FIRMÉ MI LIBERTAD
Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.
Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.
Una noche, Aymara decide desaparecer.
Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.
Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.
Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.
Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza
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Lucía
Lucía no desapareció del hotel porque nunca tuvo motivo para hacerlo.
Seguía en recepción cinco días por semana. Conocía las reservas, los proveedores, las manías de los huéspedes frecuentes y la forma exacta en que Rodrigo tomaba el café cuando llevaba demasiadas horas trabajando.
Bella entendió por qué aquella cercanía podía confundirse con algo que todavía existía.
Una tarde, mientras Rodrigo revisaba una reserva, Lucía dijo sin mirarla:
—Él y yo estuvimos juntos bastante tiempo.
Bella esperó.
—Ya lo sé.
Lucía levantó la vista. —Entonces sabés que no soy una desconocida que apareció ayer.
—Nunca dije que lo fueras.
-No. Vos casi nunca decís lo que estás pensando.
Bella sostiene su mirada.
—Y vos decís más de lo que deberías cuando estés incómoda.
Lucía se sonroja apenas. —Puede ser.
Rodrigo regresó antes de que la conversación avanzara.
No hubo guerra entre ellas. Todavía no.
Lo que sí hubo fue una frontera que Lucía empezó a notar: Rodrigo buscaba a Bella cuando tenía una buena noticia, cuando estaba cansado y cuando quería desaparecer una hora del hotel. La costumbre que antes había compartido con Lucía estaba cambiando de dirección.
En paralelo, Helena seguía enfrentando los movimientos de Sam.
Bella no asistió al funeral de su padre y tampoco reapareció públicamente por cada problema de la empresa. Firmaba lo que correspondía como Aymara mediante canales reservados y autorizaciones válidas. Cuando su presencia física resultaba innecesaria, Helena la representaba.
—Él quiere obligarte a salir —le dijo Helena.
—Entonces que espere.
—Va a cansarse de no encontrarte.
—Sam no se cansa. Cambia de método.
Bella lo sabía mejor que nadie.
Por eso, mientras su casa comenzaba a levantarse junto al lago, pidió que el terreno conservara la vegetación exterior y que desde la carretera no pudiera verse el interior.
No quería una fortaleza.
Quería privacidad.
Rodrigo la acompañó una tarde a ver los primeros trabajos.
—Va a ser hermosa.
—Va a ser mía.
Él irrita. —Eso sonó más importante.
Lo era.
Lucía no hizo nada que Bella pudiera señalar como una falta.
Eso era, quizás, lo que volvía más incómoda la situación.
Seguía siendo buena en su trabajo. Si Bella necesitaba algo del hotel, Lucía lo resolvía. Si Rodrigo estaba ocupado, ella cubriría la recepción sin convertirla en un favor. A veces incluso conversaba con Bella con una normalidad que hacía parecer ridícula cualquier sospecha.
Una mañana, mientras Rodrigo revisaba una entrega, Lucía le alcanzó a Bella una taza.
—Sin azúcar, ¿verdad?
Bella la recibió.
—Sí. Gracias.
—Rodrigo lo pide así cuando sabe que vas a venir.
La frase pudo ser inocente. Bella decidió tratarla como tal.
—Está aprendiendo.
Lucía sonrió.
—Aprende rápido cuando quiere.
No hubo más.
Bella no quería convertirse en una mujer que vigilara cada gesto de otra por un hombre. Había vivido demasiado tiempo pendiente de las reacciones de Sam como para construir otra relación desde el miedo.
Esa tarde se lo dijo a Rodrigo.
—No voy a preguntarte cada vez que hablés con Lucía.
Él dejó de caminar.
—Espero que no.
Bella lo miró.
—Qué romántico.
—¿Querías que dijera que nunca voy a hablar con una persona con la que trabajo todos los días?
-No.
—Entonces estamos bien.
Bella disimula.
—A veces sos insoportablemente razonable.
—Solo a veces.
La relación entre ellos siguió creciendo en cosas que nadie en el pueblo habría considerado extraordinarias. Rodrigo conoció la forma en que Bella se quedaba callada cuando una llamada la llevaba de vuelta a su pasado. Bella comprendió que él necesitaba unos minutos de silencio para terminar un día difícil en el hotel. Él dejó de preguntar por qué no quería fotografías claras en redes. Ella dejó de buscar una explicación oculta cada vez que él llegaba tarde.
No eran una pareja anunciada.
Tampoco eran ya dos amigos finciendo que no pasaba nada.
Amy lo sabía, por supuesto.
—Si siguen siendo tan discretos van a terminar casados antes de que el pueblo se entere de que se besaron.
Bella casi se atragantó.
—Amy.
—Era una observación.
—Era una amenaza.
—Una petición muy educada —respondió Amy, devolviéndole la frase.
Bella Río.
No vio a Lucía al otro lado de la calle.
Lucía sí la vio a ella.
Días después, Lucía encontró a Rodrigo y Bella saliendo juntos del hotel. Rodrigo llevaba la chaqueta de Bella sobre el brazo porque había empezado a llover y ella se había negado a ponérsela.
—Te vas a enfermar —dijo él.
—Eso no funciona así.
—Igual ponétela.
Lucía los vio discutir y molestar.
—No cambies nada, Rodrigo.
Él la miró.
—¿En qué?
—Seguís creyendo que podés convencer a alguien repitiendo lo mismo tres veces.
Bella tomó la chaqueta.
—En eso tiene razón.
Los tres rieron. Por unos segundos no hubo competencia ni amenaza, solo una historia vieja conviviendo con una nueva. Precisamente por eso Bella no vio motivos para preocuparse todavía.
Lucía también percibió el cambio. Rodrigo seguía trabajando con la misma seriedad, pero ahora miraba el reloj cerca del final del turno y algunas noches rechazaba planos del personal porque ya había quedado con Bella. No era una traición. No le debía una relación a Lucía. Aun así, ella empezó a medir esas pequeñas ausencias.
Una noche, mientras cerraban la recepción, Lucía le preguntó si estaba enamorada. Rodrigo tardó en contestar. —No sé cuándo se supone que uno puede decirlo. —Eso no fue un no. Rodrigo siguió ordenando unas llaves. Lucía se sonrojó, pero cuando él se dio vuelta la sonrisa ya había desaparecido. Al día siguiente volvió a tratar a Bella con la misma corrección de siempre.
Lucía, en cambio, se quedó mirando cuando ambos se alejaron bajo la misma sombrilla.