"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 11: Las reglas del juego (Perspectiva de Matteo)
Cerré la puerta de caoba de mi oficina privada con un movimiento seco, aislándonos del bullicio del corporativo. El silencio dentro del despacho era pesado, roto únicamente por la respiración entrecortada de Katherine.
La observé de pie frente a mi escritorio. Tenía los hombros encogidos, las manos aferradas con fuerza a la correa de su abrigo desgastado y la mirada fija en el suelo, intentando disimular el hambre y la humillación que arrastraba desde el vestíbulo.
—Toma asiento —le indqué, señalando el sillón de cuero frente a mí.
Katherine dudó un segundo, congelada en el sitio. No iba a repetir la orden.
—Siéntate tú misma, o tendré que sentarte yo —le advertí con voz baja, seria, sin apartar los ojos de su rostro.
El efecto fue inmediato. Sus ojos se abrieron de par en par por el susto y se precipitó a ocupar el sillón con rapidez, sentándose en la orilla como si temiera que el mueble fuera a morderla.
Crucé los brazos sobre el escritorio y la estudié en silencio un momento antes de hablar.
—¿Quieres comer o tomar algo? —le pregunté, notando lo pálida que estaba y los temblores sutiles en sus manos.
Se notaba profundamente nerviosa y avergonzada. Verla así, vulnerable, con esa mezcla de orgullo roto y timidez, me removía cosas extrañas por dentro; una combinación de fascinación y una furia sorda contra el imbécil que la había reducido a ese estado.
Ella negó con la cabeza de inmediato, apretando los labios.
—No, gracias...
Se quedó en silencio unos segundos, tragando saliva con dificultad, hasta que enderezó un poco la espalda y me miró con fijeza.
—Bueno... dígame en qué puedo serle útil, señor Montenegro —dijo, dejando deliberadamente un espacio en blanco para que yo le exigiera su nombre, jugando a que éramos completos desconocidos.
No iba a dejar en evidencia que mis hombres me habían entregado un dossier completo sobre su vida desde el mismo día en que salí de ese hotel. Quería escuchar su voz, quería verla ceder el control por voluntad propia.
—Tu nombre —le exigí con calma, apoyando las manos sobre la madera.
—Katherine... Katherine Castell —respondió con un hilo de voz, parpadeando con sorpresa por mi pregunta.
Asentí lentamente y decidí apretar un poco las tuercas.
—Dime, Katherine. ¿Vienes a cobrar tu recompensa? ¿Dinero a cambio de haber limpiado la sangre de mi costado y haberme dejado usar tu refugio aquella noche?
Sus ojos marrones se encendieron de inmediato, soltando chispas de indignación. Enderezó el cuerpo, perdiendo el miedo por un segundo.
—¡Yo no soy esa clase de mujer! —espetó con una dureza que me encantó, levantando la barbilla—. No vine a pedir limosna ni a cobrar por salvar una vida. Lo hice porque era lo correcto. Solo quería saber si... si por casualidad usted podría brindarme un empleo. De lo que sea.
Hizo una pausa, bajando la mirada con algo de vergüenza antes de continuar:
—Soy muy buena limpiando, sé cocinar algunas cosas, puedo hacer recados o... lo que necesite la empresa.
Me recosté hacia atrás en mi sillón, ocultando la sonrisa de satisfacción que amenazaba con romper mi fachada. Me gustaba verla nerviosa, pero sobre todo me gustaba ver esa chispa desafiante intentando salir a flote a pesar de lo rota que estaba. Quería hacerla sufrir un poco, probar los límites de su paciencia.
—No necesito una empleada de limpieza, Katherine. Mi personal está completo —le dije con absoluta frialdad, guardando silencio durante unos segundos interminables para ver cómo su rostro se desfiguraba por la decepción.
Ella parpadeó varias veces, conteniendo el golpe.
—Oh... está bien. Entiendo —murmuró con un hilillo de voz rota, empezando a deslizarse al borde del sillón, dispuesta a levantarse y huir con lo poco que le quedaba de orgullo.
—Sin embargo... —la frené con firmeza antes de que pudiera ponerse de pie.
Katherine se detuvo en seco. Me miró con el ceño fruncido, y repitió con un tono de pregunta y esperanza contenida:
—¿Sin embargo?
—Sin embargo —continué, midiendo cada palabra, observando cómo su respiración se aceleraba—, si supieras cómo educar y tratar con niños... No solo educarlos: tratarlos, bañarlos, atenderlos y cuidar de ellos... tal vez, solo tal vez, podría tener algo para ti.
Los ojos se le iluminaron de golpe. La mención de los niños hizo que su vocación frustrada —aquella carrera de tutora que su exnovio le había prohibido estudiar— cobrara vida en su interior. Sin pensarlo dos veces, entusiasmada y con una rapidez pasmosa, contestó:
—¡Sí! ¡Sé hacerlo! Me encantan los niños, de verdad, sé tenerles paciencia, puedo hacerlo perfectamente.
Una sonrisa torcida curvó la comisura de mis labios. Había caído exactamente en la red.
—Perfecto —le dije, apoyando los codos en el escritorio y clavando mis ojos oscuros en los suyos—. Pero si quieres ese trabajo, Katherine, hay una sola condición innegociable: tendrás que vivir en mi casa para cumplir con él a tiempo completo.