
—Y tengo mucha suerte de tenerte gracias por estar a mi lado.
— Gracias por estar conmigo mi amor
Robert levantó su copa.
— ahora brindemos por los futuros esposos.
Algunos invitados levantaron sus copas.
—¡Por Anastacia y Edmund por su nueva vida juntos!
Sentí una calidez en el pecho mientras miraba a mi prometido. Él acercó sus labios a mi frente y depositó un beso.
—Te amo —susurró.
—Yo también te amo.
Después del brindis, comenzaron a acercarse familiares y amigos para felicitarnos. Christian apareció junto a Vanessa y me abrazó con fuerza.
—Finalmente mi hermana va a casarse.
—¿Finalmente? —pregunté.
—Sí. Ya estaba empezando a pensar que nunca encontrarías a alguien capaz de soportarte.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Idiota.
Vanessa rio.
—No le hagas caso. Está celoso porque ahora tendrá que compartirte.
—Eso jamás va a pasar —respondió Christian.
La música cambió y Edmund tomó mi mano.
—¿Bailamos?
—Claro.
Me llevó hasta el centro del salón. Rodeó mi cintura y apoyé una mano sobre su hombro. Nos movimos lentamente mientras las personas a nuestro alrededor conversaban y nos observaban.
—¿Sabes qué estoy pensando? —murmuró Edmund.
—¿Qué?
—Que quiero recordar esta noche para siempre.
Lo miré a los ojos.
—Yo también.
Apoyé la cabeza sobre su pecho mientras continuábamos bailando. Por unos minutos olvidé todo lo demás. Solo estaba Edmund, sus brazos alrededor de mí y la felicidad de saber que pronto comenzaríamos una nueva etapa juntos.
La música se detuvo y Edmund tomó mi mano.
—Anastacia, quiero decirte algo frente a todos.
Las conversaciones fueron apagándose hasta que el inmenso salón quedó en silencio. Edmund se arrodilló frente a mí y sacó una pequeña caja de su bolsillo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Desde que llegaste a mi vida, entendí que había encontrado a la persona con la que quiero compartirlo todo. Quiero despertar a tu lado, acompañarte en cada dificultad y celebrar contigo cada momento feliz. Te amo y quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Abrió la caja y el brillo del anillo hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—Anastacia Thompson, ¿quieres casarte conmigo?
Me cubrí la boca mientras las lágrimas recorrían mis mejillas.
—Sí —respondí entre sollozos—. Sí, quiero.
El salón estalló en aplausos. Edmund se puso de pie y me abrazó con fuerza. Rodeé su cuello con los brazos y escondí el rostro contra su pecho.
Él tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Respondí al beso mientras escuchaba las voces y los aplausos a nuestro alrededor.
Pero levanté la mirada.
Al otro lado del inmenso salón había un hombre que permanecía completamente inmóvil. Era alto, de hombros anchos y vestía un elegante traje negro que resaltaba su figura. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado y su rostro seguía teniendo aquella apariencia serena y perfectamente definida que recordaba demasiado bien. Pero fueron sus ojos los que hicieron que mi corazón se detuviera.
Azules. Intensos. Fijos en mí.
No había duda. Lo reconocería entre cientos de personas.
Sentí que el oxígeno abandonaba mis pulmones. Mis manos comenzaron a temblar y una sensación helada recorrió mi cuerpo mientras aquella mirada permanecía sobre mí.
El miedo se apoderó de mí.
Aquel hombre ya no era un recuerdo.
Estaba allí.
Frente a mí.
Mi voz apenas logró salir de mis labios.
—Adrian.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué tienes?
—Nada, mi amor. Nada —respondí rápidamente, intentando ocultar lo que acababa de sentir.
No tuve tiempo de decir más. Varias personas comenzaron a acercarse para felicitarnos.
—¡Felicidades!
—Qué hermosa pareja.
—Les deseo toda la felicidad del mundo.
Recibí abrazos, felicitaciones y buenos deseos, intentando mantener la sonrisa mientras mi mente seguía atrapada en aquella mirada.
Christian fue uno de los últimos en acercarse. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Ven aquí, hermanita.
Me abrazó con fuerza.
—No puedo creer que mi niña pequeña vaya a casarse.
—Christian...
—Siempre vas a ser mi niña, ¿entiendes? Mi hermanita menor, aunque tengas treinta años y seas mucho más responsable que yo.
Solté una pequeña risa y lo abracé más fuerte.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Sara apareció poco después, emocionada.
—¡Edmund, hermano! Mira qué sorpresa tan maravillosa.
Edmund la miró sin entender.
—¿Qué pasa?
Sara señaló hacia el otro extremo del salón.
—Ven, Ana. Tú también.
La seguí junto a Edmund. Caminamos entre los invitados hasta detenernos detrás de un hombre alto. Lo primero que vi fueron sus enormes hombros y su espalda cubierta por un elegante traje oscuro.
Sara se acercó.
El hombre se giró.
Sus ojos azules se encontraron con los míos y sentí que todo a mi alrededor se detenía por un instante. Era Adrian.
El mismo hombre al que había admirado años atrás, al que había agradecido por haber confiado en mí y darme una oportunidad cuando apenas comenzaba. Pero también era el hombre de aquella noche. El hombre que había intentado olvidar y que, aun así, había seguido apareciendo en mis sueños y en mis pensamientos más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Y ahora estaba frente a mí.
Volver a verlo hizo que todos aquellos recuerdos que creía enterrados regresaran de golpe, junto con una sensación que me negaba a reconocer.
—Sara.
Ella abrió los brazos y lo abrazó.
—¡Hermano! ¿Eres tú? ¡Qué gran sorpresa!
Me quedé inmóvil al escuchar a Sara.
No podía ser.
¿Por qué Sara lo había llamado hermano?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda mientras intentaba encontrarle sentido a sus palabras. Quizá había escuchado mal. Quizá se refería a otra persona. Pero no había nadie más frente a ella, y Adrian tampoco parecía sorprendido por aquel saludo.
—¡Adrian! Pero qué gran sorpresa.
—El mejor regalo que podías darnos.
Adrian correspondió al abrazo de Edmund.
—No me perdería la boda por nada.
—Gracias, Adrian. Eres el mejor.
Edmund se volvió hacia mí.
—Ana, ven, amor. Ven.
Sentí que las piernas me pesaban. No podía moverme ni apartar la mirada de aquel hombre.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía Adrian, el hombre de aquella noche, ser el hermano de mi prometido?
—Adrian, ella es mi prometida y mi futura esposa, Anastacia Thompson.
Contuve el aliento. Él sabía perfectamente quién era yo, pero tuvo el descaro de extenderme la mano referirse a mi como si nunca nos hubiéramos visto.
—Encantado de conocerte, Anastacia —dijo con una calma que me heló la sangre.
No podía delatarme. No delante de Edmund.
—Igualmente —respondí, forzando una sonrisa.
Edmund me rodeó la cintura, ajeno a la tormenta que se desataba en mi interior.
Mi secreto acababa de convertirse en una pesadilla. El hombre que conocía mi pasado no era un desconocido al que pudiera evitar. Era el hermano del hombre con quien estaba a punto de casarme.